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‘Para entender el deporte’

El enemigo es una pelota quieta

GABY LÓPEZ. La golfista mexicana mejor rankeada en el 2026.

Nadie se mueve, salvo la culpa

En el hoyo siete, un hoyo largo con un lago a la derecha, un hombre acomoda la pelota sobre un pequeño soporte de madera como quien deja un vaso en la mesa de alguien que acaba de recibir una mala noticia. Mira el césped abierto, mira de reojo el agua, ensaya el golpe dos veces y vuelve a mirar la pelota. Ella ya está lista desde antes de que él llegara.

Detrás, el carrito eléctrico espera con la obediencia de un mueble caro. El acompañante que carga los palos no dice nada. Hay pájaros haciendo su trabajo con una despreocupación irritante. El hombre, en cambio, debe conseguir que hombros, cadera, muñecas y orgullo coincidan durante menos de un segundo.

En el tenis la pelota viene resuelta a contrariarlo; en el futbol hay once coartadas con piernas. Aquí no hay nadie que estorbe. La pelota ocupa una parcela de pasto, blanca y pequeña, con la falta de imaginación de los objetos que terminan gobernando una tarde. Su inmovilidad es su manera de mirar.

El golpe sale alto, demasiado a la derecha. Durante un instante conserva una dignidad aérea. Luego cae en el agua con un ruido discreto, casi administrativo. El lago no festeja: incorpora la pelota a su archivo.

El golf tiene esa crueldad. Cuando el adversario permanece quieto, cada error adquiere domicilio. El viento puede ayudar a redactar la excusa, pero no firma el golpe.

EL SWING ES UNA CONFESIÓN CIRCULAR

Conviene desconfiar de la elegancia del swing. Desde lejos parece un saludo prolongado; por dentro es una asamblea mal avenida. La cabeza quiere vigilar la cara del palo, las manos desean apresurar el desenlace, la espalda recuerda una molestia antigua y el orgullo exige que el golpe parezca fácil. Cada parte del cuerpo presenta su candidato y la pelota, con su silencio profesional, preside la elección.

La técnica importa por razones menos románticas de las que suelen decirse. Basta que la cara del palo llegue apenas girada, o que la pelota reciba el golpe fuera del centro, para que salga torcida. Un movimiento tardío de muñeca puede mandarla al césped alto o hacia donde ya no conviene buscarla. El jugador repite el mismo gesto durante años para que, el día de la partida, el cuerpo no se ponga a improvisar.

Ahí reside la rareza: se practica durante años para producir una naturalidad que el cuerpo sólo concede bajo vigilancia. Quien intenta pegarle con furia suele descubrir que la fuerza tiene pésima puntería. Quien quiere corregirse en pleno golpe llega tarde: la pelota ya va camino de contarle a los árboles lo ocurrido.

Un mal tiro no revela el alma, por fortuna. Revela algo más preciso y menos perdonable: que, en ese instante, el cuerpo y la intención no firmaron el mismo documento.

CAMINAR DETRÁS DEL ERROR

Después hay que caminar. Ésa es la parte que vuelve al golf un deporte de consecuencias visibles. La pelota del hoyo siete está al borde del agua, entre una piedra y un mechón de hierba húmeda. El hombre llega con un palo para golpes cortos, calcula una salida improbable y descubre que su primer golpe sigue allí, convertido en paisaje y en prueba.

El campo entero participa de esa pedagogía sin voz. El pasto alto guarda lo que uno lanzó con demasiada confianza; la trampa de arena cobra en golpes; la zona de césped muy corto alrededor del hoyo desvía una pelota que parecía obediente y de pronto encuentra una pendiente que nadie vio. Nada se borra al silbatazo. Se camina hacia cada decisión, se la encuentra y se juega desde ahí.

Al final de la tarde, el hombre saca otra pelota del bolsillo y la coloca sobre el pequeño soporte de madera. El lago queda atrás, los árboles ya han oído suficiente y el carrito espera, discreto, su próxima humillación. La pelota no se mueve. Es el hombre quien, después de dar la vuelta al campo, vuelve a ponerse a sus órdenes.

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