Escenario

La actuación de la banda californiana en la Ciudad de México reflejó cómo los conciertos se han convertido en una experiencia compartida entre el escenario y el entorno digital

The Growlers: la experiencia de los conciertos en tiempos digitales

The Growlers se presentó el 6 de junio en el Teatro Metropólitan CDMX

Asistir a un concierto en la actualidad parece significar para muchos una publicación más en las redes sociales personales antes de que una experiencia destinada únicamente a la memoria. La música continúa siendo el motivo principal, pero la necesidad de capturar cada instante y compartirlo en tiempo real ha transformado la forma en que se viven los espectáculos.

La reciente presentación de The Growlers en la Ciudad de México, realizada el pasado 6 de junio y la que asistió Crónica, puso en evidencia esta realidad. Mientras la agrupación californiana desplegaba su característico sonido con tintes psicodélicos y melodías cargadas de nostalgia, una multitud de teléfonos móviles se alzaba por encima de las cabezas del público. Más que observar el escenario, muchos parecían hacerlo a través de una pantalla.

A lo largo de la velada, la banda interpretó algunas de las canciones más esperadas por sus seguidores, entre ellas, Drinking the Juice Blues, Black Memories, When You Were Made, Tijuana, Dope on a Rope, Lo Siento, Moaning Man from Chapultepec, Problems III y Try Hard Fool, temas que fueron acompañados por los coros de los asistentes y que reafirmaron la conexión que el grupo mantiene con el público mexicano en esta nueva etapa de su carrera.

Como parte del regreso de The Growlers a los escenarios y a la actividad musical, también sirvió como reflejo de una nueva forma de consumir los espectáculos en vivo. En tanto, para algunos seguidores la velada representó la oportunidad de reencontrarse con una banda que permaneció alejada de los escenarios durante varios años, para otros la prioridad parecía concentrarse en registrar la mayor cantidad posible de videos, compartir historias en Instagram o crear contenido para plataformas como TikTok.

El concierto también es contenido

La escena se ha vuelto habitual. Videos de unos cuantos segundos, fotografías y transmisiones en vivo buscan inmortalizar el momento, aunque en el proceso la experiencia parezca diluirse. La satisfacción de compartir que se estuvo ahí luce, en ocasiones, imponerse al simple acto de estar presente.

Para algunos asistentes, acudir a un concierto también representa una actividad más dentro de la narrativa diaria que construyen en redes sociales: historias de Instagram, fotografías para el feed y publicaciones inmediatas que informan a otros usuarios sobre lo que están haciendo en ese preciso instante. La experiencia, así, se vive de manera simultánea entre el recinto y el entorno digital.

En una época en la que la inmediatez y la visibilidad en redes sociales forman parte de la vida cotidiana, asistir a un concierto también se ha convertido en una forma de comunicar lo que se está haciendo en tiempo real. El espectáculo deja de ser únicamente una experiencia musical para convertirse, además, en parte del relato digital de cada usuario. Sin embargo, esa necesidad de documentar y compartir plantea una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto el afán por capturar el momento puede terminar desplazando la vivencia misma?

Paradójicamente, en una época en la que registrar los recuerdos es más sencillo que nunca, la posibilidad de vivirlos plenamente se enfrenta a una constante interrupción. El concierto deja de ser únicamente un encuentro entre artistas para llegar a ser contenido para las plataformas digitales.

Cuando el público modifica el espectáculo

La transformación de los conciertos no sólo se refleja en las pantallas encendidas. También se manifiesta en las dinámicas entre los propios asistentes. En algunos casos, el entusiasmo de quienes desean cantar, bailar o permanecer de pie se encuentra con las exigencias de otros espectadores que, desde sus lugares, piden a regañadientes que se sienten para no obstruir la vista.

La situación, cada vez más frecuente en recintos con localidades numeradas, muestra que las distintas maneras de vivir un espectáculo pueden llegar a entrar en conflicto, al grado de que la experiencia de unos termina por condicionar la de otros.

Después de todo, un concierto es una experiencia compartida. Y aunque cada persona lo vive de forma distinta, la convivencia entre miles de asistentes implica también encontrar un equilibrio entre el disfrute individual y el respeto por quienes se encuentran alrededor.

