
La escuela ha tenido una vieja superstición: creer que alfabetizar ocurre sentado. Lo cual obliga a una disculpa, porque este texto también se lee sentado. Se ruega al lector que, al menos, lo lea con las piernas inquietas.
Sentado se lee, se escribe, se suma, se subraya, se obedece. Sentada, la inteligencia se porta mejor, o por lo menos se porta quieta, que para la escuela ha sido casi lo mismo. Pero hay otra alfabetización, menos solemne y quizá más antigua, que no empieza en el cuaderno sino en el cuerpo: aprender a correr sin atropellar, caer sin destruirse, ganar sin volverse tirano, perder sin desaparecer, ocupar un espacio sin invadir al otro.
Eso también es leer el mundo.
El profesor de Educación Física no enseña deportes, aunque use deportes, ni juegos, aunque juegue. Enseña algo que no aparece en el horario: a tener cuerpo delante de otros. Es un pedagogo que usa el cuerpo como página.
Todos nacemos con cuerpo, pero nadie nace sabiendo dónde ponerlo cuando hay otro cuerpo al lado. Es lo único que traemos de fábrica, y viene sin instructivo.
El patio, entonces, no es el recreo de la inteligencia. Es su otra aula.
Solo que ahí la inteligencia suda.
Un líder del ánimo
Hay maestros que conocen a su grupo. El profesor de Educación Física conoce a la escuela.
La profesora de literatura puede salvarle la vida a treinta alumnos y pasar invisible para otros trescientos. Pero el profesor de Educación Física anda por el patio, los torneos, las ceremonias, la rodilla raspada y el padre que cree que su hijo será seleccionado nacional.
Lo conocen todos.
Los alumnos hábiles y los torpes, los maestros, las madres, la dirección, el intendente que sabe dónde quedó el balón y la niña que por primera vez descubre que su cuerpo no era vergüenza, sino posibilidad.
De tanto andar por todas partes, se vuelve, sin que nadie lo nombre así, el líder natural de la escuela: el que convierte grupos en equipos y ruido en juego.
Su liderazgo tiene una herramienta que pocos poseen: cambia el ánimo de un grupo sin hablar del ánimo. Un grupo llega enojado o dormido y, veinte minutos después, respira distinto. Damasio y Feldman Barrett, cada uno a su modo, ayudan a entenderlo: la emoción no baja del cielo. Empieza en el pulso, la respiración, el cansancio, la temperatura del cuerpo. El cerebro le pone nombre. Quien mueve el cuerpo mueve lo que se siente.
Nietzsche lo había dicho antes: el cuerpo es la gran razón. El cerebro no es el amo de la casa. Es un mayordomo muy culto que se cree dueño porque lleva las cuentas.
El patio de cristal
Es un oficio que se ejerce en público. Su clase ocurre en un patio de cristal, y el cristal es tan perfecto que ni siquiera hay paredes.
Si improvisa mal, se ve. Si grita de más, humilla al torpe, solo premia al fuerte o deja fuera al tímido, también se ve. Pero también se ve cuando convierte una caída en aprendizaje o logra que el niño que siempre se escondía toque la pelota y sonría como quien acaba de recibir ciudadanía.
Un mal maestro de aula puede cerrar la puerta y esconder parte del desastre. Él no puede, porque el patio no tiene puerta, y lo que no tiene puerta tampoco tiene adentro. Da su clase siempre afuera de su clase. Todo mundo pasa, mira y juzga.
El patio revela lo que el salón puede disimular. En movimiento aparecen el abusivo, el tramposo, el generoso y el que no se atreve a intentar. El cuerpo dice verdades que el cuaderno oculta.
El talento necesita respeto
La pelota es el pretexto redondo de una pedagogía social, y tiene la ventaja de que ningún otro pretexto rueda tan bien.
Habría que dejar de mirar al profesor de Educación Física como si fuera el encargado amable del recreo. Enseña, antes de que la vida lo haga con más golpes, que la fuerza necesita límite, que el talento necesita respeto y que la torpeza no es destino.
La escuela enseña a leer palabras. El maestro del patio enseña a leer el suelo, al compañero, el límite, el miedo y a uno mismo en movimiento.
Tal vez sea la alfabetización más urgente: aprender a no irnos de nuestro propio cuerpo cuando entramos al mundo. El mayordomo seguirá llevando las cuentas. Alguien tiene que recordarle quién es el dueño de la casa.