
Capitalinos comienzan a prepararse semanas antes de que lleguen las lluvias intensas a la Ciudad de México. En colonias donde el agua suele subir cada año, algunos colocan costales de arena frente a las puertas, elevan muebles y electrodomésticos sobre bloques, limpian coladeras cercanas y se organizan entre vecinos para vigilar el nivel del agua cuando las tormentas se intensifican. Para miles de familias en zonas vulnerables, la temporada de lluvias es un periodo de calles anegadas, transporte colapsado y viviendas inundadas.
De acuerdo con registros de autoridades de gestión de riesgos, en la ciudad se presentan en promedio más de 500 inundaciones al año, con picos que han superado los mil eventos en temporadas particularmente intensas. En el periodo reciente, alcaldías como Iztapalapa, Tlalpan, Gustavo A. Madero y Tláhuac concentran buena parte de estos incidentes. Las lluvias más intensas en los últimos 43 años se registraron el 2025, con un incremento de 33 por ciento respecto de 1982.
Solo en 2024, por ejemplo, se registraron 92 inundaciones en Iztapalapa, 64 en Tlalpan, 49 en Tláhuac y 44 en Xochimilco.
Aun antes de que inicie formalmente la temporada —que suele extenderse de mayo a noviembre— los habitantes de estas zonas ya saben que el agua volverá a ser parte de su rutina.

Preparativos cotidianos antes de la lluvia
En la colonia Santa Martha Acatitla, en Iztapalapa, los vecinos recuerdan que el agua puede subir rápidamente cuando las tormentas duran más de una hora. Algunos habitantes dicen que el primer indicio de riesgo es cuando las coladeras comienzan a expulsar agua y basura.
“Cuando empieza a llover fuerte todos salimos a ver cómo va la calle. Si el agua empieza a subir, ponemos tablas en la entrada y subimos lo que se pueda”, relata Rosa Hernández, vecina de la zona desde hace más de veinte años. “Uno aprende con el tiempo. Ya sabemos qué hacer antes de que se meta el agua”.
En barrios de la periferia sur, como Xochimilco o Tláhuac, los preparativos también incluyen revisar azoteas y desagües para evitar que el agua se acumule. Los vecinos retiran basura de las coladeras y, en algunos casos, construyen pequeñas barreras improvisadas con madera o costales.
“Las lluvias no nos agarran desprevenidos”, explica Juan Carlos Medina, habitante de la colonia San Lorenzo Xicoténcatl. “Aquí siempre tenemos un par de costales listos. Si vemos que la tormenta viene fuerte, los ponemos en la puerta”.
Estas acciones son la adaptación cotidiana a un fenómeno que forma parte de la vida urbana en la capital.

Colonias donde el agua regresa cada año
Las inundaciones no afectan a todas las zonas por igual. Mapas elaborados por autoridades locales señalan que varias colonias presentan mayor vulnerabilidad debido a su ubicación, infraestructura o condiciones del suelo.
En Iztapalapa destacan colonias como Santa Martha Acatitla, Unidad Habitacional Vicente Guerrero, Constitución de 1917, El Molino y Santa María Aztahuacán. En Gustavo A. Madero se identifican zonas como San Juan de Aragón, La Pradera y San Felipe de Jesús.
En muchas de estas áreas el problema está en las lluvias intensas, pero también en las condiciones del drenaje y la urbanización acumulada durante décadas.
Las vialidades también se vuelven puntos críticos. Avenidas como Periférico Oriente, Insurgentes Norte, Gran Canal o Viaducto Tlalpan suelen registrar encharcamientos severos cuando las tormentas coinciden con el horario de mayor tráfico.
Para los vecinos, estas zonas significa una especie de mapa mental del riesgo, pues saben exactamente qué calles evitar cuando la lluvia arrecia.
Ciudad construida sobre agua
Parte de la explicación del problema se encuentra en la historia misma de la ciudad. La capital fue construida sobre el antiguo sistema lacustre del Valle de México, particularmente sobre el lecho del lago de Texcoco. El suelo arcilloso dificulta la filtración del agua y favorece que se acumule en la superficie.
