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El presidente de EU no concibe las relaciones con otros países si no si es para extraer sus riquezas o que se sometan. Si cae Groenlandia, ya nada será igual

A un año de su regreso a la Casa Blanca, el expansionista Trump aspira a ser el depredador global

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Chantaje arancelario Trump muestra desafiante su pizarra con aranceles a todos los países con los que comercia (EFE)

Estados Unidos se le ha quedado pequeño al presidente Donald Trump, incapaz de pensar otra cosa que no sea “qué puedo extraer del mundo que me haga más rico” o “cómo me gusta sentir el miedo que doy a los demás”. En el primer año de su segundo gobierno, Trump busca imponer un nuevo orden trumpista, una nueva doctrina Monroe (o Donroe, como ya es conocida) en la que el multilateralismo desaparece y se impone lo que el mandatario republicano considera que debe ser el orden natural de las cosas: que la potencia hegemónica no rinda cuentas a nadie.

Nada más jurar su segunda presidencia, el 20 de enero de 2025, el magnate dejó claro que palabras como “ayuda internacional” y “ecologismo” no son en absoluto sus prioridades. Entre sus primeros decretos estuvo la cancelación de USAID, la agencia humanitaria más grande del mundo y de la que dependen millones de personas en países vulnerables, la salida de EU de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, por segunda vez, de los Acuerdos de París para la lucha contra el cambio climático.

Canadá, estado 51 de EU

El 2 y 3 de febrero de 2025, el entonces primer ministro canadiense, Justin Trudeau, ya sintió los primeros zarpazos de Trump, cuando anunció primero aranceles del 25% al automóvil y al acero, en represalia por no detener la entrada de inmigrantes y el fentanilo, y luego pidió públicamente que Canadá se convierta en el estado 51 de Estados Unidos.

La inesperada ofensiva contra su vecino del norte del T-MEC acabó derribando a un humillado Trudeau (fue a Mar-a-Lago a rendirle pleitesía, empeorando su imagen); sin embargo, acabó provocando el efecto contrario: una explosión de nacionalismo canadiense nunca vista.

La venganza ante la amenaza imperialista llegó por la vía más natural y democrática: mediante el castigo en las urnas al entonces favorito a formar gobierno en Ottawa: el conservador Pierre Poilievre fue derrotado en las elecciones de abril por el liberal Mark Carney, tras cometer el error de empezar la campaña alabando al republicano. Además, consiguió que miles de canadienses boicotearan productos estadounidenses, cancelaran vacaciones en Florida, y provocaran un acercamiento entre China y Canadá.

Trump volvió a retomar pasajeramente la idea de la anexión en mayo, pero la postura firme de Canadá logró extinguir la amenaza de la anexión, al menos momentáneamente, porque donde hay cenizas hubo fuego y la llama imperialista de Trump podría volver a encenderse, especialmente tras el viaje de Carney a Pekín, donde firmó varios acuerdos, entre ellos uno particularmente doloroso para los intereses comerciales del republicano: la entrada de hasta 49,000 vehículos eléctricos chinos al año con un arancel de nación más favorecida del 6.1%, en lugar del gravamen anterior del 100%.

Todo esto, además, en un año en el que EU debe renegociar el acuerdo del T-MEC con México y Canadá, acuerdo sobre el que Trump ya ha advertido que estaría dispuesto a cancelarlo si los otros dos socios no se pliegan a sus intereses.

Febrero de humillaciones

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Desprecio Trump atacó a Zelenski en la Casa Blanca, por no someterse a las condiciones de su admirado Putin para acabar la guerra en Ucrania (EFE)

El 26 de febrero, Trump mostró al mundo por qué genera tanto asco en medio mundo, cuando publicó un video elaborado con inteligencia artificial sobre cómo debería ser la franja de Gaza, sometida a la destrucción total y a un proceso en marcha de genocidio deliberado contra la población palestina, una vez que Israel dejara de bombardear indiscriminadamente y levantara el bloqueo. El enclave aparecía como una especie de Disneylandia de Oriente Medio en el que el presidente de EU tomaba cócteles junto al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, al lado de la alberca de un hotel.

