Hay canciones que no solamente se escuchan: también pueden llevarnos de regreso a un momento, una persona o una etapa de nuestra vida. Esa relación entre música y memoria es el punto de partida del nuevo mural de Jorge Flores Manjarrez, una obra que reúne referencias del rock, el pop y la cultura popular para construir una especie de álbum familiar colectivo.
Para Manjarrez, la pieza nace de una nostalgia muy particular: la de una generación que pasó del vinilo al cassette, después al CD, al MP3 y finalmente a las plataformas digitales. El cambio tecnológico modificó la manera de escuchar música, pero también transformó el ritual que durante décadas estuvo alrededor de ella.
“Todavía me acuerdo del olor del vinilo”, recuerda el artista al hablar de aquellos primeros discos y de la experiencia de sacarlos de su funda, colocarlos y escuchar una canción de principio a fin. Después llegó el cassette, que para él representó una primera democratización de la música: permitía grabar canciones de la radio, hacer mezclas y hasta crear recopilaciones personalizadas para amigos o parejas.
Con esa memoria como materia prima, Manjarrez construyó un mural que funciona como una playlist visual. En sus escenas aparecen figuras vinculadas con distintas épocas y géneros musicales, entre ellas Joaquín Sabina, Cerati, Alejandra Guzmán, Charly García, Spinetta, Fito Páez y otros referentes de la cultura popular.
La intención no es colocar simplemente retratos de músicos. El artista explica que organizó la obra como si fuera un cassette de nostalgia, en el que cada personaje y cada referencia pueden activar una canción diferente en la memoria del espectador.
Un mural que se escucha con los ojos
Una de las características más particulares del trabajo de Manjarrez es su manera de entender la composición. El artista rechaza la idea de que sus obras sean un collage de personajes aislados.
Su propuesta busca que las figuras interactúen entre sí y que exista una narrativa capaz de conducir la mirada de una escena a otra. Por eso compara sus murales con una película: distintos personajes, encuadres y situaciones que juntos construyen una historia.
La intención es que quien observa pueda inventar sus propias conexiones. Una figura puede recordar una canción; otra, una época; otra más, una experiencia personal. Así, la obra deja de ser únicamente del artista y comienza a completarse con los recuerdos de quienes la miran.

La relación de Manjarrez con el espacio público tampoco es nueva. El artista ha desarrollado distintos murales en instalaciones del Metro, entre ellos trabajos vinculados con Metro Auditorio, Chabacano y San Lázaro, además de proyectos realizados en Nueva York.
Su interés por llevar el arte a lugares de tránsito cotidiano tiene una razón concreta: sacar las obras de los espacios tradicionales y ponerlas frente a personas que quizá no entrarían a una galería.
Para Manjarrez, un mural en el Metro adquiere otra fuerza porque convive con la prisa, el cansancio y la rutina de miles de personas. El arte, en ese contexto, puede convertirse en una pausa inesperada.
El artista incluso recuerda el caso de una mujer que encontró consuelo al encontrarse con uno de sus murales en Metro Chabacano. La experiencia le hizo pensar que una obra pública puede tener un efecto que va mucho más allá de lo estético: puede cambiar el estado de ánimo de alguien en un momento complicado.

Esa posibilidad es una de las razones por las que Manjarrez entiende su trabajo como un regalo para la gente. Si una obra consigue que alguien se detenga, recuerde algo, se conmueva o encuentre inspiración para crear, entonces —considera— el esfuerzo detrás del mural tiene sentido.
Converse y la historia de sus murales
En el nuevo mural también aparece de manera recurrente Converse, una marca con la que Manjarrez comenzó a trabajar desde su primer proyecto en Metro Auditorio.
El artista cuenta que, cuando presentó aquella primera propuesta, buscó el respaldo de distintas empresas. Converse fue una de las primeras en responder y apoyar el proyecto. Desde entonces, esa colaboración se ha mantenido en diferentes murales realizados en espacios del Metro.

Para Manjarrez, este tipo de alianzas son importantes porque permiten que proyectos de arte popular y cultura puedan llegar directamente a los espacios públicos.
La trayectoria del artista también ha llevado su trabajo fuera de México. Después de sus primeros murales en el Metro, realizó proyectos para otros espacios, incluido Hard Rock, y posteriormente desarrolló dos murales en Nueva York.
Ahora prepara una nueva inauguración en esa ciudad, con una obra dedicada a la música de los emigrantes, realizada para un espacio cultural público.
Aunque sus proyectos cambian de lugar y temática, hay algo que permanece: cada mural está pensado para relacionarse con el espacio donde será visto. Manjarrez explica que no trabaja con una fórmula idéntica para todas sus piezas, sino que adapta colores, composición y narrativa al entorno.
Esa característica también explica por qué sus murales buscan integrarse a la vida cotidiana y no simplemente decorar una pared.
El objetivo: que cada persona escriba su propia historia
Más que conservar una lista de músicos o reproducir una época específica, el mural de Manjarres busca recuperar algo más difícil de representar: la memoria emocional que existe detrás de la música.
El artista quiere que dentro de algunos años alguien pueda volver a mirar la obra y recordar una canción, una noche, una persona o un momento importante de su vida. Para él, el mural es memoria e identidad.
Esa es quizá la apuesta más interesante de su propuesta: convertir una pared en un espacio donde distintas generaciones puedan encontrarse a través de referencias musicales compartidas.
Porque una canción puede durar tres minutos, pero el recuerdo que deja puede acompañarnos durante décadas. Y Manjarrez busca que esos recuerdos también puedan vivir en una imagen.