Opinión

Hechos tristes, recuerdos alegres

Hace unos días falleció Victoria Andrade, extraordinaria mujer que acompañó al maestro Luis Herrera de la Fuente toda su vida. Cuando imagino a Luis, logro verlo al frente de una orquesta o con Victoria a su lado. La música y el amor. Ir a su velorio fue un momento de infinita tristeza. Mi querido amigo, autor de obras musicales memorables y de libros estupendos, llenos de ingenio, inteligencia y cultura, estaba devastado. Como pude le di el pésame. No recuerdo qué le dije para intentar vanamente consolarlo de algo que carece de alivio. En estos últimos años, la muerte ha visitado a personajes queridos, por ejemplo al poeta Alí Chumacero y a Carlos Montemayor.
De pronto, en silla de ruedas y apoyada por oxígeno, apareció con esfuerzos una mujer igualmente notable: la escritora Carmen de la Fuente. Pidió que la acercaran a Herrera de la Fuente e igualmente le dijo algunas palabras de consuelo. Casi de inmediato sus familiares se la llevaron: había hecho un esfuerzo notable para despedir a su amiga y pedirle a Luis fuerza, coraje. Quedé en llamarla, pero sé que su estado de salud le impide recibir a sus amigos. Por ello, prefiero poner unas palabras dedicadas a su obra y trayectoria.
¿Desde cuando conozco a Carmen de la Fuente? Hace tanto que he perdido la cuenta. Primero la leí, supe de su talento y sensibilidad y más adelante tuve la fortuna de hacerme su amigo. Su vida es legendaria y es una mujer que pertenece a la estirpe de las grandes figuras femeninas de México. Luchadora social, poeta distinguida, jamás ha abandonado esas dos descomunales tareas. Fundó el grupo y la revista Vórtice. Fue presidenta de la Tribuna de México, donde la vi por vez primera. Como escritora, sus obras son muchas: teatro, poesía, relato, ensayo. Citaré algunos títulos: De la llama sedienta, Las ánforas de abril, Nueva epístola a Fabio y Proceso de la memoria. Pero ha sido en el teatro donde mayores logros ha tenido: Cono sur y Nezahualcóyotl, brazo de león, ambas premiadas. Es posible conseguir sus obras completas.
El Instituto Politécnico Nacional es el sitio donde Carmen de la Fuente ha dejado su mejor esfuerzo, su pasión la mostró al crear el himno del Poli. Allí, por fortuna, se le han rendido diversos homenajes y le entregaron la medalla Juan de Dios Bátiz como reconocimiento a sus muchos años de docencia.
Carmen es en efecto una gran mujer, bella, sensible, inteligente y aguda, con una correcta postura política por añadidura. En un país donde la gente suele cambiar de ideología, ella ha permanecido fiel al pensamiento progresista que adquirió en la UNAM o antes, en un México donde la lucha era por las ideas.
Soy francamente muy afortunado de contar a Carmen de la Fuente como una amiga y colaboradora. Tanto en el viejo Búho de Excélsior como en la actual revista El Búho: he publicado poemas memorables, crónicas, recuerdos y críticas literarias de la escritora imbatible. Varias veces me he ocupado de la tarea literaria, estética, de Carmen, ahora quisiera más bien señalar sus muchas virtudes y destacar entre ellas la generosidad y la bondad que la rodean que de su simple presencia emanan. He conocido a muchas mujeres legendarias, grandes escritoras, como Elena Garro, Adelina Zendejas, Magdalena Mondragón (muy olvidada) o Pita Amor, todas ellas, como Carmen, tenían grandes talentos artísticos, inteligencias privilegiadas, agudeza a flor de piel, pero mi querida amiga las supera en cuanto a cordialidad y dulzura sin abandonar su tenaz defensa de la izquierda. ¿Es tan difícil ser bueno y decente en México? ¿Qué tan complejo es ayudar al prójimo o al menos no vituperarlo, calumniarlo, enlodarlo? A Carmen jamás la he escuchado criticar por sus defectos a otras personas, acaso por sus ideas conservadoras, a las que ha combatido con energía. Pocos intelectuales y escritores recuerdo que hayan sido buenos (y la palabra suena hasta cursi, ramplona, porque nos hemos distanciado de los grandes valores), como Carlos Pellicer o Juan Rulfo, José Revueltas o Juan José Arreola, que nos daban clases o consejos de literatura sin cobrar un centavo o ayudaban a los jóvenes deseosos de hacer carrera literaria.
Carmen de la Fuente es una gran maestra, el título lo ha ganado a fuerza de dictar clases y conferencias, pero hay mucho más en el concepto: es una maestra de la vida, nos enseña literatura y política, asimismo nos muestra el camino más adecuado para el país. Estar con ella es como escuchar una inteligente clase de literatura. La recuerdo en un viaje a Campeche: caminamos por el mercado y haciendo paradas para comprar algún objeto popular, me habla de los Estridentistas, sus amigos, sus camaradas de siempre, los describe física e intelectualmente. Logro imaginarlos como fueron en su juventud: rebeldes, innovadores, luchadores tenaces de izquierda y alegres, llenos de vida. Ella misma lo fue, lo sigue siendo a pesar de los años y los males.
Duele verla en silla de ruedas, como duele ver postrado a un gigante de la música como Luis Herrera de la Fuente.

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