
Un miércoles cualquiera, Lauren Nathens dejó su marioneta de flamenco rosado sobre la mesa de una cafetería del Upper East Side. Se la había mostrado a unas amigas entre una clase y otra, y se fue sin ella. Recién al llegar a su siguiente clase, frente a un grupo de bebés esperando su sesión de canto y señas, se dio cuenta de lo que había pasado. Tuvo que volver a buscarla, con toda la vergüenza del mundo. Es la clase de anécdota que resume bien lo que implica moverse por Nueva York sin auto, cargando equipo de un lado a otro, todos los días.
Esa disciplina silenciosa, la de cargar cosas por la ciudad sin quejarse, es la misma que sostiene desde hace años una carrera actoral construida ladrillo a ladrillo.
De Toronto a los escenarios de Manhattan
Lauren Nathens dejó Toronto para formarse en el programa New Studio on Broadway de la Universidad de Nueva York. Ahí desarrolló una voz de mezzosoprano capaz de moverse entre registros muy distintos sin perder solidez, y empezó a aparecer en escenarios como Manhattan Theatre Club y Fount Studios. Con el tiempo llegó The Understudy, presentada por el New York Theatre Festival, un espacio activo desde 2012 que da lugar a obras nuevas: su interpretación de Abigail le valió una nominación a Mejor Cantante.

A comienzos de este año interpretó a Chris en una producción de Carrie montada por Fidelity Theatricals en Don’t Tell Mama. Chris no es un personaje fácil de sostener: cruel, manipuladora, del tipo que un actor puede sobreactuar sin darse cuenta. El crítico Alex Del Cueto escribió que le dio carisma y filo a cada escena, una descripción que coincide con lo que suele decirse de su trabajo: comedia y drama sin costura visible entre uno y otro.
También canta con regularidad en el circuito de cabaret neoyorquino, con varios conciertos temáticos en 54 Below, uno de los clubes más reconocidos de Manhattan. Ha subido a ese escenario en noches dedicadas a la música judía de Broadway, en homenajes con humor a la identidad canadiense lejos de casa, y en veladas armadas alrededor de bar y bat mitzvahs. Cada show le exige un repertorio distinto y otra relación con el público.
El otro oficio
Fuera de los escenarios, Lauren Nathens da clases de canto y movimiento para niños de entre cuatro meses y dos años, combinadas con lenguaje de señas americano, en distintos puntos de la ciudad. Es un trabajo que, según cuenta, le resulta profundamente gratificante, aunque exija cargar equipo completo (parlante, sonajeros, títeres, telas de colores, y esa marioneta de flamenco que sus alumnos más chicos ya reconocen) por el subte y las calles de Nueva York, semana tras semana, sin importar el clima.
Pasar de interpretar a una villana adolescente sobre un escenario a cantar canciones con señas para un grupo de bebés en la misma semana no es poca cosa. Son dos públicos, dos registros, la misma exigencia de presencia.
Nada de eso llegó de golpe. Fueron cinco años de audiciones, de clases entre semana, de ganar un papel y después otro. En algún momento, entre una clase de bebés y un ensayo de teatro, Lauren Nathens seguramente vuelva a olvidar algo en algún lado. Por ahora, el flamenco rosado sigue viajando con ella, de barrio en barrio, sin auto.