
Mientras el partido acaparaba la atención del mundo, a unos metros del Estadio Ciudad de México la vida seguía su curso. No todos estaban ahí para celebrar un gol. Algunos iban rumbo a una consulta médica; otros intentaban vender lo suficiente para llevar comida a casa; unos más protestaban para exigir justicia o estabilidad laboral.
El Mundial llegó al sur de la capital con música, turistas y banderas, pero también exhibió historias que suelen quedar fuera de la transmisión oficial.
Cierres de avenidas

Desde el cruce de avenida Acoxpa con Villacoapa comenzaba a sentirse que era un día distinto. El primer filtro impedía el paso de automóviles particulares. Sólo podían avanzar residentes o personas que acreditaran trabajar en la zona.
Para muchos, la solución llegó sobre motociclistas de Uber y Didi transformaron sus viajes habituales en un servicio improvisado para acercar aficionados hasta donde los cierres lo permitían. Con sus mochilas de repartidor a cuestas, trasladaban pasajeros por 40 pesos. Los usuarios debían colocarse la mochila del conductor para viajar más cómodos mientras avanzaban entre las restricciones.
Uno de los motociclistas contó que comenzó a trabajar desde las siete de la mañana. Entre las siete y las nueve realizó cerca de 30 viajes, obteniendo en apenas unas horas lo que normalmente consigue en media jornada.
La ciudad encontraba la manera de adaptarse.
Filtros para llegar al estadio

Al llegar a Plaza Acoxpa, el ambiente cambiaba. Había música, familias enteras paseando, niños corriendo entre vendedores y adultos mayores observando el movimiento. Aunque varios locales permanecían cerrados, afuera la fiesta seguía su propio ritmo.
Dr. Simis bailaban entre la gente, sonaban ritmos de carnaval y comerciantes ofrecían patos de goma con banderas mexicanas, pepitas, dulces y recuerdos improvisados para aprovechar el flujo de visitantes.
Pero la celebración tenía límites.
A partir de ese punto aparecía otro filtro. Para continuar hacia el estadio era indispensable mostrar boleto o acreditación de prensa. Quienes no contaban con alguno de esos documentos sólo podían pasar si demostraban ser residentes mediante una identificación oficial con dirección de la zona o un código QR.
Más adelante, el ambiente futbolero continuaba entre personas caminando y vendedores ambulantes. Sin embargo, la ciudad seguía marcada por los cierres. Avenida Acoxpa, Calzada de Tlalpan, Zaragoza y otras vialidades permanecían restringidas.
Turistas entre la fiesta y la incertidumbre

Frente al estadio, en el mercado de Huipulco, todos los puestos de comida estaban abiertos. Extranjeros y mexicanos compartían mesa mientras el aroma de los antojitos competía con el ruido mundialista.
Un turista español, que había llegado tres días antes, relató que había encontrado un ambiente festivo, aunque también percibía preocupación.
Desde su llegada escuchó sobre las movilizaciones y manifestaciones previstas para el Mundial.
“Al llegar me enteré de las manifestaciones. Sólo espero que el día de hoy no aumente la tensión durante el partido”, comentó.
Un visitante estadounidense contó algo parecido. Disfrutaba de su estancia en México y del ambiente que rodeaba al estadio, pero confesó que desconocía los problemas que atravesaba el país hasta que observó el enorme despliegue de seguridad.
A cada paso debía mostrar su boleto.
“Tenía que enseñarlo en todos lados para demostrar que venía a ver futbol y no otra cosa”, señaló.
La salud no puede esperar
A unos metros de la euforia se encontraba la Unidad de Medicina Familiar número 7 del IMSS. Porque aunque el Mundial seguía, la gente también seguía enfermándose.
Una pareja de adultos mayores de entre 60 y 70 años avanzaba lentamente desde la estación Huipulco hasta el hospital.
Ambos lamentaban que el cierre de vialidades los obligara a caminar un trayecto que ya les resultaba difícil.
“No nos parece justo. Por lo menos a la gente enferma tendrían que darle algún tipo de servicio de movilidad para llegar al hospital y no hacernos caminar”, comentó la pareja.
Tenían cita médica y sentían que sus necesidades habían quedado por debajo de la prioridad del evento.
Otros pacientes narraban historias similares. Sus consultas habían sido aplazadas anteriormente. Aunque les ofrecieron reprogramarlas para otro día que no fuera el 11 de junio, decidieron acudir porque ya habían esperado demasiado.
“No venimos a divertirnos, venimos por nuestra salud”, explicaban.
Incluso en el primer filtro les pidieron boletos para ingresar a una zona donde ellos sólo buscaban llegar al médico.
Trabajar mientras todos miran al estadio
Mientras tanto, quienes dependen del trabajo diario hacían lo posible por aprovechar la concentración de personas.
En los puentes y banquetas aparecieron vendedores de gorras, bufandas, estampas, impermeables, dulces y banderas.
Un comerciante de hot dogs contó que normalmente instalaba su puesto cerca del estadio. Esta vez ya no pudo hacerlo. Entonces rescató un carrito que tenía guardado, lo arregló y salió nuevamente a vender.
No quiso revelar cuánto ganó; sólo dijo que encontró otra manera de llevar dinero a casa.
Y asi sigui el día, porque mientras dentro del estadio la pelota concentraba la atención del planeta, afuera persistían otras urgencias. Las de quienes no podían detener su vida para celebrar.