Los artistas que han dicho “no a los celulares”

La discusión no es nueva y tampoco ha pasado desapercibida para los músicos. En años recientes, artistas como Jack White y Bob Dylan han implementado funciones libres de teléfonos móviles mediante fundas especiales que bloquean temporalmente el acceso a los dispositivos. Adele, por su parte, ha llegado a pedir públicamente a sus seguidores guardar los celulares y disfrutar el momento, mientras que bandas como Ghost han defendido la idea de recuperar la conexión directa entre el escenario y la audiencia.

La medida ha resultado excesiva para algunos y para otros necesaria, parte de una misma inquietud: privilegiar la experiencia sobre el registro. En una actualidad marcada por las historias efímeras y la inquietud de compartir cada instante, diversos músicos han comenzado a cuestionar si los conciertos están siendo vividos o simplemente documentados.

Ser fan ya no garantiza estar ahí

A esto se agrega otro fenómeno que ha modificado la relación entre artistas y público. En una industria dominada por las preventas exclusivas, los sistemas dinámicos de precios y la alta demanda, ser seguidor de una banda o artista ya no garantiza conseguir un boleto para asistir a sus presentaciones.

El entusiasmo y la fidelidad de los fanáticos suelen enfrentarse a largas filas virtuales, lugares agotados en cuestión de minutos e, incluso, a la reventa, volviendo la asistencia a un concierto en una experiencia cada vez más exclusiva y en ocasiones, inaccesible.

En relación a eso, la actuación de The Growlers dejó claro que la conexión entre la banda y sus seguidores permanece intacta. Sin embargo, con coros y luces, surgió una pregunta inevitable: ¿cuántos de los presentes estaban construyendo un recuerdo y cuántos, simplemente, una publicación más para las redes sociales?

El concierto como identidad digital

Los cambios de los conciertos han despertado cierta nostalgia por una experiencia más espontánea. Antes de los teléfonos inteligentes y las redes sociales, los recuerdos de una presentación en vivo dependían de la memoria de los asistentes y, en algunos casos, de unas cuantas fotografías. Hoy la posibilidad de registrar prácticamente todo ha abierto un debate sobre si la tecnología ayuda a preservar los momentos o, por el contrario, termina por sustituirlos.

Aparte de la música, acudir a determinados conciertos también se ha vuelto en una forma de expresar gustos, pertenecer a una comunidad e incluso construir una identidad pública en internet. La asistencia a ciertos espectáculos forma parte del relato personal que millones de usuarios comparten diariamente en plataformas digitales, donde una fotografía para el feed o una historia de Instagram funcionan como una manera de comunicar quiénes son, qué escuchan y qué están haciendo.

Esa dinámica también ha alimentado el temor a quedarse fuera de aquello que otros están viviendo. En una era en la que las redes sociales trasfiguran ciertos eventos en acontecimientos de conversación inmediata, asistir a un concierto parece responder no solo al deseo de escuchar música en vivo, también a la urgencia de formar parte de una vivencia colectiva que será vista y comentada por otros.

La paradoja es innegable. Nunca había sido tan fácil compartir un concierto con cientos o miles de personas en tiempo real y, al mismo tiempo, nunca había sido tan común desconectarse del momento presente. La necesidad de mostrar lo que se vive puede terminar relegando la experiencia misma a un segundo plano.

Recuerdos almacenados, emociones irrepetibles

No obstante, la música en vivo conserva algo que ninguna grabación puede reproducir completamente. Cada concierto es irrepetible: las improvisaciones, los errores, las variaciones en el repertorio y la energía particular de una audiencia hacen que cada presentación sea única. Ningún video de unos cuantos segundos ni una publicación en redes sociales pueden reemplazar por completo la sensación de escuchar una canción interpretada en vivo junto a miles de personas.

Ahí es donde reside la mayor complejidad en estos tiempos. Semanas después del concierto, muchos asistentes volverán a encontrarse con los videos que grabaron y las fotografías que compartieron. Las imágenes permanecerán almacenadas en un teléfono o en una red social, pero la emoción de aquel instante, la euforia colectiva y la sensación de estar ahí seguirán siendo imposibles de reproducir.

Porque, al final, los recuerdos digitales pueden conservarse indefinidamente, pero las experiencias en vivo continúan siendo, por naturaleza, irrepetibles. Tal vez la pregunta de fondo no sea qué tan bien quedó el video para las redes sociales o cuántas fotografías se lograron capturar, sino si, en medio de filas virtuales, música, luces y diferencias sobre la manera de disfrutar un espectáculo, seguimos entendiendo al concierto como lo que siempre fue: una experiencia colectiva e irrepetible.

La Crónica de Hoy 2026

Tendencias