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El gobierno interino habló de hasta 116 excarcelaciones, pero organizaciones como Foro Penal han cuestionado esas cifras y advierten que solo una fracción se ha concretado.

Venezuela: el cambio anunciado que aún no llega

Salvador Cosío Gaona

La escena parecía sacada de un guion impensable hace apenas unos meses: Nicolás Maduro detenido, trasladado a Nueva York para enfrentar cargos federales en Estados Unidos; Delcy Rodríguez asumida como presidenta interina; anuncios de liberación de presos políticos y una comunidad internacional expectante. Sin embargo, cuando se disipa el impacto de los titulares, la pregunta central sigue sin respuesta clara: ¿está Venezuela ante un verdadero punto de inflexión o simplemente frente a una reconfiguración del mismo poder de siempre?

La detención de Maduro constituye, sin duda, un hecho excepcional en la política contemporánea. Rara vez un jefe de Estado en funciones es capturado por fuerzas extranjeras y llevado ante tribunales de otro país. Los cargos que enfrenta —narcoterrorismo, conspiración y tráfico internacional de drogas— colocan el caso venezolano en una dimensión inédita, que tensiona los límites entre soberanía nacional y justicia internacional. Para amplios sectores de la oposición, la captura simboliza justicia largamente postergada; para otros, abre un precedente inquietante de intervención externa.

Pero el entusiasmo inicial se ha ido diluyendo frente a una realidad más compleja. En Caracas, el Tribunal Supremo de Justicia —el mismo que durante años respaldó al chavismo— designó a Delcy Rodríguez como presidenta encargada para garantizar la “continuidad del Estado” ante la ausencia forzada de Maduro. En términos formales, la maniobra puede sostenerse jurídicamente; en términos políticos, representa una transición que preserva intacta la estructura de poder que ha gobernado al país durante décadas.

La figura de Delcy Rodríguez no es, precisamente, la de una ruptura. Su trayectoria está profundamente ligada al núcleo duro del chavismo. Vicepresidenta ejecutiva, operadora clave del régimen y rostro frecuente de decisiones controvertidas, su ascenso ha generado escepticismo incluso entre sectores opositores que esperaban un quiebre más claro con el pasado. Para muchos venezolanos, el cambio de nombres no se ha traducido en un cambio de fondo.

En este proceso, el papel de Estados Unidos ha sido tan determinante como polémico. El presidente Donald Trump ha celebrado la conducción interina de Rodríguez, ha vinculado la liberación de presos políticos a la presión estadounidense y ha planteado una suerte de tutela temporal sobre Venezuela hasta la celebración de elecciones libres. Para algunos analistas, la caída de Maduro es apenas el primer acto de una estrategia que corre el riesgo de profundizar la percepción de injerencia extranjera y dividir aún más a la sociedad venezolana entre quienes ven a Washington como salvación y quienes lo consideran una amenaza a la autodeterminación.

La liberación de presos políticos, uno de los anuncios más sensibles, ilustra con claridad la distancia entre discurso y realidad. El gobierno interino habló de hasta 116 excarcelaciones, pero organizaciones como Foro Penal han cuestionado esas cifras y advierten que solo una fracción se ha concretado. Aunque algunos extranjeros han sido liberados gracias a la presión diplomática, cientos de venezolanos permanecen encarcelados por razones políticas, y muchas familias siguen esperando respuestas.

Ahí reside la verdadera incertidumbre de millones de ciudadanos: los gestos simbólicos no alivian la vida cotidiana marcada por el miedo, la arbitrariedad y la precariedad. Activistas detenidos por opinar, opositores fragmentados y una sociedad exhausta por años de crisis económica, inflación, servicios colapsados y migración masiva, conforman un escenario donde la esperanza se administra con cautela.

La presión internacional, por su parte, enfrenta un dilema. Gobiernos como el de España exigen la liberación de sus ciudadanos presos en Venezuela, mientras otros actores reclaman una transición democrática inclusiva. Pero si esa presión no se traduce en acciones verificables dentro del país, corre el riesgo de convertirse en un discurso lejano, desconectado de las urgencias reales de la población.

Para el venezolano común, la política no es una disputa geopolítica ni un tablero de ajedrez entre élites. Es una cuestión de supervivencia. Tener trabajo, acceso a servicios básicos, seguridad y la posibilidad de reunirse con familiares dispersos por la diáspora pesa más que cualquier declaración oficial. Por eso, muchos observan este nuevo escenario con escepticismo: ya han escuchado demasiadas promesas incumplidas.

Venezuela parece hoy atrapada en un limbo político. No hay un retorno pleno al autoritarismo clásico, pero tampoco un avance firme hacia una democracia funcional. La continuidad del chavismo bajo otro nombre, la presión externa con límites difusos y los cambios parciales en materia de derechos humanos dibujan un panorama ambiguo.

La lección es clara: no existen atajos para la reconstrucción de un país. Detener a un presidente, nombrar uno interino o liberar a decenas de presos no sustituye un proceso profundo de justicia, reformas institucionales y reconciliación nacional. La verdadera transformación solo será real cuando los venezolanos sientan, en su vida diaria, que su voz cuenta, que su libertad es respetada y que su futuro ya no depende de espejismos políticos.

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