Metrópoli

Los módulos temporales suelen limitarse a la atención de 150 a 250 ciudadanos; la afluencia crece

De ficha en ficha: desde las 6 am en la fila para garantizar la vacuna antisarampión

Módulo de vacunación contra sarampión en el Ángel de la independencia

Desde antes de que saliera el sol, cuando la ciudad apenas comenzaba a desperezarse entre el ruido lejano de los primeros camiones y el aroma del café recién hecho en los puestos ambulantes, ya había personas formadas. Eran las seis de la mañana cuando llegó la primera. A esa hora el aire todavía era frío y la luz tenue apenas iluminaba las calles, pero la decisión estaba tomada: asegurar una de las 150 fichas disponibles para recibir la vacuna.

La escena parecía repetirse en distintos puntos de la capital. La dinámica era clara: se entregarían 150 fichas y comenzarían a vacunar a partir de las 10 de la mañana. El requisito principal era sencillo: presentar el carnet de vacunación si se contaba con él; si no, no habría problema. El único filtro estricto era la edad: el límite máximo para acceder a la dosis era de 49 años.

Desde temprano, la afluencia dejaba ver que la convocatoria había corrido rápido. Aunque no todos sabían con exactitud los detalles técnicos de la vacuna, la mayoría coincidía en algo: la información en medios de comunicación había sido suficiente para generar la sensación de urgencia.

El Ángel de la Independencia: filas largas y prisas laborales

En el Ángel de la Independencia, uno de los puntos más visibles y simbólicos de la ciudad, las filas se extendían sobre la banqueta. Ahí era evidente un perfil específico: hombres y mujeres vestidos con ropa de oficina, algunos aún con gafete colgando al cuello, otros hablando por teléfono mientras avisaban que llegarían tarde al trabajo.

Módulo de vacunación contra sarampión en el Ángel de la independencia

El rango de edad predominante era claro: personas entre los 35 y los 49 años. Se notaba en sus rostros la prisa, pero también la determinación. Algunos revisaban constantemente el reloj; otros, con el saco doblado en el brazo, buscaban sombra mientras avanzaban lentamente.

En este punto se informó que la vacunación continuaría después de las tres de la tarde. Sin embargo, no se tenía un estimado claro sobre el número límite de vacunas disponibles. Era, como decían algunos en la fila, “un volado al aire”. Nadie podía asegurar que, tras horas de espera, alcanzaría una dosis.

Módulo de vacunación contra sarampión en el Ángel de la independencia

A diferencia de otros módulos, aquí la incertidumbre formaba parte de la experiencia. La fila avanzaba con lentitud y el murmullo colectivo se mezclaba con el ruido constante del tránsito sobre Paseo de la Reforma.

Módulos en el Metro: mayor certeza y organización

Por otro lado, los puntos con mayor certeza para quienes buscaban vacunarse eran las mesas instaladas en transbordos del Metro, como Garibaldi, Bellas Artes y Observatorio. En estos espacios la logística parecía más estructurada y, en algunos casos, se informaba con mayor claridad cuántas dosis se aplicarían.

En la alcaldía Álvaro Obregón, por ejemplo, los módulos en Observatorio y Barranca del Muerto operaban de lunes a viernes, de 8:30 a 14:00 horas. En Azcapotzalco, el módulo de Ferrería atendería el 13 de febrero, de 9:00 a 14:00 horas. Mientras tanto, en Iztapalapa, hasta el 13 de febrero se aplicarían vacunas en Constitución de 1917, también de 9:00 a 14:00 horas.

Estos horarios acotados daban un marco más claro para quienes planeaban acudir. Sin embargo, el tiempo también era un factor determinante: llegar tarde podía significar quedarse sin vacuna.

Garibaldi: 250 dosis y mayor presencia de jóvenes

El módulo del Metro Garibaldi/Lagunilla operaría hasta el domingo, en un horario de 9:00 a 14:00 horas o hasta que las dosis se terminaran. Ahí se aplicarían 250 dosis diarias. Además, contaban con dos puntos de vacunación en el transbordo hacia Bellas Artes.

