En medio de consignas, pancartas y miles de mujeres marchando por las calles durante el Día Internacional de la Mujer, otro grupo de mujeres permanecía del otro lado de las vallas. Vestían uniforme, casco y escudo. Eran policías.

Para muchas manifestantes, su presencia representa la autoridad y el control del Estado. Pero para una de las agentes que participó en el operativo de seguridad, la jornada también tuvo un significado personal: “Esta marcha también es para nosotras”, dice.
La policía —quien pidió no revelar su nombre— formó parte del despliegue de seguridad durante la movilización en el centro de la ciudad, donde cerca de mil mujeres policías fueron asignadas para resguardar la ruta de la protesta.
Según relata, el objetivo principal del operativo fue evitar confrontaciones que pudieran escalar la violencia.
“Había un grupo muy grande de personas católicas resguardando la catedral, muchos hombres y también personas mayores. No podíamos permitir que el contingente pasara por ahí porque el riesgo era que hubiera enfrentamientos”, explica.
De acuerdo con la agente, la movilización tuvo dos momentos muy distintos.
El primer contingente reunió alrededor de dos mil mujeres y transcurrió con relativa calma. Sin embargo, horas después la afluencia creció considerablemente.
“En el segundo contingente ya se hablaba de más de diez mil personas. Ahí sí fue más complicado contener todo”, relata.
En uno de los momentos de mayor tensión, un grupo de manifestantes buscó entrar a la rectoría, lo que obligó a las policías a reorganizarse rápidamente para apoyar a sus compañeras que se encontraban en ese punto.
“Aun así éramos muy pocas frente a la cantidad de personas que había”, recuerda.

La agente asegura que, aunque muchas personas piensan lo contrario, durante la marcha sí existe comunicación entre autoridades y manifestantes.
Sin embargo, ese diálogo rara vez se da de manera directa o tranquila.
“Las líderes del contingente son quienes dan indicaciones. Cuando levantan el puño o se agachan, es señal de detenerse o parar lo que esté pasando. Con ellas se habla, pero no es un diálogo como de sentarse a platicar. Es más bien en medio de las exigencias”, explica.
Las demandas suelen expresarse a través de megáfonos o gritos desde el contingente.
“Nos dicen: ‘Regresen a las que tienen adentro o vamos a entrar por ellas’. Entonces se les responde que se está dialogando, que den tiempo”, relata.
Desde su experiencia en el operativo, la policía observa que dentro de la movilización existen distintos grupos con posturas diversas.
“Hay quienes marchan de forma pacífica, otras que están más en protesta contra el patrimonio y otras que son más agresivas”, dice.

Según describe, algunas manifestantes utilizan pasamontañas o cubren su rostro y portan objetos para romper cristales o lanzar pintura.
Sin embargo, también ha visto a participantes que se apartan del contingente cuando la situación se vuelve más violenta.
“Dentro de ellas mismas hay quienes no están de acuerdo con esas acciones y optan por salirse”, comenta.
Durante las movilizaciones feministas, las policías suelen recibir insultos, pintura, objetos y empujones. Aun así, explica la agente, las instrucciones suelen ser claras: evitar responder con agresiones.
“No llevamos armas ni nada en las manos. Solo estamos ahí para contener”, afirma.
Desde su perspectiva, muchas manifestantes no perciben que el operativo también busca protegerlas.
“Nosotras vamos para cuidar que nadie las agreda, que no haya personas que les griten cosas o que intenten atacarlas”, explica.
La agente señala que, en teoría, muchos de los actos cometidos durante la marcha podrían ser considerados faltas administrativas o daños al patrimonio, pero que durante estas movilizaciones las autoridades optan por no proceder contra las participantes.
“No se les detiene ni se les hace nada. Solo estamos ahí”, asegura.
Pese a las tensiones que se viven durante las marchas, la agente insiste en que muchas policías comparten las demandas del movimiento feminista.
Incluso, cuenta, había pensado llevar una pancarta durante el operativo.
“Yo tenía ganas de llevar algo que mostrara que también estamos con ellas, que esto no es una confrontación”, dice.
Para ella, el 8M también representa una lucha por derechos que afectan a todas las mujeres, incluidas las que portan uniforme.
“Esta marcha también es por nuestras libertades, por la igualdad. Claro que estamos a favor del movimiento”, afirma.
Sin embargo, desde su experiencia previa trabajando como policía investigadora en una fiscalía, la agente considera que el problema de la violencia contra las mujeres tiene raíces más profundas que las que pueden resolverse en las calles.
Recuerda haber visto numerosos casos de víctimas que regresaban una y otra vez a denunciar agresiones.
“Mujeres golpeadas, otras con heridas graves. Algunas llegaban con cuchillos o tijeras clavadas después de haber denunciado antes”, relata.
Para ella, el problema está en el funcionamiento del sistema de justicia.
“El sistema legal es el que está mal. Las carpetas se quedan ahí, se dan medidas de protección, pero muchas veces no pasa nada más”, sostiene.
Por ello, considera que las demandas del movimiento feminista deberían también enfocarse en presionar reformas legales y cambios institucionales.
“A donde realmente se tiene que exigir es en el sistema de justicia y en las leyes”, dice.
Aun así, mientras las marchas continúen, las policías seguirán ahí, detrás de las vallas.
Muchas de ellas, recuerda, con la misma convicción que las manifestantes.
Porque, como repite la agente, el 8 de marzo también habla de ellas.