
Ni los más pesimistas habrían podido imaginar hace un año el terremoto político y social que supondría el regreso a la Casa Blanca de Donald Trump.
Se temía, como así ha ocurrido, persecución de inmigrantes y que cumpliera su sed de venganza contra sus adversarios; pero pocos imaginaban que fuera a comenzar a demoler los pilares en los que se sustenta la democracia de la (todavía) primera potencia planetaria, al extremo de que se han colado en el debate político y en las redes dos de los fantasmas más peligrosos: uno conocido, la guerra civil, y otro del que se creía que el país estaba vacunado gracias a la fuerza de su democracia: el fascismo.
La primera señal de alarma la dio el mismo 20 de enero de 2025, cuando lo primero que hizo Trump tras jurar su segundo mandato fue indultar a los condenados por el asalto al Capitolio, ocurrido el 6 de enero de 2021, para subvertir el orden constitucional e impedir que los congresistas avalasen la victoria de Joe Biden. A partir de entonces, el primer presidente de la historia de EU en ser condenado penalmente (por pagar el silencio de la actriz porno Stormy Daniels) ha usado su poder para convertir a Estados Unidos en un Estado autoritario y policiaco, donde quienes critican sus actos no son opositores, sino enemigos.
Que cada vez se escuchen más voces y se lean más carteles en las manifestaciones en la que llaman fascista al magnate republicano no es un simple insulto de despecho, es una acusación muy grave, pero basada en datos concretos. Pero, ¿por qué Trump está más cerca de convertirse en un líder fascista que de otro autoritario o de un líder democrático?
Estos son ocho puntos que definen a un líder fascista y lo acercan peligrosamente al fundador del fascismo, Benito Mussolini, e incluso al fundador del nazismo, Adolf Hitler.
1.- Culto al líder
Trump profesa un culto a sí mismo exacerbado que traspasa lo absurdo, como generar imágenes suyas disfrazado de Papa, de Superman o en forma de estatua gigante dorada a la entrada de una franja de Gaza convertida en su particular negocio inmobiliario. Su obsesión por ver su nombre en todos lados lo llevó a acuñar monedas condecorativas con su perfil y presiona para que su rostro aparezca en un nuevo billete de 250 dólares, con motivo del 250 aniversario de la independencia (el próximo 4 de julio), pese a que la regla dice que sólo aparecen presidentes fallecidos.
Su narcisismo exacerbado y su carácter vengativo lo llevaron a profanar la memoria del presidente más carismático de la era moderna, el asesinado John F. Kennedy, poniendo su nombre al emblemático Kennedy Center de Washington, que ahora se llama Trump-Kennedy Center.
En paralelo, Trump ha convertido en un negocio el culto a su personalidad y a sus millones de seguidores en una especie de secta en torno a su movimiento MAGA. Tras sobrevivir al atentado en campaña declaró: “Estoy bendecido por Dios” y “Sólo yo puedo salvar a Estados Unidos”.
El mesianismo trumpista no admite críticas al líder, por eso cuando alguien se atreve queda absolutamente marginado e incluso defenestrado, como le sucedió a la congresista Marjorie Taylor Greene, ferviente seguidora de Trump hasta que pidió que se publiquen los archivos del pederasta Jeffrey Epstein.
2.- Ultranacionalismo exacerbado
Sus lemas “Make America Great Again” y “America First” enfatizan una nostalgia por un tiempo pasado idealizado y desprenden un tufo supremacista, con tintes xenófobos y racistas: “¿Por qué llegan inmigrantes de países de mierda —se preguntó en voz alta en una entrevista— por qué no vienen de Noruega?”.
Lo que parecía un chiste de mal gusto cuando decidió unilateralmente cambiar el nombre Golfo de México por el de Golfo de América pronto se transformó en preocupación cuando anunció el chantaje arancelario a todo el mundo.
Por otro lado, ha sido un año de pesadilla para los inmigrantes, especialmente los que no se corresponden al fenotipo que le gusta, el centroeuropeo. El sospechosismo racial y el miedo a ser deportado se han impuesto en Estados Unidos.
3.- Militarismo y violencia policial
No ha habido un solo día en este primer año del regreso de Trump que no se hayan colgado en las redes sociales y los noticieros videos de agentes del ICE derribando con brutalidad a trabajadores inmigrantes, pero la imagen de un agente disparando a sangre fría a la cabeza de la joven Renee Good dentro de su coche, en medio de protestas por una redada contra inmigrantes somalíes en Minneapolis, fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de millones de estadounidenses, estupefactos por la agresividad y la impunidad policial, y por la sensación de que ya nadie está a salvo, por un detalle no menor: la víctima no era de raza negra, hispana o árabe, era blanca.