En este espacio se notaba una mayor presencia de gente joven. A diferencia del Ángel, donde predominaban los trabajadores de oficina, aquí era más común ver personas que rondaban los 30 o incluso un poco menos, siempre dentro del límite permitido de 49 años.

Módulo de vacunación contra sarampión en el Metro Garibaldi/lagunilla

El personal médico explicaba algunos detalles importantes. Por ejemplo, que al octavo día podría aparecer un salpullido en la zona de vacunación. También se mencionaba que la vacuna era fotosensible y tenía una duración de siete horas una vez abierta, lo que explicaba la necesidad de organizar bien las dosis. En contraste, otras vacunas como la del tétanos o la influenza pueden durar hasta 28 horas una vez abiertas.

Estos datos técnicos circulaban entre los formados, generando comentarios y comparaciones. Algunos preguntaban si el dolor sería intenso; otros recordaban experiencias previas con vacunas.

En los tres puntos visitados Ángel de la Independencia, Garibaldi y otros módulos del Metro había un elemento en común: la expresión en los rostros. Se percibía una ligera preocupación. Muchas personas admitían no saber con exactitud por qué estaban ahí, más allá de haber visto en las noticias que era importante vacunarse.

Había dudas sobre los efectos secundarios, sobre la intensidad del dolor, sobre si sería “solo un piquetito” o algo más molesto. El miedo, aunque leve, se notaba en miradas inquietas y en conversaciones en voz baja.

También llamaba la atención que, pese a la afluencia, eran pocas las personas que llevaban de la mano a hijos mayores de 10 años. La jornada parecía concentrarse principalmente en adultos dentro del rango establecido.

Uno de los momentos más tensos se vivió en el metro Garibaldi/ lagunilla,cuando una mujer de 59 años intentó formarse para recibir la vacuna. Se había excedido por diez años del límite permitido. Al recibir la negativa por parte del personal de salud, reaccionó con molestia.

Entre reclamos y palabras altisonantes dirigidas a las enfermeras quienes únicamente cumplían con la instrucción de respetar el rango de edad la mujer expresó su inconformidad. “Pinches viejas”, se le escuchó decir, visiblemente alterada.

La escena contrastaba con la serenidad del personal médico, que mantuvo la calma y reiteró que no podían aplicar la dosis fuera de los lineamientos establecidos.

A su lado, su hija de 39 años sí logró vacunarse. Aunque se notaba incómoda por la situación de su madre, decidió no perder la oportunidad. Tras recibir la dosis, se retiró del módulo aún con gesto serio, mientras su madre continuaba mostrando molestia.

La jornada de vacunación no solo dejó ver cifras 150 fichas, 250 dosis en algunos puntos, horarios definidos sino también emociones. Desde quien llegó a las seis de la mañana para asegurar su lugar, hasta quien salió de la oficina con la esperanza de alcanzar vacuna después de las tres de la tarde.

Entre la organización en el Metro y la incertidumbre en el Ángel, la ciudad mostró distintas caras de una misma realidad,la necesidad de prevenir, aun cuando la información no siempre sea completa o comprendida en su totalidad,y para ser realista el temor a querer vacunarse lo antes posible surge desde la pandemia del COVID,ya con una experiencia traumática para muchos el vacunarse lo antes posible era un sentimiento de preocupación y desesperación.

Las filas largas, los rostros expectantes, el temor al dolor y la frustración de quienes quedaron fuera por cuestión de edad dibujaron una escena cotidiana pero significativa. Una fotografía de cómo la capital responde ante una convocatoria de salud pública: con dudas, con quejas, con disciplina y, sobre todo, con la intención de no dejar pasar la oportunidad de protegerse para no volver a vivir un encierro de 2 años y la pérdida de un familiar.

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