Escenario

El director de Moscas habla sobre la intimidad de su nueva película, el duelo, la Ciudad de México, el trabajo con Camilo Lara y la apuesta por un cine que invita al espectador a observar y sentir

Fernando Eimbcke revela los secretos de “Moscas”, su nueva película sobre la pérdida, la soledad y la conexión humana

En entrevista con La Crónica de Hoy, Fernando Eimbcke reflexiona sobre el proceso creativo detrás de Moscas, película que llega a las salas después de recorrer festivales internacionales como Berlín, Guadalajara y Cali. El cineasta comparte cómo construyó una historia marcada por la pérdida, la distancia emocional y los vínculos humanos, al tiempo que explica la importancia del multifamiliar donde transcurre la trama y la colaboración musical con Camilo Lara. Para Eimbcke, su nueva cinta representa también una evolución dentro de una filmografía caracterizada por personajes que atraviesan transformaciones silenciosas y momentos de cambio, pero que siempre encuentran la posibilidad de volver a comenzar.

Moscas

“Moscas”, una historia universal sobre la pérdida y las corazas emocionales

La recepción de Moscas comenzó para Eimbcke con una experiencia especialmente significativa en el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde la película tuvo su primera proyección. Para el director, la respuesta del público confirmó que, aunque la historia está construida desde una mirada íntima y profundamente mexicana, las emociones que atraviesan sus personajes tienen la capacidad de trascender fronteras.

En Berlín fue hermosísimo. Es la primera proyección. La película tocó fibras”, recuerda el realizador, quien también destaca la experiencia de presentar posteriormente la cinta en México, particularmente en Guadalajara. Si bien el público internacional respondió ante los conflictos dramáticos y los personajes, fue en territorio mexicano donde algunos detalles culturales encontraron una resonancia distinta.

“Hay una cosa en los pequeños detalles, en pequeñas cositas, que tiene que ver también con esa mexicanidad. Con ciertos chistes, con ciertas maneras de responder”, explica. Para Eimbcke, esa diferencia demuestra que Moscas puede ser entendida desde distintos contextos, pero conserva elementos profundamente ligados a la identidad y la vida cotidiana en México.

En el centro de la historia se encuentra Olga, una mujer que ha construido su existencia alrededor de las rutinas y de una distancia emocional que parece protegerla del mundo exterior. Sin embargo, el director evita juzgarla y prefiere acompañarla en el proceso que la llevará a cuestionar las barreras que ha levantado a su alrededor.

Todos construimos corazas y lo manifestamos de maneras bien obvias”, señala Eimbcke. La película, desde su perspectiva, habla de una conducta que puede resultar familiar: la necesidad de aislarse para evitar el ruido, el contacto y, en última instancia, la posibilidad de ser heridos.

Olga encuentra refugio en actividades aparentemente simples, como jugar sudoku, pero su comportamiento también puede observarse en acciones cotidianas: mirar el teléfono, viajar con las ventanas cerradas o evitar establecer vínculos profundos. “Tenemos miedo de realmente generar muchos vínculos con la gente”, reflexiona el director.

La relación entre aislamiento y ruido se convierte así en uno de los elementos centrales de la película. Para Eimbcke, el sonido de la Ciudad de México puede ser agotador, pero también representa la vida que ocurre alrededor de sus personajes. El caos, en ese sentido, no es únicamente una amenaza: también es una forma de existencia.

“Cuando abre las ventanas, pues representa el caos y el caos también es vida”, explica. Esa idea se conecta directamente con la relación de amor y rechazo que el director mantiene con la capital mexicana, una ciudad que considera agotadora y hermosa al mismo tiempo.

“Puedes pasar por un mercado y escuchar a alguien que está vendiendo unos tacos y los recursos que usa para venderlos. Pero también es ese sonido que te puede cansar. El de los coches, el de los claxons. Es una ciudad muy cansada, pero es una ciudad hermosa”, apunta.

Esta mirada hacia los personajes en momentos de transformación también establece un diálogo con películas anteriores de su filmografía, como Temporada de Patos y Club Sandwich. Para Eimbcke, existe una constante: sus personajes siempre están perdiendo algo para poder transformarse.

“Siempre estamos perdiendo algo. Es la ley. Todo cambia y siempre hay como una muerte”, afirma. En sus historias, esa muerte puede ser simbólica: la pérdida de una relación, de una etapa de la vida, de una ilusión o de una forma de entender el mundo.

Sin embargo, Moscas representa para él un acercamiento más maduro a la idea de la pérdida. “Necesitamos que pasara mucho tiempo para poder tocar el tema realmente de la pérdida, de la mayor pérdida que es la muerte y de un ser tan querido”, reconoce. “Aquí creo que nos faltaba vida. Nos faltaba vida”.

Moscas

El multifamiliar y la música de Camilo Lara como personajes de la película

Uno de los elementos fundamentales de Moscas es el espacio donde ocurre la historia. El multifamiliar no funciona únicamente como escenario, sino como un organismo habitado por personas, historias y relaciones que terminaron influyendo en la propia construcción de la película.

“Lo que me interesa son los personajes que viven ahí”, explica Eimbcke. Su interés por este tipo de espacios comenzó desde Temporada de Patos, cuando observaba desde los balcones la vida cotidiana de quienes habitaban los edificios alrededor.

Para el cineasta, el multifamiliar representa una especie de microcosmos donde una historia aparentemente sencilla puede reflejar las experiencias de miles de personas. Sin embargo, lograr que sus habitantes aceptaran la presencia de un equipo de filmación no fue sencillo.

