
Desde las marquesinas iluminadas de la Croisette, en la efervescencia de esta edición 79 del Festival de Cannes, la noche nos invita a una reflexión profunda. El cine mexicano ha vuelto a alzar la voz con la presentación de la cuarta entrega como director de Diego Luna: Ceniza en la boca, una adaptación de la desgarradora y sumamente conmovedora novela homónima de Brenda Navarro.
La obra literaria de Navarro ya nos exigía mirar hacia los rincones más dolorosos de la diáspora, y la cinta rescata esta esencia al corregir y profundizar en la verdadera brutalidad del desarraigo. La historia nos adentra en las desventuras de Lucila —espléndidamente interpretada por la juvenil Anna Díaz, quien hace un trabajo fantástico y se convierte en una verdadera revelación—, una joven que se ve obligada por las circunstancias a emigrar de suelo mexicano buscando un presente distinto. Tras la ausencia de su madre, quien escapaba de un entorno nada saludable en su país natal, Lucila cruza el océano. El eventual reencuentro en Madrid con su madre y su hermano menor parece, en un inicio, la promesa de un consuelo europeo; sin embargo, la realidad no tarda en demostrar que las cosas nunca son lo que parecen.
A nivel actoral, es un auténtico placer celebrar el regreso a la pantalla de la talentosa Adriana Paz después de un buen tiempo, acompañando a Díaz en este áspero viaje. Pero es el peso que recae sobre los hombros de Lucila (Anna Díaz) lo que sostiene el potente discurso social y antropológico de la película. Vemos a una protagonista obligada a asumir roles que no le atañen, convirtiéndose en una madre sustituta para su hermano menor. Es una reflexión dura sobre las adolescencias arrebatadas; una menor de edad cuyo destino natural debía ser el estudio, el descubrimiento y la diversión, termina atrapada asumiendo responsabilidades aplastantes. Sobrevive en el precariato absoluto, trabajando sin descanso como repartidora de aplicaciones y cuidando ancianos para sostener una vida que no eligió.
Diego Luna hace un trabajo de dirección bastante decente y curioso al acercarse a estos duelos maternos no deseados y a las exigencias de la vida migrante. Aborda ese choque insalvable donde la añoranza por la mexicanidad choca violentamente contra el muro de la xenofobia, el rechazo y la discriminación sistemática.
No obstante, debo ser honesto: la narrativa toma una dirección en su desarrollo que, en lo personal, me desagradó bastante. Hay un giro abrupto que redirige la mirada hacia la violencia y la descomposición social en México. Aunque este recurso rompe el tono de la desolación europea, entiendo perfectamente que es una exigencia intrínseca de la novela original. Navarro reta constantemente al espectador y al lector a no desviar la mirada de la herida abierta de nuestro país, estemos donde estemos.
A pesar de sus asperezas, es una película que no deja indiferente a nadie. Es una cinta que hace honor a su título: nos deja con múltiples sentimientos encontrados, con un dolor punzante en la boca del estómago y, sobre todo, con ceniza en la boca. Ver a nuestro cine compitiendo y provocando estas profundas reflexiones nos tiene sumamente orgullosos.