En vez de usar sus poderes presidenciales para tranquilizar a la población y apaciguar los ánimos, Trump y su equipo de “halcones” aseguraron, en contra de lo que muestra el video, que la mujer intentó atropellar al agente y atacaron sin piedad a la víctima, a la que llamaron “lunática de izquierdas” y “terrorista”, al mismo tiempo que arropaban de inmunidad al agresor.
El crimen impune y la actitud desafiante de Trump y su secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, multiplicaron las manifestaciones en todo el país, en las que se vieron los primeros carteles señalando al ICE como la Gestapo, la policía represora de Hitler.
Una vez más, la reacción de Trump fue amenazar con militarizar las grandes ciudades, prácticamente todas controladas por los demócratas. El domingo, el Pentágono ordenó a unos 1,500 soldados que se preparen para un posible despliegue en Minnesota después de que el presidente amenazara con invocar la Ley de Insurrección para frenar los disturbios en el estado donde se encuentra Minneapolis.
El mandatario aseguró que “si se ve obligado” aplicará uno de los poderes de emergencia más poderosos que le permite desplegar al Ejército para reprimir episodios de desorden civil.
4.- Conspiraciones y bulos para señalar al enemigo
Trump y su gobierno son conspiranoicos, al igual que los portales afines que replican sus bulos. Cuando Trump declara que los mexicanos son “violadores”, que los haitianos “se comen las mascotas”, que los blancos sudafricanos “son perseguidos por los negros”, está buscando permanentemente señalar a un enemigo, a sabiendas de las consecuencias trágicas que pueden tener sus palabras.
Una de sus principales teorías conspirativas es de las más llamativas del universo de extrema derecha: la “teoría del gran reemplazo”, que alerta de un plan deliberado para sustituir a la población blanca mediante la inmigración masiva. Tras acusar a los mexicanos de “invadir Texas” a través de la frontera, llevó al supremacista de 21 años Patrick Crusius a abrir fuego en un supermercado de El Paso en 2019 (durante su primer gobierno), a sabiendas de que la mayoría de sus víctimas eran de origen mexicano. Asesinó a 23 personas.
5.- Antiwokismo como sucesor del anticomunismo
En el plano ideológico, Trump ha declarado la “guerra cultural” a todo lo que asocie con valores progresistas, liberales y defensores de minorías, como los colectivos LGTBQ, y que a todos ellos llama despectivamente “wokismo”.
Trump está aplicando castigos económicos a universidades, museos y todo tipo de instituciones que considere que defienden el liberalismo y la diversidad. En su deriva autoritaria, pretende “blanquear” el pasado esclavista y revisar sus capítulos más polémicos, como el segregacionismo.
Si desde los tiempos del auge del fascismo y el nazismo los enemigos eran los comunistas y sus cómplices (los banqueros judíos) ahora son los wokistas y sus cómplices (feministas, ecologistas, activistas...).
6.- Imperialismo
Trump pretende que Estados Unidos siga siendo la potencia hegemónica planetaria mediante la fuerza militar o el chantaje arancelario. Se trata de un patrón clásico de país depredador de recursos naturales de otros países, aprovechando su superioridad militar.
Su amenaza de anexionarse Groenlandia, por las buenas o por las malas, o de retomar el canal de Panamá es inaudita entre un presidente de una democracia.
7.- Persecución de minorías y represión de opositores
El mandatario republicano ha amenazado a jueces y fiscales que lo han investigado, ha intentado censurar a presentadores de televisión que lo han criticado, busca llevar a juicio al presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, o a los gobernadores de California y Minnesota, los demócratas los demócratas Gavin Newsom y Tim Walz; aunque, de momento, los candados democráticos han funcionado y no ha logrado su objetivo, y el expulsado comediante Jimmy Kimmel pudo regresar a su plató, desde donde sigue criticando con dureza a Trump y a su gabinete, invocando su derecho a la libertad de expresión.
8.- Control estatal
Finalmente, Trump ha emitido señales preocupantes de que “no deberían celebrarse elecciones” en noviembre, tras constatar el hundimiento de su popularidad y de los republicanos, que podrían perder las dos cámaras del Congreso.
Aunque los contrapesos que frenan la tentación de Trump de convertirse en un dictador siguen firmes, el simple hecho de que el presidente haya sugerido cancelar las próximas elecciones, obligando a su vocera a salir a los medios para decir que estaba bromeando, es la última señal del proceso acelerado de conversión de Trump en un líder fascista y el peligro que conlleva de que acabe arrastrando a Estados Unidos a una guerra civil.
Según la última encuesta de YouGov, el 28% de los estadounidenses cree que el país volverá a enfrentarse en una guerra civil, la cifra más alta de la era moderna.