En enero de este año, la comunidad universitaria del ITESO recibió con tristeza la noticia del fallecimiento en circunstancias poco claras de la profesora Azucena Camarena Cisneros. Tanto el ITESO como la UAG, donde también colaboraba la profesora, se pronunciaron solicitando a las autoridades el esclarecimiento de los hechos y justicia para Azucena y su familia.
Colegas y estudiantes que la conocieron destacan que Azucena era una excelente maestra y colaboradora: dedicada, profesional, amable, alegre, servicial. En la imagen que tenemos para recordarla, se traslucen sus cualidades en una sonrisa discreta y una mirada atenta que invita a regresarle la sonrisa. En las redes sociales se repiten las muestras de cariño y reconocimiento: “de las mejores maestras que he tenido”, señalan muchos mensajes.
A pesar de que en la escena se había representado un aparente suicidio, a diferencia de otros casos la Fiscalía actuó en concordancia con los protocolos e inició la carpeta como feminicidio. Tras una exhaustiva investigación, el siete de mayo trascendió en medios locales que se había aprendido a Antonio “N”, señalado como perpetrador del feminicidio de Azucena.
Para sorpresa de nadie, el señalado era la pareja sentimental de la víctima. De acuerdo con ONU mujeres, el 60 por ciento de los feminicidios a nivel mundial se cometen por la pareja o expareja. La última encuesta sobre dinámica de los hogares en México (INEGI 2021) señala que en Jalisco el 40 por ciento de las mujeres ha sufrido violencia por parte de su pareja actual o última pareja. Los números son alarmantes y, aun así, no permiten ver las complejas y perversas formas en las que este tipo de violencia se ejerce.
En el caso de Azucena y de muchas otras mujeres se encuentra un patrón que emergió a partir del infame caso de Gisele Pelicot, en el que afortunadamente ella vivió para contarlo y convertirse en ejemplo de resiliencia y dignidad: la sumisión química con el fin de perpetrar violencia sexual, ya sea para compartirse en redes o invitar a otros hombres a ejercerla de manera directa.
Lo que en un principio se conoció como un crimen marginal y un hecho aislado, supuestamente cometido por personas con graves desviaciones, ha ido transformándose en los últimos años en casi una constante, con miles de perpetradores y consumidores en el mundo entero. En marzo de este año, CNN lanzó un reportaje devastador, en el que se da cuenta de la existencia de un grupo internacional de Telegram, en el que hombres de todas latitudes comparten estrategias para drogar y violentar a sus parejas, con el fin de intercambiar el material en las redes.
El violentador de Pelicot, su marido, formaba parte de un grupo similar llamado “Without Her Knowledge”. El sitio fue cerrado, pero tras su desaparición otros similares han surgido, según da cuenta detallada el reportaje de la cadena noticiosa. En algunos de estos sitios incluso se pueden comprar los medicamentos controlados para sedar a las víctimas.
La situación resulta espeluznante, particularmente si se combina con otros patrones de violencia y abuso en la pareja. No estamos hablando de incapacidad de controlar la ira, ni de arranques violentos, problemas que se pueden trabajar con acompañamiento profesional. Hablamos de frialdad y cálculo, de dosis, de exhibición, de lucro.
En esta columna, buscamos dar visibilidad a las víctimas y no a los perpetradores, enfatizar la lucha y el aporte que hacemos las mujeres para crear un mundo mejor para nosotras, para nuestras hijas y para todos. Sin embargo, a veces la realidad nos recuerda que estamos viviendo momentos muy amargos respecto de los que debemos tomar conciencia y cartas en el asunto.
Azucena Camarena Cisneros tenía derecho a vivir una vida libre de violencia. A disfrutar muchos años más en este plano, compartiendo con su familia, sus amistades y sus estudiantes. Descansa en paz y vuela alto, querida compañera y profesora. Aquí, honraremos tu memoria.
*Por Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte y Mariana Espeleta Olivera, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO