Jalisco

Incluso los liderazgos más resilientes terminan enfrentando un adversario difícil de derrotar: la acumulación de desgaste. Y eso es precisamente lo que comienza a percibirse en torno a la figura del presidente norteamericano

El precio del desgaste

Salvador Cosío Gaona

Durante mucho tiempo Donald Trump pareció desafiar una de las reglas más antiguas de la política: la de que ningún liderazgo es inmune al desgaste. Sobrevivió escándalos, derrotas, investigaciones, juicios y críticas que habrían sepultado a cualquier otro personaje público. Su capacidad para convertir cada ataque en una oportunidad de movilización le permitió sostener una imagen de fortaleza permanente. Sin embargo, incluso los liderazgos más resilientes terminan enfrentando un adversario difícil de derrotar: la acumulación de desgaste. Y eso es precisamente lo que comienza a percibirse en torno a la figura del presidente estadounidense.

Lo que resulta cada vez más evidente es que los cuestionamientos ya no provienen de un solo frente. Se acumulan desde distintos espacios y por razones diversas. Llegan desde los tribunales, desde sectores académicos, desde organizaciones civiles, desde figuras influyentes de la cultura popular e incluso desde voces que en algún momento formaron parte de su entorno político. No se trata necesariamente de una ofensiva coordinada, sino de un fenómeno más complejo: una creciente pérdida de consenso sobre la narrativa que durante años sostuvo su liderazgo.

Ahí aparece nuevamente el caso Epstein como un asunto que se niega a desaparecer del debate público. Ahí están también los jueces recordando los límites institucionales. Ahí permanecen las universidades resistiendo presiones políticas. Ahí se multiplican las expresiones de rechazo desde sectores culturales que antes preferían guardar distancia. Y ahí están, igualmente, las tensiones dentro del propio Partido Republicano, donde no todos observan con el mismo entusiasmo el rumbo que ha tomado el movimiento construido alrededor de Trump.

A ello se suma un escenario internacional que tampoco favorece la narrativa de una supremacía incontestable de Washington. Mientras Estados Unidos permanece inmerso en profundas divisiones internas, otras potencias avanzan en la construcción de espacios de influencia económica y geopolítica. China continúa desplegando una estrategia de largo plazo, mientras los países agrupados en los BRICS buscan ampliar su peso en la toma de decisiones globales. El contexto internacional es mucho más complejo que el de hace una década y las respuestas simplificadas producen resultados cada vez más limitados.

Pero quizá el elemento más significativo sea otro: la dificultad creciente para desviar la atención hacia nuevos adversarios. Durante años la estrategia consistió en identificar enemigos externos o internos a quienes responsabilizar de prácticamente cualquier problema. Los medios de comunicación, los demócratas, las universidades, los jueces, los inmigrantes, las élites políticas o los organismos internacionales fueron ocupando sucesivamente ese papel. Sin embargo, cuando la lista de culpables se vuelve interminable, surge inevitablemente una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto los problemas pueden atribuirse siempre a factores externos?

Es ahí donde la discusión cambia de naturaleza.

Porque el liderazgo político no se mide únicamente por la capacidad de confrontar, sino también por la capacidad de ofrecer resultados y construir consensos duraderos. La confrontación permanente puede resultar eficaz para movilizar bases de apoyo, pero con el tiempo corre el riesgo de transformarse en una dinámica agotadora incluso para quienes la respaldan. La política convertida en combate permanente termina generando fatiga.

Trump construyó gran parte de su identidad pública alrededor de una imagen de fuerza inagotable. La seguridad absoluta, la confianza sin matices y la disposición constante al enfrentamiento se volvieron rasgos centrales de su personaje político. Esa fórmula le permitió conectar con millones de ciudadanos que se sentían ignorados por las élites tradicionales. Sin embargo, la misma estrategia que lo impulsó al éxito comienza ahora a mostrar sus límites.

Cada revés es presentado como una conspiración. Cada crítica se interpreta como una persecución. Cada diferencia de opinión se convierte en una confrontación. El problema de esa lógica es que termina dificultando cualquier ejercicio de autocrítica. Y cuando un liderazgo pierde la capacidad de reconocer errores, también pierde parte de su capacidad para corregir el rumbo.

Paralelamente, se observa un fenómeno particularmente relevante: la erosión de legitimidad en el terreno cultural. Actores, músicos, escritores, deportistas, académicos y figuras públicas continúan expresando un rechazo abierto hacia Trump. Más allá de simpatías o antipatías ideológicas, lo importante no es quiénes lo critican, sino el tamaño y la persistencia del fenómeno. Cuando los cuestionamientos dejan de ser exclusivamente políticos y se extienden al ámbito simbólico, comienzan a afectar la construcción del legado.

Los gobiernos pueden superar errores. Los partidos pueden recuperarse de derrotas. Incluso los líderes pueden sobrevivir a escándalos importantes. Lo verdaderamente complicado ocurre cuando el desgaste se manifiesta simultáneamente en los planos político, simbólico y moral. En esos casos no suele producirse un colapso repentino, sino un proceso gradual. Primero aparecen las dudas. Después surge el cansancio. Más tarde llega la indiferencia.

Y la indiferencia suele ser mucho más peligrosa que la oposición.

Porque un líder puede combatir a sus adversarios. Puede responder a las críticas. Puede intentar revertir una derrota electoral. Lo que resulta mucho más difícil es recuperar la atención de una sociedad que empieza a perder interés en el personaje que durante años dominó la conversación pública.

Por eso el desafío que enfrenta Trump parece distinto a los anteriores. No se trata únicamente de conservar poder político ni de mantener influencia dentro de su partido. Se trata de evitar que el desgaste termine convirtiéndose en la principal característica de una figura que durante años hizo de la fortaleza su principal activo.

Las derrotas pueden explicarse. Incluso pueden revertirse. El desgaste, en cambio, opera de manera silenciosa y acumulativa. Avanza poco a poco, casi sin notarse, hasta que un día resulta imposible ignorarlo. Y cuando eso sucede, los liderazgos descubren que el verdadero riesgo no era perder una batalla específica, sino perder la capacidad de controlar el relato sobre sí mismos.

Eso es lo que parece estar ocurriendo hoy con Donald Trump. No enfrenta todavía una caída definitiva. Tampoco puede darse por concluida su influencia. Pero sí comienza a enfrentar algo que ningún dirigente controla por completo: el paso del tiempo sobre su propia narrativa. Y cuando el desgaste empieza a instalarse en la percepción pública, deja de ser un episodio pasajero para convertirse en una tendencia. La historia demuestra que, tarde o temprano, todos los liderazgos terminan enfrentándose a esa realidad.

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