
Ficción, según el diccionario Larousse, es “La acción y efecto de fingir. La creación de la imaginación”. Es sinónimo de Comedia y engaño. Y añade como ejemplo: Dejarse engañar por una ficción fabulosa.
Realidad, según el mismo Diccionario es “Existencia efectiva, la realidad del mundo exterior”. Y es contrario a la ficción.
Estas definiciones que podrían satisfacer a muchas personas, no son totalmente válidas para el escritor porque, precisamente, la literatura se ocupa del Suceder Imaginario, lo que está entre lo que percibimos con los sentidos y lo que concebimos o percibimos con la intuición. Su función es revelar verdades universales.
Para apoyar lo anterior cito a dos autores: Somerset Maugham y Nabokov.
El primero dice que el arte se da, cuando se traspasa la frontera entre la realidad y la irrealidad.
Por su parte, Nabokov dice que la literatura es invención, es ficción, y que calificar un relato de historia verídica, es un insulto al arte y a la verdad. Apuesta pues por la subjetividad y la relatividad.
Cuando una obra es verosímil, la gente cree que es real, aunque los lectores escépticos de novelas tiendan a decir que son mentiras. De aquí se derivan las confusiones entre realidad o verdad y verosimilitud, y entre ficción y mentira.
Quizá estos lectores tengan razón, ya lo dijo Vargas Llosa: La verdad de las mentiras la encontramos en las grandes obras Literarias, si tenemos la disposición de buscarla o dejarnos embaucar por ellas. La buena literatura de ficción logra que el lector se involucre.
Cito a Vargas Llosa:
Aunque una ficción sea inmediatamente reconocida como algo que no es una objetiva representación de la vida, si en ella, de algún modo, a veces muy indirecto y alegórico, el lector no se siente expresado, provocado, retratado, difícilmente se identificará con sus personajes y sucesos y se dejaría seducir por ella al extremo de vivir sus mentiras como si fueran verdades.
Volviendo a Nabokov, él dice que la literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle de Neandertal gritando “el lobo, el lobo”, con un enorme lobo pisándole los talones; sino que la literatura nació el día en que un chico llegó gritando “el lobo, el lobo”, sin que lo persiguiera ningún lobo.
Entre el lobo real y el lobo de la historia hay un centelleante término medio. Ese término medio es un prisma que convierte la realidad en literatura. La magia del arte estriba en el espectro del lobo que el muchacho inventa deliberadamente.
La contraparte de la ficción es que el hecho ficticio forme parte del imaginario colectivo: todos sabemos cómo son los lobos y el peligro que representan, de ahí que la ficción resulte verosímil.
Por parte del autor, esta trancisión entre la realidad y la ficción requiere de un proceso diferente en cada caso. Todos los escritores tenemos nuestro lobo personal, del cuál no siempre hablamos, pero del que indudablemente partimos para engañar a los demás, no sin antes dejarnos engañar y seducir por nuestras propias historias.
Si no somos los primeros en creerlas, no habremos traspasado la frontera invisible entre la realidad y la ficción.
Para ejemplificar ese proceso de creación que se compone de realidad, especulación e imaginación, en la tercera parte de este ensayo, voy a valerme de una anécdota, confesando cómo nació mi novela La mujer del policía.