Escenario

La directora Jane Schoenbrun sorprendió en el Festival de Cannes con un slasher queer protagonizado por Gillian Anderson y Hannah Einbinder que mezcla terror, sátira y crítica social

Sex and Death at Camp Miasma: Sangre, camp y la herida redimida

Directora Jane Schoenbrun

La Croisette sigue ardiendo en esta edición número 79 del Festival de Cannes, regalándonos momentos que están destinados a redefinir el lenguaje cinematográfico contemporáneo. Felipe Flores quien les habla, dándoles la bienvenida a una entrega muy especial directamente desde la Riviera Francesa para revisar las grandes joyas de este certamen. Y es que la sección Un Certain Regard arrancó por todo lo alto con una propuesta que no solo dividió opiniones, sino que consolidó una voz autoral indispensable para las nuevas generaciones: hablo del estreno mundial de Teenage Sex and Death at Camp Miasma, la más reciente y arriesgada película escrita y dirigida por la cineasta trans Jane Schoenbrun.

Schoenbrun, quien ya nos había perturbado gratamente con I Saw the TV Glow, regresa con un nuevo clásico instantáneo del cine slasher. Pero no se confundan, no estamos ante un simple ejercicio de nostalgia barata o emulación mercantil impulsada por algoritmos. Schoenbrun se nutre conscientemente de las entrañas y las dinámicas del género, pero tuerce por completo sus narrativas tradicionales para edificar una identidad queer sumamente subversiva y propia.

La sinopsis nos sumerge en una trama deliciosamente metacinematográfica: Kris (interpretada de forma maravillosa por Hannah Einbinder), una joven directora del cine de terror independiente, es contratada por un gran estudio para dirigir el reboot de una vieja e infame franquicia de terror de los años 80 conocida como Camp Miasma, cuyas cintas originales hoy son vistas como artefactos profundamente problemáticos y transfóbicos. El conflicto estalla cuando Kris se obsesiona con la posibilidad de reclutar a Billy Preston (una sublime Gillian Anderson), la mítica y ahora reclusiva actriz que interpretó a la “final girl” en la película original. A medida que ambas mujeres comienzan a colaborar en este extraño regreso, la película desciende en una espiral de frenesí psicosexual, delirio y confrontación con el pasado.

Lo que se vivió en las salas de Cannes con esta proyección inaugural de sección fue una experiencia eléctrica. Schoenbrun ofrece una propuesta estética deslumbrante impregnada de mucho camp, exceso y sangre al por mayor, regalando momentos verdaderamente icónicos que se quedarán grabados por siempre en la historia del cine de género. Esta estimulación sensorial se complementa magistralmente con una banda sonora genial y canciones originales compuestas por Alex G, cuyo uso de la música acentúa la atmósfera onírica y magnética de una odisea que se siente como un clásico de medianoche.

El verdadero triunfo antropológico y social de la cinta radica en cómo rompe y subvierte la histórica codificación queer negativa dentro del terror. Durante décadas, el slasher clásico codificó la disidencia de género como sinónimo de monstruosidad. Schoenbrun decide apropiarse de esas imágenes y de esa misma iconografía para dotarlas de un sentido propio, transformando el trauma de la comunidad LGBT+ en un espacio de empoderamiento y gozo.

Gran parte de este milagro fílmico se sostiene gracias a una dirección de actores impecable. La dupla protagónica conformada por Gillian Anderson y Hannah Einbinder hace un trabajo monumental. La química enfermiza, divertida y trágica que construyen en pantalla es un deleite absoluto; ambas actrices se lucen en todo momento, equilibrando la sátira del internet con la amargura de la represión corporal.

Teenage Sex and Death at Camp Miasma es una pieza espectacular que nadie se puede perder: un grito de guerra generacional que demuestra que el cine de autor, de manufactura artesanal, sigue más vivo que nunca en las pantallas de Cannes.

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