Escenario

El filmes aborda las secuelas morales y emocionales del nazismo, combinando el drama político con una tragedia familiar

La purificación de las cenizas: Paweł Pawlikowski explora la culpa y el dolor en ‘Fatherland’

Fatherland

En más de una ocasión escuché decir que la crucifixión, ese dogma católico absoluto, sirvió primordialmente para purificar a la humanidad de todos los pecados cometidos hasta esa época. Pero seamos muy honestos: de aquello ha pasado ya demasiado tiempo. El siglo XX nos cobró la factura con creces; hemos atravesado guerras mundiales, feroces conflictos ideológicos, fracturas sociales y la degradación misma del pensamiento humano.

Es precisamente este abismo moral el que Paweł Pawlikowski, uno de los grandes genios del séptimo arte contemporáneo y legítimo heredero del cine clásico más depurado, pone sobre la mesa en su más reciente largometraje: Fatherland (Alemania/Polonia/Italia/Francia, 2026). El filme, que ha cimbrado la Selección Oficial en Competencia de la edición número 79 del Festival de Cannes, se adentra en las heridas abiertas del drama nazi para cuestionar si la verdadera reconstrucción es posible tras la barbarie.

Coescrita por el propio Pawlikowski junto a Hendrik Handloegten, la película sitúa su premisa en el verano de 1949, en los albores de la Guerra Fría. El laureado escritor y Premio Nobel Thomas Mann (Hanns Zischler) regresa a su patria tras dieciséis años de exilio en Estados Unidos para recibir el prestigioso Premio Goethe. A bordo de un imponente Buick negro, emprende un viaje emocional y accidentado desde la Fráncfort dominada por los estadounidenses hasta la Weimar bajo control soviético. A su lado viaja su hija Erika Mann, interpretada por una descomunal Sandra Hüller, quien funge como su asistente, chofer y principal contraparte intelectual. Juntos buscan tender un puente entre la Alemania antigua y los cimientos de la Alemania nueva que emerge de los escombros del Tercer Reich. Sin embargo, Pawlikowski nos advierte con lucidez que para edificar el futuro no bastan los discursos ideológicos ni las palabras nacidas de pensamientos moralmente superiores; se necesita confrontar la realidad de la carne, la culpa colectiva y el peso de los ausentes.

El verdadero motor dramático y antropológico de Fatherland estalla cuando la política se entrelaza con la tragedia íntima. A mitad del trayecto, padre e hija reciben una noticia devastadora: el suicidio de Klaus Mann (August Diehl), hermano de Erika e hijo de Thomas, un prólogo doloroso que marca el tono de toda la cinta. Es ahí donde la película alcanza su punto más alto. Hanns Zischler dota a Thomas Mann de una gravedad olímpica, retratando a un hombre que intenta protegerse de su propia demolición interna refugiándose en su estatus de monumento literario. Por su parte, Sandra Hüller, en una actuación soberbia y magnética, se convierte en el corazón roto del filme. Su Erika es pura resistencia; a través de sus ojos masticamos la indignación de ver cómo los antiguos cómplices del régimen nazi ahora se pasean por los cocteles de Fráncfort buscando limpiar sus conciencias. El dolor por la pérdida de su hermano la obliga a fracturar la coraza de su padre, encontrando en el llanto y el reproche los únicos motivos reales para sentirse humanos en una patria caída en desgracia.

Fiel a su inconfundible identidad estética, Pawlikowski vuelve a aliarse con el director de fotografía Łukasz Żal para filmar en un bellísimo blanco y negro bajo la rigurosa relación de aspecto académica (4:3). Cada encuadre es una composición milimétrica que evoca la poética de Robert Bresson, atrapando a los personajes en la asfixia de sus propios dilemas. Lo que resulta verdaderamente insólito en el ecosistema actual de Cannes —donde proliferan los metrajes mastodónticos— es la precisión de cirujano de este filme. Con una duración sumamente compacta de apenas 82 minutos, Fatherland es un prodigio de destilación narrativa. Es una obra tan densa en sus capas subtextuales que, se los confieso, tuve que someterme a dos visualizaciones consecutivas en las salas de la Croisette para poder procesar su verdadera magnitud antes de redactar estas líneas.

El veredicto de la crítica internacional y el clamor en los pasillos del Palacio de Festivales ha sido unánime: Fatherland es, desde ya, una clarísima y sólida candidata para llevarse la Palma de Oro. Asimismo, Sandra Hüller levanta la mano con fuerza para reclamar el premio a la Mejor Actriz. Tras conquistar las pantallas europeas en los últimos años, la alemana va directo por el doblete histórico en los grandes festivales del circuito. ¿Lo logrará? El tiempo y el jurado dictarán la última palabra.

Tendencias