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‘Para entender el deporte’

El relámpago cabe en una mesa

ARANTXA COSSIO. La primera mujer de México que clasificó en los Juegos Olímpicos de París 2024 en el tenis de mesa. (Jorge Martinez/MEXSPORT)

El tenis de mesa de competencia se juega en un área de catorce metros por siete, cercada por separadores oscuros de setenta y cinco centímetros. No detienen a nadie; están ahí por la pelota, que es la única que podría escaparse. Adentro hay una mesa, un árbitro, un marcador de láminas y una toalla doblada sobre una caja.

La mesa mide dos metros setenta y cuatro, pero sólo mientras nadie juega. Con el primer golpe se estira: la esquina más próxima queda a una provincia de distancia y la red, quince centímetros de tela que en reposo darían lástima, adquiere autoridad de aduana. Es una frontera rara. Separa dos territorios idénticos, del mismo azul y con las mismas líneas, y aun así cada lado está convencido de que el extranjero es el otro.

El marcador, en cambio, ni se estira ni se entera. Vive en el pasado: dice lo que ya ocurrió, nunca lo que está ocurriendo. Ahora dice diez a nueve en el juego decisivo, que en este deporte significa que todavía no significa nada. Es el único objeto de la cancha que no participa, o eso cree.

El saque empieza como un trámite. La pelota descansa sobre la palma abierta, porque el reglamento desconfía de los dedos, sube los dieciséis centímetros que se exigen y se detiene un instante arriba, como si dudara de volver. Una muñeca la roza al bajar. Del otro lado, una raqueta se abre a tiempo y llega equivocada, que es la manera más cara de llegar.

LA PELOTA TRAE INSTRUCCIONES

La pelota pesa dos gramos y siete décimas y está hueca. Es el objeto más ligero del pabellón y el único que nunca se equivoca: todos los errores del tenis de mesa son humanos y todos los aciertos son de ella. Nunca llega sola. Trae las instrucciones que le dejó el último que la tocó y las cumple después del bote, donde guarda sus mejores argumentos.

Esa pelota existe de manera intermitente. Entre punto y punto apenas existe. Durante el intercambio, en cambio, existe con tal intensidad que todo lo demás tiene que existir un poco menos: las tribunas se vuelven hipotéticas y los focos dejan de alumbrar para limitarse a presenciar. El reglamento, por si acaso, prohíbe vestirse de su color, no vaya a esconderse en una camiseta y jugar del otro lado.

El espectador experto renuncia a la pelota y sigue las cabezas, como se adivina el viento en un tendedero. Nunca se pierde un punto y nunca ha visto uno. Si alguien le preguntara quién va ganando, la respuesta honrada sería que la pelota, y que las raquetas se disputan el segundo lugar.

LA MEMORIA LLEGA ANTES

El punto queda así repartido en tres tiempos que no se tocan. El marcador vive en el pasado; la pelota, en el futuro, porque trae órdenes que todavía no se cumplen; el cuerpo, en un presente que no alcanza. El reflejo es una memoria que aprendió a no presentarse. A diez a nueve esa memoria quiere opinar, que es lo peor que puede hacer. La toalla lo sabe: cada seis puntos recibe el miedo en forma de sudor y no hace preguntas.

Hacia el sexto golpe la pelota toca la arista de la mesa, que vale; un milímetro más abajo habría sido el costado, que no vale. Una raqueta la levanta desde abajo, la otra contesta desde un ángulo que no figura en ningún manual, y el pabellón contiene la respiración, menos el marcador, que no respira.

EL ÚNICO TIEMPO QUE EL JUEGO NUNCA LE CONCEDIÓ

Una devolución se va larga. Por primera vez en la tarde la pelota parece equivocarse, aunque sólo cumple, con la obediencia de siempre, una orden mal firmada del otro lado. Pasa sobre la mesa sin tocarla y pega en el separador, que por fin cumple su función. Entonces el marcador se entera. Una lámina gira y dice once.

La pelota rueda un poco y se detiene. Por primera vez en ocho segundos no trae instrucciones para nadie. Salió del futuro, todavía no entra en el pasado, y se queda quieta en el único tiempo que el juego nunca le concedió, ese presente donde los cuerpos no alcanzan a vivir. Desde ahí asiste al reparto. El marcador se queda con el resultado. La pelota, con el punto.

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