
En el momento en que pisé el recinto tuve la sensación de que algo estaba a punto de estallar. Afuera del Foro GNP, la ciudad ya no era ciudad: era un río de gente vestida de negro, cuernos rojos parpadeando en la oscuridad y generaciones enteras caminando hacia el mismo punto, como si obedecieran a una llamada eléctrica imposible de ignorar. No era solo un concierto: era un reencuentro postergado por casi dos décadas.
El 7 de abril de 2026 quedó marcado desde antes de que sonara la primera nota. Se sentía en el aire, en la ansiedad, en la manera en que desconocidos se hablaban como viejos amigos. AC/DC estaba de vuelta en la Ciudad de México, y eso bastaba para que todo lo demás dejara de importar por unas horas.

Un regreso que se sintió en la piel: alto voltaje desde el primer segundo
Cuando las luces se apagaron, el Foro GNP dejó de ser un recinto para convertirse en una caja de resonancia. Más de 60 mil personas reaccionaron como si alguien hubiera encendido un interruptor invisible. El arranque fue inmediato, sin concesiones: “If You Want Blood (You’ve Got It)” cayó como un golpe seco, seguido de “Back in Black”, que desató uno de los primeros momentos verdaderamente caóticos de la noche.
Fue ahí cuando lo entendí: esto no iba a ser un concierto ordenado. Entre el público comenzaron a encenderse bengalas rojas, muy cerca del escenario, como si la gente quisiera devolverle a la banda el fuego que estaba recibiendo. El humo, las luces, los gritos. Todo mezclado. Todo fuera de control, pero en el mejor sentido posible.
En el escenario, Angus Young no caminaba: poseía el espacio. Iba de un extremo a otro con esa energía que desafía cualquier lógica temporal. Mientras tanto, Brian Johnson sostenía la noche con una voz que no pedía permiso. No hubo calentamiento, no hubo transición: la banda tomó el control absoluto desde el primer acorde.
Lo más impactante no fue solo la ejecución, sino la conexión. Diecisiete años sin pisar México no borraron nada. Al contrario, parecía que toda esa ausencia se estaba liberando en tiempo real, amplificada por cada grito colectivo.

Setlist incendiario: clásicos, fuego y un solo que detuvo el tiempo
El concierto avanzó como una tormenta perfectamente calculada, (al igual que la que Tlaloc nos dejó caer antes del concierto). No hubo respiros largos ni momentos muertos. “Demon Fire” y “Shot in the Dark” recordaron que la banda no vive solo del pasado, mientras que clásicos como “Thunderstruck”, “Shoot to Thrill” y “Hells Bells” convirtieron el Foro GNP en un coro masivo imposible de contener.
La recta final fue una avalancha emocional. “Highway to Hell” convirtió el recinto en una fiesta incendiaria, con llamas dominando la escenografía. Después llegaron “You Shook Me All Night Long” y “Whole Lotta Rosie”, elevando la intensidad hasta un punto donde el cansancio dejó de existir.
Pero hubo un punto en el que todo cambió de escala.
El cierre del set principal con “Let There Be Rock” fue una declaración de principios: esto no era nostalgia, era vigencia pura.
Antes de pasar al encore, Angus Young tomó el control total del escenario para un solo de guitarra que se extendió por casi 20 minutos. No fue un solo convencional. Fue un “mini concierto” dentro del concierto. Se tiró al suelo, giró, corrió, se perdió en su propio sonido. El tiempo dejó de importar. La banda lo acompañaba, pero el foco era completamente suyo.
Ese momento no solo fue virtuoso: fue hipnótico. La gente dejó de grabar. Dejó de hablar. Solo quedaba observar cómo uno de los guitarristas más icónicos del rock demostraba por qué sigue siendo una figura irrepetible.
Y entonces llegó el encore. Un momento en el que yo estaba a punto de salir para alcanzar el metro y, mientras mandaba un audio por WhatsApp a uno de mis amigos contándole cómo había estado el concierto, “T.N.T.” explotó como un último aviso.
Al escuchar el primer acorde, solo guardé mi teléfono en la bolsa y regresé corriendo, pero lo que vino después fue definitivo: “For Those About to Rock (We Salute You)”. Cañones, luces, una descarga final que terminó en un espectáculo de pirotecnia que iluminó todo el Foro GNP.
El cierre no fue elegante: fue contundente.

Más que un concierto: una comunión de generaciones bajo el ruido
Cuando todo terminó —después de aproximadamente dos horas y media de concierto—, el silencio fue extraño. No incómodo, sino revelador. Como si todos estuviéramos procesando lo que acababa de pasar.
Porque lo que ocurrió esa noche no fue solo música.
Fue una experiencia colectiva donde convivieron distintas generaciones, desde quienes crecieron con la banda hasta quienes los veían por primera vez. Padres con hijos, amigos, desconocidos abrazándose al final de una canción. El lenguaje era el mismo para todos: riffs, gritos y una energía compartida.
El Foro GNP no solo vibró por el volumen. Vibró por la intensidad emocional de un público que nunca dejó de responder. Cada coro, cada salto, cada puño en el aire era parte de algo más grande que el propio concierto.
AC/DC no vino a México a cumplir. Vino a demostrar que el rock, cuando es auténtico, no envejece. No se diluye. No necesita reinventarse para seguir siendo relevante.
El 7 de abril de 2026 no fue una fecha cualquiera dentro del Power Up Tour. Fue una noche que reafirmó el lugar de AC/DC en la historia del rock y en la memoria colectiva de México.
Salí del recinto con los oídos zumbando, la ropa impregnada de humo y la certeza de haber visto algo que no se repite. Porque hay conciertos buenos, conciertos memorables… y luego están estos.
Los que te atraviesan el cuerpo como una descarga eléctrica y se quedan ahí, haciendo ruido mucho después de que todo terminó.