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‘Es martes y el cuerpo lo sabe’

La mano debe quedarse sin biografía

ANA PAULA VÁZQUEZ. (Der) Medallista Olímpica Mexicana en Tiro con Arco. ((MexSport))

El tiro con arco parece un deporte quieto. Mentira de quien mira desde una silla.

Ahí está el arquero, de pie, frente a un blanco que no hace nada. Esa es su crueldad. El blanco no corre, no salta, no bloquea, no engaña. No tiene carácter. No tiene infancia. Es un círculo lejos, demasiado lejos, y por eso se vuelve juez.

Cuando el rival no se mueve, la culpa se queda en casa.

El arquero levanta el arco y descubre que todo lo que parecía suyo empieza a estorbarle. El pulso, la memoria, el tiro anterior, el orgullo, el deseo infantil de acertar justo cuando todos miran.

El tiro con arco no es lanzar una flecha.

Es impedir que uno mismo viaje con ella.

La mano quiere contar su vida

Una mano común está llena de biografía. Ha saludado, temblado, firmado, golpeado, abierto puertas, perdido cosas, envejecido sin consultar. La mano trae pasado. El problema es que la flecha no necesita pasado. Necesita dirección.

Por eso el arquero le pide a la mano algo casi inhumano: que se quede sin historia.

Un milímetro emocional puede mover una flecha completa. Basta una ansiedad pequeña, un dedo que se despide antes de tiempo, una mirada que desea demasiado el centro. La flecha, obediente como los objetos peligrosos, irá donde el cuerpo le diga, incluso si el cuerpo mintió.

Qué deporte tan fino: castiga la biografía.

En otros deportes el exceso ayuda. Un grito, una carrera, una furia. Aquí ensucia. El arquero no necesita más alma, necesita menos interferencia. Menos teatro. Menos yo. Qué disciplina tan ofensiva para una época donde todos quieren expresarse hasta al amarrarse los zapatos.

El arquero no gana cuando impone su personalidad.

Gana cuando logra desaparecerla un segundo.

La antigüedad ya lo sospechaba

Ulises vuelve a Ítaca y nadie puede tensar su arco. Los pretendientes lo intentan y fallan. Él lo tensa sin discurso y cruza la fila de hachas. Homero no describe músculo: describe calma.

Teucro dispara detrás del escudo de Áyax, protegido para poder olvidarse de sí mismo. Arjuna, en el Mahabhárata, es el único que contesta lo que de verdad ve en la prueba de Drona: el ojo del pájaro. Los demás vieron el árbol, la rama, el cielo. Ver menos era la habilidad. Los partos disparaban de espaldas, al galope: la puntería no obedece al rumbo del cuerpo.

Ninguno hablaba de deporte. Hablaban de destino, aunque con reglas.

Hoy el destino mide 122 centímetros y está a 70 metros. El diez es un círculo de 12.2 centímetros y hay que acertarle desde el otro extremo de una cancha de futbol. Contra el temblor se inventó el clicker, una laminilla que suena cuando la flecha llegó a su largo exacto. La antigüedad tenía oráculos; nosotros tenemos ese ruidito.

Soltar es una forma de quedarse

La parte más difícil no es tensar el arco. Es soltar.

Soltar parece fácil porque la palabra tiene fama de renuncia. Pero hay solturas cobardes, solturas apresuradas, solturas que huyen. El arquero debe soltar sin escaparse. Debe dejar ir la flecha sin aventarle encima su ansiedad.

Soltar no es abandonar.

Soltar es permitir que lo preparado ocurra.

Ahí el tiro con arco se vuelve casi filosófico, aunque conviene no decírselo al arco para que no se ponga solemne. Uno trabaja, corrige, repite, mide, falla, vuelve. Y, en el instante decisivo, el último acto no consiste en hacer más, sino en no arruinar lo hecho.

Hay vidas enteras falladas por exceso de mano.

El arquero lo sabe. Apretar demasiado desvía. Pensar demasiado desvía. Querer demasiado desvía. Al centro se llega con precisión y con humildad. Hay que apuntar y luego quitarse un poco de en medio.

La flecha sale.

Durante un instante no pertenece a nadie. Ni al arquero ni al aire ni al blanco. Es una voluntad delgada atravesando una duda. Luego llega. Y el blanco, ese funcionario circular, entrega su veredicto sin levantar la voz.

Diez, nueve, ocho, afuera.

Nada más cruel que un número cuando ya no se puede corregir.

Por eso el tiro con arco conmueve en silencio. No por espectacular, sino porque revela una batalla diminuta y feroz: lograr que el cuerpo no delate todo lo que somos.

El arquero no vence al blanco.

Vence al temblor que quería escribir su autobiografía en la flecha.

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