
El reloj marcaba exactamente las 5:30 de la tarde cuando comenzó uno de los momentos más esperados de la Semana Santa en la alcaldía Iztapalapa. En medio de una multitud que ya ocupaba banquetas, azoteas, marquesinas y cada rincón posible, inició el recorrido que representa los últimos momentos de la vida de Jesús, una tradición que año con año mezcla devoción, historia y un profundo sentir colectivo.
La escena arrancó con una imagen que capturó la atención de todos: Jesús avanzaba tomado de la mano de María, mientras detrás de ellos el ángel y los doce apóstoles seguían el camino. La caminata, solemne pero constante, marcaba el inicio de un recorrido cargado de simbolismo hacia el emblemático Cerro de la Estrella.

A cada paso, el público reaccionaba. Familias enteras observaban en silencio, mientras otras no podían contener la emoción. “Mira, ahí está Dios”, se escuchaba decir a madres que cargaban a sus hijos pequeños sobre los hombros para que pudieran presenciar el momento. Decenas de celulares se alzaban al mismo tiempo, formando un mar de pantallas que intentaban capturar cada instante.
Entre los asistentes, también se encontraban trabajadores de la Farmacia Homeopatía San Gerardo, quienes, como muchos otros, salieron de su rutina diaria para presenciar el paso del contingente. Afuera de su establecimiento, grababan atentos cada escena, pues por unos momentos, la vida cotidiana se detuvo por completo para dar paso a la representación.
El ambiente era intenso. La fe se mezclaba con el bullicio: claxons sonaban a lo lejos, gritos cruzaban las calles, pero nada lograba interrumpir el desarrollo del recorrido. Las vialidades fueron cerradas y el tránsito detenido, mientras la multitud seguía creciendo. Las vallas metálicas apenas contenían a las personas que, hombro con hombro, buscaban un espacio desde donde mirar.

Algunos optaron por subir a las azoteas para observar con mayor claridad; otros, de puntas o cargando a sus hijos, intentaban no perder detalle. Un hombre, visiblemente conmovido, seguía paso a paso a Jesús mientras las lágrimas corrían por su rostro; a su lado, su esposa le daba pequeñas palmadas en la espalda, compartiendo el momento en silencio.
La cercanía con el actor que representaba a Jesús generaba escenas particulares: muchas personas lo detenían para pedirle fotografías. Madres incluso colocaban a sus bebés en sus brazos para capturar una imagen que, para ellas, representaba más que un recuerdo, era un acto de fe.
A medida que avanzaba el recorrido, el paso se aceleraba. El objetivo era claro, llegar al Cerro de la Estrella, donde las escenas cobrarían aún más intensidad. Al arribar, el ambiente cambió; la representación tomó forma y el silencio se apoderó por momentos del lugar.
En el desarrollo de la escenificación, Jesús se presentó ante el pueblo como el Mesías. Sus palabras, dirigidas a la multitud, evocaban pasajes bíblicos que han trascendido por siglos: prometía curar a los enfermos, dar esperanza a quienes la habían perdido y guiar a los fieles hacia el reino de Dios.

Esta representación retoma episodios fundamentales de la vida de Jesús de Nazaret, figura central del cristianismo. De acuerdo con los evangelios, Jesús dedicó su vida a predicar el amor, la compasión y el perdón. Sus enseñanzas, basadas en la fe y la justicia, transformaron a miles de personas en su tiempo y continúan vigentes hasta hoy.
Durante la escenificación, se recrearon algunos de sus milagros más conocidos. Entre ellos, la curación de un niño ciego, símbolo de esperanza para quienes creen en el poder de la fe. Asimismo, se representó la multiplicación del pan, uno de los pasajes más significativos del Nuevo Testamento, donde Jesús alimentó a más de cinco mil personas con apenas unos cuantos alimentos.

En ese momento, los apóstoles comenzaron a repartir pan entre los asistentes, lo que desató una oleada de emoción. La gente levantaba las manos, gritaba y pedía recibir un pedazo, como si por un instante la historia bíblica se volviera realidad frente a sus ojos.
La representación en Iztapalapa no es solo un evento cultural o turístico; es una manifestación profundamente arraigada en la identidad de sus habitantes. Con más de 180 años de historia, esta tradición ha logrado mantenerse viva gracias a la participación de toda la comunidad, desde los actores hasta los organizadores y vecinos.

Cada detalle cuenta,los vestuarios, los diálogos, los recorridos y la participación del público forman parte de una experiencia que va más allá de lo visual. Es un acto colectivo donde la fe se expresa en cada gesto, en cada lágrima y en cada aplauso,pues desde los 5 años los niños de Iztapalapa comienzan a involucrarse en este evento y sin importar su corta edad son conscientes de lo que viven y el papel que representan y esto se debe a las creencias que fueron sembradas desde sus hogares.
Mientras el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos dorados y grises, la escena adquiría un matiz aún más dramático. La luz natural iluminaba el rostro de Jesús, reforzando la carga simbólica del momento. La multitud, aunque cansada por las horas de espera, permanecía firme.
Así, entre empujones, rezos, gritos y silencios, el recorrido continuó. La fe de miles de personas se hizo presente en cada paso, recordando no solo la historia de Jesús, sino también la capacidad de una comunidad para reunirse, creer y mantener vivas sus tradiciones.
La jornada avanzaba, pero el sentimiento colectivo ya había quedado marcado,por unas horas, Iztapalapa dejó de ser solo una alcaldía para convertirse en el escenario donde la historia, la fe y la vida cotidiana se entrelazaron en una misma narrativa.