
Tras el asesinato de un estudiante dentro del plantel del CCH Sur, ocurrido en el mes de septiembre de 2025, las autoridades la UNAM establecieron medidas de seguridad que años antes se pensaban insostenibles por la dimensión del plantel y por la cantidad de estudiantes en su matrícula. Adecuaciones tan básicas como instalar torniquetes que permitieran la entrada únicamente con credencial habrían sido vistas por las generaciones pasadas y actuales generaciones de este bachillerato como arreglos que no tardarían en presentaría fallas o averías técnicas al poco tiempo de su instalación.
No obstante, hoy son disposiciones reales a las que el estudiantado aún se adapta durante este ciclo escolar, y aunque ayudan a contener un problema de violencia que se estaba saliendo de proporción, no anula los demás, sino que paradójicamente los visibiliza.
Una de las particularidades que poseía el Colegio de Ciencias y Humanidades frente a las demás escuelas de bachillerato, era la libertad de las puertas abiertas, vía libre para entrar y salir del plantel, tal como ocurre en las facultades de nivel licenciatura. Sin embargo, con el clima violento e incierto que azota a las juventudes unamitas en tiempos recientes, fue imperante para la máxima casa de estudios cerrar los portones y controlar el tráfico del Colegio.
Igualmente, ha sido necesario colocar mantas en las entradas para indicarle a los estudiantes, en su mayoría menores de edad en formación media superior, que está prohibido introducir a la escuela artículos como bebidas alcohólicas, sustancias ilícitas, materiales inflamables, armas de fuego o punzocortantes, explosivos, material pornográfico, herramientas como taladros, sierras y navajas, entre otros objetos.
PERSISTE, A LA LUZ
Pero tal parece que esto no es suficiente para controlar el comportamiento de los adolescentes que deberían aspirar a prepararse para entrar a la educación superior, pues padres de familia, empleados de plantel e incluso otros alumnos, denuncian que existe un descontrolado problema de jóvenes que aprovechan su asistencia diaria al Colegio de Ciencias y Humanidades para ingerir alcohol, tabaco y hasta drogas en las cercanías del plantel. Si bien el control del ingreso a la escuela previene que este consumo —al igual que la venta y distribución— haya disminuido considerablemente al interior, el cierre de puertas ha concentrado el problema a las afueras del recinto, en el camellón conocido como Torres, de camino a Bulevar de la Luz.
En esta área es común ver a grupos de estudiantes congregados en los puestos ambulantes de comida, pero unos pasos más allá del margen de los comercios, se hace presente un escándalo mayor: adolescentes ingiriendo bebidas alcohólicas altamente publicitadas y dirigidas a jóvenes, tales como las llamadas Fourloko, Kosako, Mr. Blue, Buzzboll, Viña real, entre una gran variedad de marcas que fácilmente se encuentran en tiendas de conveniencia y autoservicio.
De acuerdo con estudiantes del plantel, los días que más concentración hay en esta zona —que no se limita a jóvenes ‘ceceacheros’— son los jueves y viernes en el turno vespertino, incluso han observado a compañeros que, bajo los efectos de estas sustancias, se vuelven agresivos entre ellos mismos y provocan un ambiente hostil en esta transitada vialidad escolar. A pesar de que esta zona ahora es rondada permanentemente por patrullas, es sabido entre los jóvenes, que “es fácil sobornar a los puercos para que los dejen en paz”.
Personal de seguridad del Colegio señala que el problema de estudiantes que entran al plantel alterados por cualquier tipo de sustancia ha ido en aumento con el paso de las generaciones, pero tras la implementación de las puertas cerradas, hubo un repunte de este fenómeno, que ahora está fuera de sus manos.
“Nosotros como seguridad solo estamos a cargo de vigilar quién entra, pero no podemos negarles la entrada aunque los veamos que vienen borrachos, fumados o drogados”.
Un padre de familia, trabajador de la UNAM, relata que le preocupa la seguridad de su hija, y por eso acude diariamente a recogerla al terminar sus clases. Asegura que el problema de seguridad y descontrol en los alumnos no depende del todo de la Universidad, sin embargo, remarca que las medidas institucionales se han quedado cortas.
“En mis tiempos, a los que entraban drogados o tomados los expulsaban; eso es lo que hace falta, que expulsen a unos cuantos que tengan este comportamiento que no es aceptado dentro del plantel, para que así, se siente un precedente en todos los demás”, asegura.