A ello se suma el hundimiento del terreno, provocado en gran medida por la sobreexplotación del acuífero. En algunas zonas el suelo se hunde entre 20 y 40 centímetros por año, lo que afecta tuberías, drenajes y sistemas hidráulicos.
La expansión urbana también ha reducido áreas verdes y superficies de infiltración, sustituidas por concreto y asfalto que impiden que el agua se absorba de manera natural.
El resultado es una ciudad donde la lluvia intensa puede saturar rápidamente el drenaje y convertir calles en corrientes improvisadas.
Las lluvias en la Ciudad de México también han mostrado cambios en intensidad y frecuencia. En 2025, por ejemplo, se registraron precipitaciones consideradas históricas, con tormentas que inundaron avenidas, colapsaron el transporte público y provocaron afectaciones en diversas zonas de la ciudad.
En algunos episodios se han acumulado decenas de milímetros de lluvia en pocas horas, lo que supera la capacidad de drenaje en varios puntos urbanos. El cambio climático puede intensificar estos fenómenos al aumentar la frecuencia de lluvias torrenciales concentradas en periodos cortos.
Para los habitantes de zonas vulnerables, esto significa que cada temporada puede traer tormentas más intensas que la anterior.
Estrategias vecinales frente a las inundaciones
En barrios con antecedentes de anegaciones, la organización comunitaria se vuelve una herramienta. En algunas colonias los vecinos mantienen grupos de mensajería para avisar cuando el nivel del agua comienza a subir. Otros coordinan turnos para retirar basura de coladeras antes de las tormentas.
“Si se tapa una coladera, el agua se queda aquí”, comenta María Guadalupe Sánchez, vecina de la Unidad Habitacional Vicente Guerrero. “Entre todos tratamos de mantenerlas limpias, porque si no, el agua se mete a las casas”.
También es común que las familias coloquen muebles sobre ladrillos o bases elevadas durante la temporada de lluvias, una medida simple pero efectiva para evitar que el agua dañe electrodomésticos o colchones.
Algunas viviendas cuentan incluso con pequeñas bombas para sacar agua cuando el nivel comienza a subir dentro del domicilio.
Impacto en la vida diaria
Las inundaciones, además de impactar en viviendas, también alteran la movilidad, el trabajo y las actividades cotidianas.
En días de lluvia intensa, el tránsito puede paralizarse en cuestión de minutos. Autobuses y automóviles quedan atrapados en encharcamientos profundos y algunas estaciones de transporte público deben cerrar temporalmente.
En colonias donde el agua alcanza banquetas y viviendas, los vecinos colocan tablas para cruzar la calle o utilizan botas de hule para desplazarse.
“Cuando llueve fuerte sabemos que tardaremos más en llegar a casa”, dice Víctor Morales, trabajador que vive en Tláhuac. “A veces el transporte deja de pasar o las calles están llenas de agua”.
Las afectaciones económicas también son frecuentes, desde mercancía dañada en pequeños comercios hasta gastos de reparación en viviendas.
Las autoridades capitalinas suelen implementar operativos de prevención durante la temporada de lluvias, con brigadas para desazolve, equipos de bombeo y monitoreo meteorológico. En algunos casos estos operativos incluyen la limpieza de cientos de kilómetros de drenaje y la instalación de plantas de bombeo en puntos críticos.
Sin embargo, la magnitud del problema y las condiciones geográficas de la ciudad hacen que las inundaciones sigan siendo un desafío que persiste.
Para los vecinos de las colonias más afectadas, la temporada de lluvias ya es costumbre y preocupación. Cada año se repite el mismo ritual, que consiste en revisar el cielo, escuchar el pronóstico y preparar la casa para lo que pueda venir.
“Uno se acostumbra, pero nunca deja de preocupar”, dice Rosa Hernández mientras observa el cielo nublado. “Cuando empieza la temporada sabemos que en cualquier momento puede caer una lluvia fuerte”.
Y cuando eso ocurre, en muchas calles de la ciudad el agua vuelve a recordarle a sus habitantes que vivir en la capital también significa convivir con un viejo problema que, temporada tras temporada, aún no encuentra una solución definitiva.