
En la esquina donde se abrió el socavón, en la colonia Ampliación Los Reyes Culhuacán, en Iztapalapa, el piso aún conserva una película oscura que delata lo que pasó. No es solo polvo, es una mezcla de lodo, restos de agua sucia y el rastro de una corriente que bajó con fuerza por la pendiente de la calle hasta meterse a las casas. A un costado del boquete por donde reventó la tubería, la vivienda de Alejandro fue una de las más golpeadas.

“Estamos enfrente del socavón”, dice, invitando a pasar. Desde adentro, señala las paredes marcadas por una línea de humedad que llega casi a la altura del pecho. “El agua llegó hasta acá arriba”.
La mega fuga ocurrió la mañana del miércoles 13 de mayo, cuando un ducto principal de aproximadamente 48 pulgadas se rompió y el agua potable comenzó a salir con presión. La línea forma parte del sistema que impulsa el suministro hacia el Tanque de La Estrella, un nodo clave para el abasto en la zona oriente. En minutos, lo que era asfalto se volvió cauce. La corriente descendió por la pendiente hacia Avenida Tláhuac, arrastrando basura, tierra y todo lo que encontraba a su paso.
Para los vecinos, el sonido inicial fue como una explosión subterránea. Después, el agua.

En la casa de Alejandro, el impacto fue directo. “De por sí estaba deteriorada la casita, y ya con el agua lo afectó. Se humedeció todo”. Camina por la sala y enumera pérdidas. “Ropa, sala, comedor, sillas, unos silloncitos que teníamos, el refri, las lavadoras, unas licuadoras”. Se detiene. “El refri estaba flotando aquí. Flotando, tal cual”.
La electricidad sigue cortada. Las conexiones están a ras de piso y el agua las alcanzó. “No tenemos luz por lo mismo. Ahorita no podemos ni ver, ni hacer nada”.
La escena se repite en otras viviendas de la cuadra. Puertas abiertas para ventilar, muebles recargados al sol, cubetas con agua turbia que todavía se escurre de rincones imposibles. El olor es una mezcla de humedad vieja con drenaje reciente.

Porque después del agua limpia, vino la sucia.
“Primero fue la fuga, después quisieron arreglar y se rompió un tubo de drenaje de este lado. Y se volvió a llenar todo, pero de agua negra”. Lo que había entrado como agua potable regresó horas después convertido en un líquido espeso que obligó a los vecinos a salir de nuevo.
Esa noche no durmieron dentro. “Dormimos fuera. Nos mandaron a un albergue, pero con eso de que las autoridades estaban para allá, para acá, dándonos soluciones, pues era cuestión de ver eso. No queríamos dejar sola la casa”.
La atención oficial, cuenta, tardó en sentirse. “Nos fueron a preguntar muchas veces, sí nos dieron un poquito de ayuda, pero casi fueron hasta el último. Hasta en la noche”. Personal de la Secretaría de Gestión Integral del Agua, Protección Civil y cuadrillas de la alcaldía trabajaron para cerrar válvulas, contener la presión y comenzar la sustitución del tramo dañado. La fuga se controló, pero durante la noche vecinos reportaron que el flujo volvió a salir en menor medida mientras continuaban las maniobras.

Afuera, la calle ya no parece río, pero conserva cicatrices. El pavimento levantado, la tierra expuesta, marcas de arrastre. Alejandro mira hacia la orilla donde el agua pegó con más fuerza contra su barda. “Dicen que no hay problema, pero si el agua se metió, ¿tú crees que no se va a meter un poco más? Por un temblor o algo, nos puede afectar directo. La casa no es de loza. Si se cae una parte, se cae más”.
El temor ahora no es solo lo perdido, sino lo que puede venir. La tierra saturada, reblandecida, y una estructura debilitada. “No nos han dado un estimado de cuánto tiempo. Dicen que van a evaluar”.
La solidaridad vecinal fue lo inmediato. “Se han acercado, han visto lo que necesitemos. Nos arriman un tecito en la mañana”. En una colonia acostumbrada a lidiar con la escasez de agua, ver miles de litros desperdiciarse mientras arruinaban hogares dejó una sensación difícil de explicar. Indignación y tristeza a la vez.
Cuando se le pregunta cómo se veían las calles el día del incidente, responde que “parecían ríos”.

La lluvia de ese día fue mínima. “Sí llovió, pero muy poquito. No fue tan grave”. Lo grave fue la presión interna de una red que, al romperse, convirtió la pendiente en torrente.
En la recámara del fondo, Alejandro muestra rollos de tela húmedos y paredes que ya empezaron a mancharse. El piso aún está frío. Cada paso levanta un olor agrio. No hay refrigerador funcionando, no hay lavadora, no hay luz. Hay muebles hinchados por el agua y electrodomésticos inservibles.
El llamado que hace es claro. “Que den la solución más pronto posible”. No habla de indemnizaciones ni cifras. Habla de seguridad. “Un temblor, que aquí casi no tiembla, nos va a afectar más porque la tierra está reblandecida”.
Mientras tanto, las cuadrillas siguen trabajando a unos metros, donde la tubería reventada dejó un hueco que ahora es centro de atención técnica y preocupación vecinal. El punto exacto donde falló la infraestructura es, para los habitantes, el origen de una cadena de daños que aún no termina de dimensionarse.

La vida cotidiana quedó suspendida. Sin luz, sin aparatos, con humedad en las paredes y la incertidumbre de cuánto resistirá la casa. La calle, que el miércoles fue cauce, hoy es pasillo de tránsito lento entre vecinos que limpian, secan y conversan sobre lo mismo, es decir, el momento en que el agua empezó a bajar.
Alejandro se despide con una frase que resume el estado de ánimo en la cuadra. “Ya se drenó todo, pero lo que se quedó adentro, eso es lo que pesa”.
En Ampliación Los Reyes Culhuacán, la emergencia ya no es el chorro de agua que salía con fuerza, es lo que dejó cuando se fue: humedad, lodo, muebles inservibles, paredes debilitadas y familias que pasaron la noche en la calle vigilando lo poco que quedó seco.
