
La novela trata de la violencia intrafamiliar y la falta de identidad.
El hecho real fue el siguiente:
Enfrente de mi casa vivía una familia, el padre había sido policía y trabajaba como velador, cuidando la finca que estaba desocupada. Lo conocía nada más de vista, le decíamos “el poli”, nunca supe su nombre.
Una noche oí que un automóvil frenó bruscamente y enseguida un golpe seco. Me asomé por la ventana: habían atropellado al policía. Hablamos a la Cruz Roja.
Cuando el policía regresó cojeaba y usaba muletas. No obstante, otra noche, meses más tarde, oí unos gritos de mujer en plena calle. Me asomé de nuevo y vi que esa mujer le exigía al policía que reconociera a la niña que ella llevaba, porque era de él. Gritaba que era un sinvergüenza, desgraciado, desobligado.
Mi imágen del policía era cada vez más inquietante, aunque igual de distante: nunca llegué a cruzar palabra con él.
Luego del incidente de la amante del policía, un día, casualmente, vi salir de la casa al lado de la mía, a una mujer que nunca había visto. Era delgada, muy alta y podría decir que hasta distinguida, a pesar de su ropa modesta.
Me llamó la atención. Pregunté a mi vecina quién era esa mujer y qué hacía.
“Es la mujer del policía, lava y plancha en ratos, porque su marido no la deja salir. Cuando él no está, ella sale a trabajar pues lo que él le da no le alcanza. Viera cómo la maltrata, la tiene amenazada con que si se va, no vuelve a ver a sus hijos”, dijo mi vecina.
¿Cómo le aguanta, si él tiene una amante y desde que sufrió el accidente no trabaja?, pensé.
Ese fue el detonante de mi novela, pero en mi mujer del policía yo convertí a la escritora asomada a la ventana, en el joven narrador que busca a la mujer de un policía, para comprobar si es víctima de maltrato, con el fin de hacer una tesis profesional.
Por algún mecanismo inconsciente el joven narrador no tiene nombre, sólo apodos. Esa falta de identidad la relaciono con el desconocimiento que yo tenía de los nombres, tanto del policía, como de su mujer.

En la novela, el joven narrador no encuentra a la mujer que busca, como yo nunca entablé comunicación con los personajes reales, quiénes finalmente se cambiaron de casa y nunca supieron que eran los protagonistas de mi novela.
Obviamente, todo lo que pasa en La mujer del policía, no tiene nada que ver con la realidad que les cuento, todos los personajes son ficticios igual que las situaciones.
Por principio de cuentas, la novela está ubicada en la ciudad de México, en una vecindad cercana a la casa de Aura, la de Carlos Fuentes. A partir de un hecho, la imaginación desarrolla una serie de posibilidades, en mi caso, con el propósito de denunciar una injusticia, idealicé a la mujer del policía, ante la impotencia de hacer algo más por ella.
Poco a poco la novela fue creciendo, bifurcándose, y el hecho real en que se funda se redujo al mínimo. De él solo quedó el impulso creativo. Y es que en la novela se parte de una imagen que hay que desmembrar para luego rehacerla: una cosa es el hecho real, otra la interpretación del mismo y una tercera el texto que resulta de la realidad transfigurada.
En ésto consiste el tránsito de la realidad a la ficción, a lo que yo llamo figuraciones y transfiguraciones.
La frontera entre la realidad y la ficción siempre está abierta para el escritor y, para mí son términos intercambiables, pues es tan verdadera la imaginación como la historia real, incluso en las novelas históricas. La mujer del policía es un ejemplo.
Lo importante no es el hecho, sino la evidencia o verdad universal de que, paradógicamente, no siempre el que detenta la autoridad, representada en mi novela por el policía, la ejerce correctamente, empezando por su propia casa. Éste es el fondo del asunto: el abuso del poder, una de cuyas variantes es el machismo, manifestado en violencia.
Desgraciadamente la novela no tuvo difusión en México, por haber sido publicada en Salta. Sólo unas cuántas personas la conocen, entre ellos el licenciado Benito Gómez, mi amigo, que opina que debería reeditarse porque lo merece.