
En la colonia Tránsito, en la alcaldía Cuauhtémoc, vivir junto a muros agrietados, estructuras vencidas y edificios que quedaron dañados tras el sismo de 2017 dejó de ser una emergencia para convertirse en rutina. En Fray Servando Teresa de Mier 273, un conjunto habitacional de seis edificios y 96 departamentos donde habitan más de 300 personas, vecinos aseguran que el peligro no está solo en el inmueble contiguo afectado por el terremoto, sino también en otros inmuebles del perímetro que muestran deterioro visible y que, dicen, representan un riesgo permanente para quienes duermen, trabajan y transitan por la zona.
Han pasado casi nueve años desde el 19 de septiembre de 2017 y, para los habitantes de esta zona del Centro de la ciudad, la promesa de atención se ha ido diluyendo entre gestiones inconclusas, revisiones que no se traducen en obras y respuestas que no alcanzan para resolver una situación que, por su naturaleza, exige más que diagnósticos. En Fray Servando 273, la vida cotidiana se ha organizado alrededor de la sospecha de que cualquier lluvia fuerte, cualquier vibración o cualquier desprendimiento puede convertirse en accidente.


Una vecina que pidió no ser identificada por temor a represalias y por cansancio de hablar sin que nada cambie, resume el hartazgo de todo un edificio y explica por qué los habitantes consideran que la autoridad local los ha dejado solos ante un riesgo evidente.
“Somos vecinos y vecinas del edificio Fray Servando 273 y llevamos casi 10 años viviendo junto a un edificio dañado desde el terremoto de 2017. Lo vemos todos los días, lo padecemos todos los días. No es un problema de hace unas semanas ni de unos meses. Es un riesgo constante. Aquí viven familias enteras, personas mayores, niños, gente que sale a trabajar y regresa con la incertidumbre de si el edificio sigue igual, si se va a caer una parte, si va a haber desprendimientos o si algo va a pasar y nadie nos va a escuchar”, dice.
La vecina relata que con el paso del tiempo el temor dejó de ser excepcional y se convirtió en una condición de vida. Cuenta que los residentes aprendieron a mirar el inmueble dañado como se mira un animal dormido pero peligroso, sin saber cuándo va a moverse.

“Ya nos acostumbramos a ver fisuras, a ver bardas en mal estado, a ver partes del edificio con daño. Eso no quiere decir que estemos tranquilos, al contrario. Nos acostumbramos porque no nos quedó de otra, pero la preocupación está todos los días. Hay gente que ya no quiere pasar por ciertas zonas, hay familias que cambian recorridos, que cuidan dónde se paran, dónde dejan a los niños, dónde se estacionan. Vivir así no es normal”, agrega.
El edificio contiguo a la unidad habitacional muestra a simple vista el desgaste acumulado por los años y la falta de mantenimiento. La humedad se extiende sobre buena parte de la fachada, formando manchas oscuras que cubren muros completos y dejan al descubierto el deterioro del aplanado.
En distintos puntos, el recubrimiento se ha desprendido, exponiendo el concreto envejecido y evidenciando el paso del tiempo sobre una estructura que, según los vecinos, quedó afectada tras el sismo de 2017 y desde entonces no ha recibido una intervención definitiva.

A nivel de calle, algunas zonas la pintura prácticamente ha desaparecido por la constante filtración de agua. Durante la temporada de lluvias, explican los habitantes, la humedad se intensifica y el edificio adquiere un aspecto aún más deteriorado, con escurrimientos que recorren los muros.
Las ventanas antiguas - las que aún existen -, algunas cerradas con tablas o láminas improvisadas, refuerzan la imagen de un inmueble envejecido que parece detenido en el tiempo.
El aspecto contrasta con la actividad cotidiana de la zona. Los vecinos aseguran que la combinación de humedad permanente, desprendimiento de materiales, grietas visibles y el daño que atribuyen al terremoto de 2017 incrementa la sensación de inseguridad.

La comunidad ha ido acumulando memoria del riesgo. Los vecinos aseguran que el inmueble dañado por el sismo de 2017 permanece como un recordatorio de una herida urbana que nunca terminó de cerrarse.
En torno a él, dicen, también hay otros edificios afectados por el deterioro, lo que agrava la sensación de vulnerabilidad. Para quienes habitan Fray Servando 273, el problema no es una pared puntual, más bien es un entorno completo donde la falta de intervención ha permitido que el daño se extienda y se vuelva paisaje.
La vecina entrevistada narra que los habitantes han insistido ante la autoridad local, que han solicitado revisiones y que han buscado respuestas en distintas oficinas.
“Hemos tocado puertas, hemos hecho reportes, hemos preguntado qué van a hacer y cuándo. A veces nos dicen que van a revisar, otras que van a mandar a personal, otras que están esperando un dictamen, pero el tiempo pasa y seguimos aquí, al lado del mismo edificio dañado y con la misma preocupación. Lo que sentimos es abandono. No pedimos privilegios, pedimos seguridad”, afirma.
Más allá de la imagen de abandono urbano, lo que los residentes plantean es que la alcaldía Cuauhtémoc ha permitido que el riesgo se prolongue sin una solución definitiva.
En una demarcación con altísima densidad de población, con infraestructura envejecida y con huellas todavía visibles del sismo de 2017, la omisión local tiene consecuencias que no se pueden maquillar con discursos de proximidad o con visitas esporádicas.
La propia alcaldía cuenta con atribuciones en materia de protección civil y gestión del riesgo. Tiene la obligación de revisar inmuebles con posibles daños, activar mecanismos de prevención y atender reportes ciudadanos.
En su sitio oficial incluso refiere que la evaluación de inmuebles puede solicitarse por medio del CESAC o de 311 Locatel, y que personal capacitado realiza revisiones oculares en viviendas reportadas como riesgosas.
El problema, en este caso, es que una revisión ocular no ha bastado para convertir la preocupación vecinal en una acción tangible, ni para garantizar certeza a quienes viven pared con pared con un inmueble deteriorado.
La vecina entrevistada insiste en que el mayor daño no es solamente físico.
“El daño emocional también cuenta. Vivimos con miedo, con estrés, con la idea de que el día menos pensado va a pasar algo. No es vida estar pendiente de si se cae un pedazo, de si hay más grietas, de si el edificio de al lado se sigue venciendo. Y lo más duro es sentir que la autoridad te ve, sabe lo que pasa y aun así deja pasar el tiempo”, expresa.
Si bien el inmueble afectado por el sismo de 2017 forma parte de una deuda urbana que involucra a distintas instancias, en esta historia la responsabilidad inmediata de vigilancia, gestión y respuesta recae en Cuauhtémoc.
La alcaldía no puede argumentar desconocimiento ni desentenderse de una situación que vecinos han señalado reiteradamente y que se encuentra a simple vista en un área densamente habitada. La crítica, en ese sentido, apunta a la autoridad territorial que ha tenido la obligación de intervenir con mayor firmeza y no lo ha hecho.
“No queremos esperar a que pase una tragedia para que entonces sí vengan a decir que había reportes, que había avisos, que ya sabían. Nosotros ya avisamos. Ya dijimos que esto es un riesgo. Ya dijimos que vivimos al lado de un edificio dañado y que hay otros inmuebles alrededor en mal estado. Lo que falta es que actúen”, agrega la residente del 273.