
Para Arístides Mantilla, hacer cine no solamente significa contar historias frente a una cámara. También implica regresar a los lugares, recuerdos y preguntas que forman parte de su propia identidad. Esa mirada personal es la que ha llevado al director y productor, con base entre Los Ángeles y México, a presentar su trabajo en distintos escenarios internacionales y a conseguir el reconocimiento de la Directors Guild of America (DGA).
Uno de sus proyectos más personales es La quietud de la noche, cortometraje inspirado en un recuerdo de infancia y en la relación que Mantilla construyó imaginariamente con su abuelo Rubén, a quien nunca llegó a conocer.
El cineasta cuenta que, al crecer, conoció a su abuelo a través de fotografías, anécdotas y recuerdos familiares. Esa ausencia también despertó preguntas que permanecieron durante años: cómo era, qué le gustaba, cómo hablaba o incluso a qué olía.
La respuesta llegó de una manera inesperada, a través de un sueño. De niño, Mantilla imaginó que veía a su abuelo y trataba de acercarse para abrazarlo, pero él lo rechazaba. Nunca supo qué habría ocurrido después. Precisamente de esa pregunta nació la historia que posteriormente llevó al cine.
Día de Muertos y las raíces de Veracruz
La quietud de la noche toma como punto de partida el Día de Muertos y una tradición profundamente vinculada con las raíces veracruzanas de su director. La historia fue filmada en la región de Los Tuxtlas, donde Mantilla creció y donde también vivió su abuelo.
Para el cineasta, trasladar la producción a Veracruz no fue solamente una decisión estética. Aunque trabajar en Ciudad de México habría simplificado algunos aspectos logísticos, regresar a su tierra era fundamental para conservar la esencia de una historia relacionada con su infancia y su familia.
“Si hablábamos de mi infancia, o hablábamos de mi abuelo, pues habláramos también del lugar de donde somos”, explica Mantilla.
La producción buscó además representar la celebración del Día de Muertos en Veracruz desde una perspectiva documentada. El equipo de arte combinó colaboradores de Los Ángeles con talento local especializado en la elaboración de altares, para construir una representación que respetara las particularidades de la tradición.
Esa investigación se refleja en la evolución del altar dentro del cortometraje: de una propuesta sencilla al inicio, vinculada con personajes que no creen en la tradición, hasta una representación mucho más grande que aparece posteriormente en la historia.
Del cine mexicano a los escenarios de Hollywood
El cortometraje ha encontrado también un espacio entre públicos estadounidenses. Mantilla recuerda con especial emoción su presentación en el histórico Teatro Chino de Los Ángeles, dentro del HollyShorts Film Festival, donde pudo compartir cartel con otros cineastas y proyectos internacionales.
El reconocimiento de la DGA representa otro paso importante. Para Mantilla, pertenecer o ser reconocido por un gremio de esa relevancia significa llevar una historia mexicana y personal a un espacio internacional y demostrar que las narrativas nacidas en México también pueden competir fuera del país.
A esto se suma su nominación a los Imagine Awards, experiencia que, desde su perspectiva, ayuda a visibilizar el trabajo de los creadores latinos y puede abrir camino para nuevas generaciones de cineastas que buscan participar en la industria global.
La lección que aprendió en la New York Film Academy
Antes de estos reconocimientos, Mantilla encontró una de las herramientas más importantes de su formación en la New York Film Academy de Los Ángeles: aprender haciendo.
Durante su primer semestre tuvo que realizar cuatro cortometrajes, una dinámica que reforzó una idea que hoy considera fundamental para cualquier director: aprender a tomar decisiones cuando las cosas no salen como estaban planeadas.
Esa capacidad también fue necesaria durante el rodaje de La quietud de la noche. Filmada en octubre de 2024 en Veracruz, la producción tuvo que enfrentarse a condiciones climáticas complicadas, incluida una fuerte niebla. Para Mantilla, ese tipo de obstáculos forman parte natural de hacer cine y obligan al director a encontrar soluciones sin perder de vista la historia.
Además de dirigir y escribir, Mantilla asumió la producción junto con su hermana gemela, Paola Mantilla, cofundadora de su productora. Mientras ella coordinaba desde Veracruz aspectos logísticos, administrativos, financieros y legales, él continuaba trabajando desde Los Ángeles en las decisiones creativas.
Pensar en grande para contar nuevas historias
Después de este proyecto, el cineasta no quiere quedarse dentro de un solo género. Actualmente desarrolla distintos proyectos de largometraje, un documental y una propuesta de serie, mientras explora historias de drama, comedia, thriller, terror, romance y crimen.
Para Mantilla, el género debe estar al servicio de la historia y no al revés. Su prioridad es encontrar primero una historia que realmente quiera contar y después decidir cuál es la mejor manera de llevarla a la pantalla.
Si pudiera hablar con el joven cineasta que comenzó su formación en Los Ángeles, su consejo sería sencillo: pensar en grande y ponerse retos cada vez mayores.
El propio Mantilla considera que La quietud de la noche fue una especie de prueba de graduación. Pasar de proyectos realizados con presupuestos de alrededor de 3 mil pesos a una producción de mayor escala, con actores reconocidos y una historia tan personal, representó un salto que también implicó enfrentar el miedo.
Y justamente ahí encontró una de sus principales lecciones: crecer como director significa atreverse a hacer proyectos que parecen estar fuera del alcance.
“Ponerte retos, en cada vez proyectos más ambiciosos, yo creo que es lo que más te enseña y lo que te evoluciona como director”, reflexiona.