Metrópoli

El Ángel ya no fue ese espacio de euforia y locura. La desazón se multiplicó de casa en casa, de rincón en rincón

Un torrente de lágrimas sobre la ciudad: “perdimos… como siempre”

El Ángel y la derrota — La frase optimista se diluyó. ¿Y si no?... Sólo fue un sueño, una quimera. Aquel lema de esperanza de las últimas semanas pasó al eterno desencanto futbolístico: “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”.

Ni contra 10 pudimos…

Hubo un torrente de lágrimas sobre la ciudad, y también en los hogares, en las reuniones familiares, en los bares y en las plazas públicas. Llovió fuera y dentro, sobre las mejillas, sobre el estadio, sobre el asfalto, aquí, allá. Llovió sobre México. Y caímos.

El Ángel ya no fue ese espacio de euforia y locura. La desazón se multiplicó de casa en casa, de rincón en rincón.

En la imaginación, sólo en la imaginación, cada calle debía convertirse en plaza pública para celebrar lo ansiado tantas veces: ver a la selección nacional entre las ocho mejores del mundo. Simple espejismo: otra vez entre los 16. Sin avance ni fortuna.

El orgullo nacional había llegado a niveles máximos tras los tres triunfos de la primera ronda y la exhibición frente a Ecuador. El nacionalismo también se desmoronó.

No había sido un domingo cualquiera. Era el domingo del México-Inglaterra de la ronda de octavos: los anhelos de un país acumulados por décadas, a la espera de estallar, como volcán en erupción. Pero, tras 90 minutos de nerviosismo y plegarias, resultó una débil fumarola. 

Pese a la lluvia del amanecer, desde los primeros minutos del día todo giró en torno al partido: playera, bandera, corneta, el ritual de peregrinación rumbo al estadio Ciudad de México -bautizado a la fuerza-, el Zócalo o el Ángel, o el plan de la carne asada y las botanas para compartir con familia o amigos, antes del religioso acto de sentarse dos horas frente al televisor.

Esa había sido la magia del Mundial: la efervescencia dejó de ser asunto exclusivo de futboleros y contagió hasta los corazones más fríos y distantes. Era el poder de un balón, capaz de levantar a las abuelas de sus sillas de ruedas para unirse al grito patriótico; capaz de revolucionar el corazón de un pueblo, de llevarlo de las penurias al jolgorio, del miedo al bullicio, de las carencias al carnaval. El futbol como antídoto de la desolación.

Al final, las abuelas volvieron a sus sillas rodantes y el país volvió a su lacerante espejo de sombras y violencia.

Era el día para guardar el ginebra y sacar el mezcal… No sirvió.

La nación había quedado atrapada en un mismo sentimiento: “¡México, México, México!”. Aquel grito se desmoronó y quedó reducido a una voz tenue, extraviada, otra vez sin rumbo.

Alrededor del estadio, la multitud en llamas, con sus metáforas e inventiva: ¡Inglaterra va a probar el chile nacional! Sobre las arterias principales, se arremolinaron lo mismo mariachis y norteños, lo mismo danzantes prehispánicos y exponentes del folclor. México y sus guitarras. México y sus sombreros. México y sus colores, su lluvia incesante y su fe. Entre mil baratija y murmullos se fabricaban las ilusiones. 

Pero llegó la noche y el mariachi calló…

En la plaza central, el lleno se reportó desde horas antes del encuentro. Se rezaba entre gotas, se entonaban cánticos bajo la piel ligera de un impermeable de ocasión.

No era la pantalla el motor principal. Ni el sonido. Ni la marea humana.

-¿Cuál es la magia de vivir el partido en el fan fest montado en el corazón de la ciudad? -se preguntó a un furibundo aficionado, la espuma lista para pintar el alma de blanco. 

-Lo más emocionante es ver la bandera mexicana ondear en lo alto, a cada jugada, a cada parada del portero, a cada gol.

Después del 3-2 en contra la bandera siguió ondeante, pero sólo reflejó miradas tristes. 

La Derrota CIUDAD DE MÉXICO, 05JULIO2026.- Con un marcador final 3-0 de México contra Inglaterra, la Selección Mexicana fuera de la Copa del Mundo 2026 en octavos de final. En la imagen, aficionados rezaron durante el partido durante el partido en el FIFA Fan Fest en el Zócalo capitalino. FOTO: GRACIELA LÓPEZ/CUARTOSCURO.COM (Graciela López Herrera)

El Ángel, pintado de verde desde media mañana. De verde las tíos, los niños y los ancianos. De verde los sueños y las mascotas. “No rompas más, mi pobre corazón”…

-¡Una vuelta al Ángel! -organizaban los más desenfrenados.

La icónica victoria alada de 36 metros de altura vio correr en derredor a cientos, miles de locos empapados, zarandeando su banderín tricolor.

Era el antes de la derrota…

México se despidió del Mundial. Y la Ciudad de México como anfitriona del certamen. “¿Y si no?”...

Vendrán otros cuatro años de expectativa soportada entre ruinas. 

La catarsis de un pueblo terminó. Revivió el país de las balas y las ausencias, el país del dolor y de la incertidumbre.

“Jugamos como nunca y perdimos como siempre”… 

No más rituales rumbo al partido. El estadio volverá a ser el Azteca de glorias de papel. Y el Ángel quedará en soledad. 

No más Moritas ni Quiñones. No más Talas ni Raúles. Sólo sigue, la sombría realidad…

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