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Con el paso del tiempo, muchas de las promesas que impulsaron aquella campaña se han encontrado con una realidad mucho más compleja

La factura del Brexit: Diez años después

Salvador Cosío Gaona

Diez años pueden parecer suficientes para evaluar cualquier decisión política. Pero cuando se trata del Brexit, una década después sigue siendo difícil encontrar una respuesta definitiva sobre si el Reino Unido ganó o perdió con aquella histórica ruptura. Lo que sí resulta evidente es que el país que despertó el 24 de junio de 2016 no es el mismo que existe hoy. Y tampoco es el país que imaginaron quienes promovieron la salida de la Unión Europea.

Aquella consulta popular fue presentada como una oportunidad para recuperar el control. Control de las fronteras, de las leyes, del comercio y del destino nacional. La idea sedujo a millones de británicos que sentían que las decisiones importantes se tomaban demasiado lejos de Londres y demasiado cerca de Bruselas.

Con el paso del tiempo, muchas de las promesas que impulsaron aquella campaña se han encontrado con una realidad mucho más compleja.

Es cierto que el Reino Unido recuperó márgenes de maniobra política que antes compartía con la Unión Europea. También es verdad que hoy negocia de manera independiente sus acuerdos comerciales y define sus propias reglas migratorias. Pero alcanzar esos objetivos no ha significado necesariamente obtener mejores resultados.

La economía británica ha tenido que adaptarse a nuevas barreras comerciales que antes no existían. Empresas acostumbradas a operar libremente dentro del mercado europeo comenzaron a enfrentar trámites adicionales, mayores costos y retrasos logísticos. Lo que antes era un intercambio casi automático se convirtió en un proceso más complicado.

Los defensores del Brexit argumentan que la independencia económica requiere tiempo y que los beneficios terminarán apareciendo. Sus críticos responden que los costos ya son visibles y que las ventajas prometidas siguen sin materializarse.

Lo cierto es que el crecimiento económico británico ha sido menor al esperado en varios periodos de esta última década. Y aunque sería injusto atribuir todos los problemas al Brexit, resulta imposible ignorar que la salida de la Unión Europea introdujo dificultades adicionales para numerosos sectores productivos.

Uno de los capítulos más llamativos es el relacionado con la migración.

Durante la campaña de 2016, la promesa de controlar mejor las fronteras fue uno de los argumentos más efectivos para convencer votantes. Sin embargo, diez años después, los números muestran una paradoja difícil de explicar para quienes promovieron aquella causa.

La migración no desapareció. Lo que ocurrió fue una transformación de sus fuentes de origen. Mientras disminuyó la llegada de ciudadanos europeos, aumentó el ingreso de personas provenientes de Asia, África y otras regiones.

La razón es simple. La economía británica continúa necesitando trabajadores. Hospitales, servicios de cuidado, agricultura, construcción y múltiples industrias siguen dependiendo de mano de obra extranjera para mantener su funcionamiento.

La conclusión es incómoda para algunos sectores políticos: el Brexit modificó la migración, pero no eliminó la necesidad estructural de recibir inmigrantes.

En el terreno político, la estabilidad prometida tampoco llegó.

La última década ha sido sorprendentemente turbulenta para un país que tradicionalmente presumía instituciones sólidas y gobiernos estables. Desde el referéndum han pasado por Downing Street David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y Keir Starmer. Y ahora se prepara la llegada de un nuevo primer ministro.

Seis cambios de liderazgo en apenas diez años constituyen una señal inequívoca de que el sistema político británico no ha logrado cerrar las heridas abiertas por el Brexit.

Lo más interesante es que el debate ya dejó de centrarse en la pregunta que dominó aquellos años: salir o permanecer.

La verdadera discusión ahora es otra. ¿Qué hacer con la libertad recuperada?

Porque abandonar la Unión Europea era una decisión concreta. Construir un nuevo modelo económico, político y social fuera de ella es una tarea mucho más complicada.

A una década de distancia, el Brexit parece menos una victoria contundente o una derrota absoluta y más una lección sobre las consecuencias inesperadas de las grandes decisiones nacionales. Ni ocurrió el desastre que algunos pronosticaban ni apareció la edad de oro que otros prometían.

Quizá por eso su décimo aniversario no se vive con celebraciones ni con arrepentimientos unánimes. Más bien se observa con una mezcla de reflexión y dudas. Porque después de diez años, la pregunta ya no es si valió la pena salir. La pregunta es cuánto ha costado hacerlo y si el Reino Unido está más cerca de alcanzar aquel futuro prometido que motivó una de las decisiones más trascendentes de su historia reciente.

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