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Estados Unidos vuelve a colocarse en el centro del tablero global, no solo como potencia diplomática, sino como un actor que presiona, interviene o condiciona escenarios clave cuando sus intereses estratégicos están en juego

Peleando en tres continentes

Estados Unidos ha vuelto a ubicarse en el centro de la política internacional. En los últimos meses, distintos acontecimientos han reavivado el debate sobre su papel como actor intervencionista en diversas regiones del mundo. Este texto analiza tres escenarios —Venezuela, México e Irán— en los que Washington ha intervenido, presionado o evalúa hacerlo, cada uno bajo lógicas distintas, pero con intereses estratégicos comunes.

Solidarity march for Iran on Dam Square (Dingena Mol/EFE)

Venezuela

El inicio de 2026 estuvo marcado por la sorpresiva captura de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. Meses antes, el gobierno de Estados Unidos había declarado a Maduro como líder del llamado Cártel de los Soles y designado a esta organización como narcoterrorista. En la madrugada del 3 de enero, agentes de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) ingresaron a Caracas y, mediante un operativo especializado con apoyo aéreo, extrajeron al mandatario venezolano.

Horas más tarde, el presidente estadounidense ofreció una conferencia de prensa en la que dejó entrever que el principal interés de su país no era un cambio de régimen, sino el acceso al petróleo venezolano. En ese contexto, Delcy Rodríguez, vicepresidenta del país y también señalada por presuntos vínculos con el Cártel de los Soles, asumió la presidencia de manera interina con el aval de Washington.

Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, aunque su producción se encuentra estancada desde hace años. Reactivar este sector resulta estratégico para Estados Unidos, ya que permitiría reducir su dependencia del crudo canadiense y equilibrar el poder de los países árabes miembros de la OPEP, organización de la que México forma parte.

El petróleo ha sido históricamente el motor de la economía venezolana. A principios de los años 2000, la producción superaba los tres millones de barriles diarios. Cuando Nicolás Maduro llegó al poder en 2013, esta cifra ya se había reducido a 2.6 millones. El aumento sostenido de los precios del crudo durante la primera década del siglo permitió financiar los programas sociales de la Revolución Bolivariana. Sin embargo, el debilitamiento institucional de PDVSA, provocado por la sustitución de cuadros técnicos por personal sin experiencia y la falta de inversión, agravó la crisis tras la caída de los precios entre 2014 y 2016. Para 2020, la producción había descendido a aproximadamente medio millón de barriles diarios.

Reactivar el sector petrolero venezolano requiere inversiones multimillonarias y enfrenta desafíos técnicos adicionales, debido a que se trata de crudo pesado. En este contexto, las empresas estadounidenses podrían desempeñar un papel clave, tanto en la provisión de crudos más ligeros que faciliten la extracción como en la garantía del flujo de exportaciones hacia Estados Unidos. Al mismo tiempo, esta estrategia permitiría a Washington mantener su influencia en la región y contener la presencia de otras potencias, como Rusia y China, socios comerciales relevantes de Caracas. No obstante, un eventual levantamiento del bloqueo económico también podría generar efectos positivos en la economía venezolana, que en los últimos años ha mostrado cierta recuperación social pese a las restricciones financieras derivadas de la caída de los ingresos petroleros.

Venezuela

México

Tras la captura de Maduro, el presidente de Estados Unidos dirigió también su atención a Colombia y México, países vinculados a la producción y el tráfico de drogas. En particular, afirmó que México “está gobernado por los cárteles” y amenazó con posibles incursiones terrestres. A la luz del antecedente venezolano, la posibilidad de una maniobra similar, aunque extrema, no puede considerarse inexistente.

Desde inicios del año pasado, Washington ha incrementado la presión sobre el gobierno mexicano para reforzar el combate al tráfico de drogas, especialmente al fentanilo. Aún es pronto para evaluar plenamente los resultados, pero algunos indicadores resultan relevantes. En Estados Unidos, las muertes por sobredosis de fentanilo muestran una caída sostenida desde el segundo semestre de 2023. En México, los homicidios dolosos registraron una reducción histórica durante el último año, con una caída cercana al 40%, al pasar de aproximadamente 33 mil casos en 2024 a cerca de 20 mil 500.

Esta disminución puede explicarse por varios factores. Por un lado, la política de seguridad del gobierno de Claudia Sheinbaum, encabezada por el secretario Omar García Harfuch, ha fortalecido la Guardia Nacional, la inteligencia y la coordinación intergubernamental. Por otro, la reconfiguración interna de los cárteles y la captura de figuras clave, como Ismael “El Mayo” Zambada, han alterado dinámicas de violencia, en algunos casos concentrándola territorialmente. Finalmente, la presión estadounidense también podría estar influyendo en las decisiones de seguridad. No obstante, será necesario observar otros indicadores, como desapariciones, feminicidios, e incautaciones de drogas para evaluar de manera integral la eficacia de la estrategia.

Irán

Desde el 28 de diciembre de 2025, Irán enfrenta una nueva ola de protestas sociales, detonadas por una profunda crisis económica y persistentes violaciones a los derechos humanos. La inflación supera el 40% y el rial iraní ha sufrido una devaluación acelerada: pasó de alrededor de 10 mil riales por dólar en 2010 a más de 1.4 millones en 2025.

A ello se suman las demandas contra la segregación de género y los abusos de poder. El caso de Mahsa Amini, detenida y asesinada en 2022 por la llamada “policía de la moral”, se mantiene como símbolo de la represión estatal. Las imágenes de mujeres protestando sin velo y desafiando abiertamente al régimen se han multiplicado, al igual que símbolos del pasado preislámico, como la bandera del león y el sol, utilizada antes de la Revolución de 1979.

En varias manifestaciones han aparecido pancartas solicitando apoyo de Israel y Estados Unidos para derrocar al régimen actual, evocando el precedente venezolano. Al cierre de esta columna, las protestas continuaban y el gobierno estadounidense había declarado que evaluaba sus opciones frente a la situación.

Conclusión

Los casos de Venezuela, México e Irán muestran tres formas distintas de intervención —real, potencial y en evaluación— por parte de Estados Unidos. En Venezuela, la acción se justificó bajo el discurso del combate al narcotráfico, aunque el interés energético resulta evidente. En México, la presión se mantiene en el terreno retórico y diplomático, con implicaciones directas en la política de seguridad. En Irán, la pregunta sigue abierta: ¿es legítimo o conveniente abogar por una intervención externa en nombre de los derechos humanos? La respuesta, como en otros episodios de la política internacional, parece depender menos de los principios y más de los intereses estratégicos en juego.

Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina el Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana, CDMX
Comentarios: pablo.cotler@ibero.mx
El autor es profesor-investigador del Departamento de Economía

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