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‘Es martes y el cuerpo lo sabe’

El ritmo es una medicina con zapatos

DANZÓN DEDICADO. El cuerpo no camina en prosa.

A las cuatro y diecisiete del martes, en el tercer piso, el único que escribe en verso es un zapato. Su dueño, el licenciado Ochoa, redacta un informe de avance en el que nada avanza, y bajo el escritorio el mocasín derecho golpea el piso con la paciencia de quien cuenta sílabas. Tac, tac, tac. Ochoa cree que son nervios. El zapato sabe que es métrica.

Todo cuerpo es un poema que alguien se empeña en pasar a prosa. El corazón trabaja en verso desde antes de que naciéramos, setenta y tantas veces por minuto, sin haber leído a nadie. La respiración tiene dos tiempos, el sueño vuelve cada noche como un estribillo, y caminar es el metro más antiguo que conocemos: izquierdo, derecho, izquierdo, un verso que nunca termina y que, sin embargo, dice algo cada vez que el pie toca el suelo.

La oficina es prosa justificada a ambos márgenes. Ocho horas sin punto y aparte, con el café como única coma. La silla colabora. Está convencida de que nos sostiene, cuando en realidad somos nosotros quienes la mantenemos ocupada para que no descubra que es un mueble. Al final de la jornada los dos quedan igual de gastados, pero sólo uno cobra.

Un hombre sentado mucho tiempo no deja de existir, pero existe con menos frecuencia. El zapato lo sabe y por eso insiste. Sospecha, además, que Ochoa es sólo lo que él lleva puesto. Está tratando de devolverle el pulso a alguien que, de momento, sólo conserva el sueldo.

El Danzón sabe dónde va el silencio

Los sábados, en el kiosco de la plaza, el danzón hace algo que ningún gimnasio permitiría: a media pieza, las parejas se detienen. Se abanican, se acomodan el pañuelo, comentan el calor, y cuando la orquesta vuelve, vuelven ellas. El silencio también pertenece al verso.

Ochoa fue una vez, llevado por su hermana, y descubrió que el ridículo es un músculo que nunca había usado. Sus hombros, entrenados en años de compostura, no sabían qué hacer con la música. Sus manos buscaban dónde ponerse y encontraban el papelón. Un señor de guayabera, de ochenta años por lo menos, lo miró con la cortesía de quien ha visto llegar a muchos cuerpos tiesos y salir a casi todos un poco más vivos.

Lo raro fue que la torpeza no se le quitó. Dejó de pertenecerle. La orquesta se la llevaba de paseo y se la devolvía en el siguiente compás, como quien presta un paraguas. Durante tres minutos Ochoa fue torpe con ritmo, que es una forma bastante alta de la gracia y probablemente la única al alcance de un licenciado. Desde entonces, el mocasín derecho guarda el compás como quien guarda un secreto.

Receta para tomarse de pie

Conste que un danzón no sustituye un tratamiento. Pero los médicos llevan años diciendo algo que suena a poética: que conviene levantarse unos minutos cada media hora, y que esas interrupciones mínimas mejoran cosas tan serias como el azúcar en la sangre.

Es el consejo más humilde de la medicina, y el único que se toma de pie. El cuerpo pide lo que pide cualquier verso: un paso y una pausa, otro paso y otra pausa, hasta que la vida vuelve a tener compás.

Si uno fuera médico, recetaría en compases. Un pasillo después de comer, una canción en ayunas, un viaje al garrafón cada vez que la espalda empiece a tomar forma de paréntesis. Nadie publicaría la fotografía de antes y después, porque el cambio no se ve. Se nota al subir la escalera.

A las cuatro y veintidós, Ochoa por fin oye al zapato. Se levanta y cruza el pasillo con la torpeza de quien olvidó que tenía piernas. Junto al garrafón se detiene sin motivo y mira por la ventana un estacionamiento que tampoco tiene nada que hacer. Es la pausa del danzón, sin orquesta. El señor de guayabera la habría reconocido.

Cuando vuelve a sentarse, el zapato derecho se queda quieto. Ya no hace falta. Si usted ha leído esto sentado, fíjese en su pie antes de pasar la página. Ochoa tardó cinco minutos en hacerle caso, y durante esos cinco minutos, en un edificio escrito en prosa, existió con la frecuencia correcta.

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