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‘Es martes y el cuerpo lo sabe’

Los ojos también necesitan calle

. La pantalla aplana el mundo.

El martes, a las once y veinte, mis ojos presentaron su renuncia. Ardían como papel de lija mientras yo intentaba convencer a una factura en PDF de que cuadrara. La factura no cedía: tenía la seguridad de un documento que sabe que llegará a una auditoría. Yo, en cambio, ya no estaba seguro de nada.

Intenté negociar como negocian los patrones: subí el brillo. Ellos respondieron con huelga de parpadeo. Llevaban horas mirando a la misma distancia: los treinta centímetros entre mi cara y la pantalla. Entendí lo evidente demasiado tarde: los ojos también necesitan descansar de lo cercano. No solo cerrarse, sino mirar más lejos y volver a cambiar de distancia.

Hice el inventario: catorce ventanas abiertas y ninguna daba a la calle. Hasta el encierro aprendió vocabulario inmobiliario. A un lado, el teléfono vibró para avisarme que alguien había reaccionado con un pulgar a algo que yo no recordaba haber dicho.

No culpo a la pantalla. Su truco es presentar una guerra, una oferta de zapatos, la cara de un hijo y una factura con el mismo tamaño y brillo. Todo parece igual de cercano y urgente. Esa mañana la factura había ganado: no era lo más importante, pero era lo único que yo miraba. Necesitaba apartarme.

La calle devuelve las distancias

Salí por un café, la excusa más honesta para abandonar un problema sin admitir la derrota. Afuera olía a pan, escape y mañana ya usada. El semáforo se puso en verde y yo no crucé: esperaba que cargara. Tardé un segundo en entender que el verde ya estaba completo. Había salido de la oficina, pero la oficina todavía no había salido de mí.

Entonces mis ojos hicieron algo que la pantalla no les pedía: cambiar de distancia. Miraron un camión a veinte metros, un señor a cinco y una nube cuya lejanía nadie tenía obligación de calcular. Poco a poco dejaron de arder. No habían necesitado oscuridad, sino profundidad: dejar de enfocar siempre el mismo punto.

Un vendedor levantaba una pirámide de naranjas. Dos palomas discutían una migaja como secretarios de Hacienda. Ninguna escena pedía que la abriera, contestara o resolviera. La calle dejaba que cada cosa ocupara su lugar. Por primera vez en la mañana, la factura volvió a ser una factura.

En el escritorio, la factura había sido una cordillera. Desde la banqueta volvió a ser una cifra discutible. Caminar no la pagó ni la resolvió; la colocó entre las demás cosas del mundo. Tomar distancia no elimina los problemas, pero evita que uno solo ocupe todo el paisaje.

Volver con otra medida

Regresé con una idea menos ambiciosa que una solución: la factura seguía pendiente, pero ya no era el horizonte. Descansar la mirada no siempre consiste en cerrar los ojos. A veces consiste en levantar la cabeza y permitirles enfocar algo más lejano que nuestras preocupaciones.

La factura seguía abierta, como esos parientes que no se levantan del sillón para mostrar cuánto esperaron. La terminé en diez minutos. No se había vuelto fácil; yo había recuperado espacio alrededor de ella. Ésa fue toda la hazaña: café tibio, ojos menos tensos y comprobante fiscal.

Creí que ahí terminaba la historia: unos ojos cansados, una caminata y una factura concluida. Pero por la tarde fui a la ventana, ésa sí con vista. Enfrente, una señora regaba una maceta con la concentración de quien desactiva una bomba. La planta, menos dramática, bebía. Me quedé mirándola durante un minuto que el calendario no habría sabido cobrar.

La señora dejó la regadera en el pretil y se secó las manos en el delantal. Detrás, una sábana se inflaba y desinflaba, como si el edificio respirara por una sola ventana. Luego levantó la vista hacia mi edificio. No me miraba a mí, exactamente; miraba a lo lejos, y lo lejos, por desgracia, era yo: un hombre en camiseta, con una taza fría en la mano y catorce ventanas abiertas a la espalda.

Entonces entendí que la distancia había hecho dos trabajos. Primero devolvió la factura a su tamaño. Después me devolvió a mí al mío. Para mí, aquella señora era una escena; para ella, yo era apenas un hombre al otro lado de la calle. El mundo recuperó profundidad cuando comprendí que ni los problemas ni nosotros merecemos ocupar siempre el primer plano.

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