Desde el antiguo Egipto, en Roma y más recientemente en pueblos de la Europa rural o en algunas localidades de África, hay registros de esta figura: mujeres que eran contratadas para ir a llorar a los funerales. A veces acompañaban estos llantos de cantos.
Casi siempre fue una actividad remunerada y era símbolo de estatus: cuantas más plañideras se podía pagar, más poderosa y rica era la familia. Estas mujeres buscaban mostrar el dolor de forma ritualizada, el llanto y el canto permitían que la sociedad supiera el vacío que dejaba la persona que se iba.

Estos días en Jalisco hemos escuchado el grito ensordecedor de las huestes del cártel a la luz de un carácter totalmente distinto. Hombres tomando la ciudad, las carreteras, quemando todo… “¿Para qué?”, nos preguntamos. Algunas personas piensan que es una forma de marcar el territorio con otros cárteles. Otras, que se trata de una venganza contra el Estado, una forma de señalar lo que va a costar cada vez que tocan a un líder.
También podemos verlo a través del duelo. Un duelo feroz, que busca mostrar su rabia a través de la violencia. Una violencia, además, que está hecha para ser vista y sentida por la población en general, pero, sobre todo, está destinada a aquellos a quienes ellos consideran sus iguales.
Esta cultura de la masculinidad ligada a una especie de honor no es nueva. La muerte de un líder puede activar emociones intensas, algunas reales y otras fingidas, rituales, como los gritos de las plañideras. El que más grita, el que más quema, el que más rabia siente, parece más leal y cercano a él. Por supuesto, esto puede tener repercusiones políticas: quien ejecuta la venganza más eficiente puede ser quien quede mejor posicionado para ocupar el cargo.
La antropóloga Rita Segato ha estudiado la violencia patriarcal que se ejerce contra las mujeres como un mandato de masculinidad. Y ese mandato exige no sólo el control de los cuerpos de las mujeres, sino una constante demostración de poder, ejercido principalmente a través de la violencia que busca, sobre todo, la validación de otros hombres. Y es que la violencia machista es un acto comunicativo y pedagógico dentro del orden patriarcal dirigido a sus congéneres.
Esta violencia que quema México, literalmente, tiene mucho que ver con ese orden patriarcal, con un machismo tóxico (¿lo hay de otro tipo?) y exacerbado donde solo el más macho, es decir, el más violento, el que tiene más mujeres, el que ejerce más control es el más admirado por sus hombres, que en este caso también significa el más temido, y por tanto el líder incuestionable.
Se decía, con cierta épica en el relato, que El Mencho estaba enfermo, se escondía en cabañas lúgubres y viajaba a hurtadillas, mientras su esposa y su hijo estaban en la cárcel. La realidad, según las últimas informaciones, es que se encontraba en un exclusivo club de Tapalpa, donde parece que era habitual. También dicen que lo atraparon por una mujer. Como al Chapo, claro. Esas mujeres que te llevan a la perdición, como cantan tantos corridos.
Sabemos que, además, murió siendo uno de los hombres más poderosos del mundo, en términos de su capacidad para ejercer violencia e infringir dolor, acumulando una fortuna inconmensurable, que no salía en las listas de Forbes ni pagaba impuestos, y capaz de sembrar el terror en un país entero. Incluso muerto.

*Por Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte y Mariana Espeleta Olivera, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO