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No sólo se está disputando seguridad, influencia o prestigio militar; se disputa también el funcionamiento de una arteria crítica para el sistema energético global

Finanzas para todos: Irán, ¿Es el centro del conflicto con USA?

Irán no es el centro del conflicto. Esa puede ser la primera incomodidad que deja esta guerra cuando se observa sin el filtro de la narrativa inmediata. La lectura más difundida la presenta como una crisis regional, con actores regionales, causas regionales y consecuencias que, en todo caso, se expanden al resto del mundo por la vía habitual del petróleo, de los seguros marítimos o del miedo de los mercados. Es una explicación funcional, incluso intuitiva, pero parece quedarse corta. Hay demasiadas piezas que no terminan de encajar si se insiste en leer el conflicto únicamente con una perspectiva occidental.

Lo primero que conviene observar es que aquí no se está disputando solamente seguridad, influencia o prestigio militar. Se está disputando también el funcionamiento de una arteria crítica para el sistema energético global. El estrecho de Ormuz no es un detalle de mapa, sino un punto de sumamente importante que conecta la estabilidad regional con la economía mundial. Cuando ese paso entra en tensión y la pregunta quién puede absorber mejor la disrupción, quién necesita que esa energía siga fluyendo y quién gana tiempo mientras otros administran el desorden.

Es ahí donde China entra en escena, no necesariamente como actor visible del conflicto, pero sí como presencia estructural de fondo. China no necesita lanzar misiles para estar en el centro del problema. Le basta con depender de la estabilidad de los flujos energéticos que atraviesan esa región y con haberse convertido, desde hace tiempo, en el gran competidor sistémico de Estados Unidos. Bajo esa luz, la guerra deja de parecer únicamente una confrontación localizada y empieza a verse como un episodio dentro de una rivalidad mayor, una rivalidad que no siempre adopta la forma de una guerra directa, pero que sí se expresa en rutas comerciales, cadenas de suministro y zonas de tensión global.

Decir que se trata, en el fondo, de una guerra entre China y Estados Unidos no significa afirmar que Irán sea un simple instrumento o que Beijing dicte cada movimiento. Esa formulación sería demasiado burda para una realidad más compleja. Lo que sí parece razonable sostener es algo distinto, que el conflicto iraní funciona como un frente indirecto de la competencia entre ambas potencias. Estados Unidos necesita preservar la capacidad de garantizar rutas, sostener su arquitectura de seguridad y evitar que los puntos críticos del sistema internacional queden sujetos a una lógica de fragmentación. China, por su parte, necesita exactamente lo contrario de una ruptura caótica, pero también tiene incentivos para que Washington siga pagando el costo de administrar un orden que cada vez le resulta más caro.

Ahí está, probablemente, la clave del problema. China no necesita una guerra total. De hecho, una crisis prolongada que disparara de forma descontrolada el precio de la energía también le haría daño. Lo que le conviene no es el colapso, sino una inestabilidad suficiente para desgastar a Estados Unidos, para encarecer su papel de garante global y para recordarle al mundo que el sistema actual depende todavía de una capacidad de intervención que Washington conserva. En ese sentido, la crisis puede perjudicar a China en el corto plazo y, aun así, beneficiar su posición relativa en el largo.

Ese es el punto que muchas veces se pierde cuando se comentan estas guerras como si fueran únicamente una sucesión de bombardeos, respuestas y treguas frágiles. Lo decisivo no es solo quién golpea más fuerte, sino qué arquitectura de poder queda expuesta después de cada episodio. Y lo que esta guerra expone con bastante claridad es que el centro de gravedad del conflicto internacional ya no está solo en el campo de batalla, sino en la capacidad de sostener redes, abastecimientos, trayectorias comerciales, etc. En otras palabras, la fuerza ya no se mide únicamente por la destrucción que un Estado puede producir, sino por el desorden que puede soportar y por el orden que puede seguir garantizando.

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Visto así, Irán importa menos como objetivo final que como punto de presión. Es un lugar donde se cruzan energía, geografía, rivalidad tecnológica y transición de poder. Y por eso mismo conviene desconfiar de las lecturas demasiado literales. Cuando una guerra afecta el precio del crudo, el costo del transporte, la percepción de riesgo y la distribución del tiempo estratégico entre las dos principales potencias del siglo, hablar de una mera crisis regional empieza a sonar muy poco como una descripción seria.

Tal vez el error consiste en seguir imaginando que las grandes disputas del presente se libran como las del pasado, con bloques perfectamente visibles, líneas nítidas y enemigos que se nombran sin problema. Lo que parece emerger ahora es otra cosa. Conflictos localizados que funcionan como palancas de competencia global. Escenarios donde un actor combate, otro financia, otro protege rutas y otro acumula ventajas sin necesidad de exponerse demasiado. Eso vuelve la lectura más compleja, pero también más útil.

En todo caso, la idea central es bastante simple. Esta guerra ocurre en Irán, sí, pero su sentido no termina en Irán. Lo que se está poniendo a prueba en otro plano es qué potencia puede seguir sosteniendo el sistema y cuál está mejor posicionada para beneficiarse de su desgaste. Y esa ya no es una pregunta regional. Es la pregunta del siglo.

Emilio Moreno Plascencia,

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