“Ellos tenían mucha reticencia porque ha habido películas que filmaron ahí y que reflejaron un conjunto habitacional que no es, que tuvieron una mirada paternalista o estas miradas equivocadas”, relata.

Por ello, Eimbcke decidió construir una relación cercana con la comunidad y convencerla de que la película no buscaba imponer una visión externa sobre el lugar. “Yo les dije, confía en mí, confía en mí”, recuerda.

El compromiso fue tal que el director planea regresar al propio multifamiliar para presentar la película ante sus habitantes. Para él, esa proyección tendrá un significado especial: será la oportunidad de mostrarles el resultado y devolverles, de alguna manera, la confianza que depositaron en el proyecto.

Pero el edificio no es el único elemento que adquiere una dimensión narrativa. Eimbcke también reconoce que la máquina vinculada con la historia se transformó en un personaje gracias al trabajo de Camilo Lara, quien compuso la música de la película.

El director y el músico tienen una relación profesional que se remonta años atrás. Eimbcke recuerda que Lara incluso le dio uno de sus primeros trabajos relacionados con la música, en el video de “Mr. P. Mosh”, de Plastilina Mosh.

Sin embargo, sus universos creativos parecían, a primera vista, difíciles de conciliar. “El mundo de Camilo a mí me encanta. Es un mundo muy nutrido. Hay muchos elementos, hay muchas capas de música. Y mis películas son muy, muy, muy áridas en ese sentido”, explica.

La colaboración terminó encontrando un punto de equilibrio inesperado. “Es un resultado súper hermoso, porque además hizo un score y no te das cuenta”, afirma Eimbcke. En lugar de imponer emociones, la música se integra de manera sutil al relato.

Para el director, ese era uno de los mayores retos: acompañar emocionalmente la historia sin manipular al espectador. “Nunca manipulamos”, sostiene, convencido de que la música debía convertirse en una presencia casi invisible que ayudara a conducir la historia sin dictarle al público qué debía sentir.

La colaboración con Lara también permitió que la máquina adquiriera una nueva dimensión dramática. Lo que inicialmente parecía un objeto terminó convirtiéndose en un elemento capaz de representar una transición emocional dentro de la película.

El blanco y negro y la defensa de un cine que invita a observar

En una época marcada por narrativas aceleradas y estímulos constantes, Fernando Eimbcke mantiene una apuesta por el cine de observación. Sin embargo, el director rechaza la idea de que observar necesariamente significa hacer películas lentas o contemplativas.

Siempre hay algo emocional que te está llevando. Es un viaje emocional”, explica. Para Eimbcke, el ritmo de una película no depende únicamente de la velocidad de los cortes o de la cantidad de acontecimientos, sino de la capacidad de mantener al espectador emocionalmente conectado con los personajes.

En Moscas, esa búsqueda también se expresa visualmente a través del blanco y negro. El director considera que esta decisión estética permite concentrarse en los elementos esenciales de la historia y, al mismo tiempo, reforzar la presencia del espacio donde vive Olga.

El blanco y negro capta lo esencial”, afirma. Eimbcke encuentra en esta estética una relación directa con la tradición de grandes fotógrafos mexicanos como Manuel Álvarez Bravo y Graciela Iturbide, así como con la sensibilidad visual asociada a la obra de Juan Rulfo.

La ausencia de color también permite destacar la mirada infantil y la inocencia de ciertos momentos. “El blanco y negro capta ese brillo de la mirada, esa sonrisa, esa inocencia”, explica.

Pero la decisión tiene también una función narrativa. El edificio, con sus estructuras de concreto y sus ventanas, contribuye a construir la sensación de aislamiento que rodea a Olga. La protagonista parece protegida del exterior, pero al mismo tiempo atrapada dentro de una especie de coraza.

Esa dimensión visual adquiere todavía más relevancia cuando la película se acerca a la fantasía y a la manera en que un personaje infantil transita entre distintos universos. Para Eimbcke, hay momentos que solamente podían funcionar desde el blanco y negro.

“Cada película exige”, sentencia el director, convencido de que las decisiones formales deben surgir de las necesidades particulares de cada historia y no de una fórmula predeterminada.

En ese sentido, el cineasta invita al público a acercarse a Moscas con disposición para dejarse llevar por una experiencia distinta. No se trata, dice, de obligar al espectador a contemplar durante largos minutos una imagen sin movimiento, sino de ofrecerle el tiempo suficiente para conectar emocionalmente con lo que ocurre.

Sí, es una película de observar, pero todo el tiempo te va a mantener emocionalmente involucrado. No te va a soltar ni una sola vez”, asegura.

Con Moscas, Fernando Eimbcke vuelve a explorar personajes que atraviesan pérdidas y transformaciones silenciosas, pero ahora desde una perspectiva marcada por una mayor madurez. La película encuentra en la Ciudad de México, el multifamiliar, el blanco y negro y la música de Camilo Lara los elementos necesarios para construir un relato sobre la soledad y la necesidad de volver a abrir las ventanas.

Porque, para Eimbcke, el caos que entra cuando se deja atrás el aislamiento también puede ser una señal de vida. Y en esa contradicción parece encontrarse el corazón de una película que apuesta por contar una historia íntima, pero que aspira a hablar de algo profundamente universal: la posibilidad de perder, cambiar y, finalmente, volver a conectar con los demás.

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