Dos días después, se la pasó gritándole en la Casa Blanca al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, por no plegarse a su plan para acabar con la guerra en Ucrania, que consistía básicamente en ceder a las exigencias del presidente ruso, Vladímir Putin, como la anexión de un tercio de Ucrania a Rusia o la prohibición de que el país entre en la OTAN.

En vez de mostrar apoyo y solidaridad al líder del país invadido, dejó en evidencia su debilidad por los hombres fuertes y con mucho poder, como Putin; evidencia que se quedó patente a ojos de todo el mundo, cuando extendió una alfombra roja al criminal de guerra ruso durante la cumbre bilateral de Alaska del 15 de agosto, que empezó con el republicano aplaudiéndole a su llegada y luego despidiéndose sin lograr sacarle ninguna concesión.

Es más, convencido de que su modo autoritario de gobernar Rusia (y su patio trasero europeo y centroasiático) es lo que realmente necesita hacer en Estados Unidos y en su patio trasero latinoamericano… y lo empezó reclamando en marzo la devolución del canal de Panamá.

El “Día de la Liberación”

Fiel a su estilo hiperbólico y a su narcisismo hipertrofiado, Trump bautizó el 2 de abril de 2025 como el “Día de la Liberación”, en la que impuso aranceles al resto del mundo, con una tasa universal del 10%, además de adicionales a rivales económicos poderosos como China (67%) o a países pobres, como Camboya (97%), cuya economía depende casi exclusivamente de las baratijas que vende a Estados Unidos y que no suponen un peligro para su industria o su seguridad nacional.

“Aranceles es mi palabra favorita del diccionario”, ha declarado en varias ocasiones Trump, confirmando como una de sus dos armas favoritas para sacar el máximo provecho de los países con los que comercia Estados Unidos, la otra arma es el poderío militar, como comprobó Venezuela nada más comenzar el 2026.

Lo importante es el petróleo, no la libertad de los venezolanos

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Operación militar Nicolás Maduro, con los ojos vendados y esposado es trasladado a Nueva York tras la operación militar de EU

El pasado 3 de enero, con la captura de Nicolás Maduro y su decisión de que la número 2 del chavismo, Delcy Rodríguez, lo sustituyera como presidenta de Venezuela, tiró por la borda el sueño de millones de venezolanos, dentro y fuera del país, de que la caída del dictador caribeño iba a ser el primer paso para permitir elecciones libres de forma inmediata. Quedó claro que su objetivo no era liberar al pueblo, sino la riqueza petrolera del país, que con gusto la va a compartir la nueva mandataria y su dócil Fuerza Armada Bolivariana, deseosa de no perder sus privilegios.

La frustración dio paso la semana pasada a la estupefacción, cuando la líder antichavista y premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, se humilló al acudir a la Casa Blanca, para entregarle el galardón a Trump, en lo que parece una maniobra desesperada para ganarse su favor.

En vez de eso, tuvo que escuchar elogios a Delcy Rodríguez y salió con una bolsa con regalitos. Aunque sabe que el premio es intransferible, Trump se vengó así de que la elegida fuera Machado y no él.

Ataque a Irán y paz falsa en Gaza

El 22 de junio, Trump rompió un tabú con el primer bombardeo contra el régimen iraní de los ayatolás, en concreto sobre sus instalaciones nucleares, siempre en ayuda de su aliado israelí, Benjamín Netanyahu, y a cambio de que escuchara el clamor mundial contra el genocidio en Gaza y aceptara su “plan de paz”, el cual, pese a su fragilidad, lo convirtió en un espectáculo en Egipto a su mayor gloria.

Por eso, como explicó este mismo lunes, cuando Noruega lo humilló negándole el “merecido” Nobel de la Paz, tomó la decisión de que quedarse con Groenlandia ya no era una petición o una advertencia, era una amenaza que está dispuesto a cumplir este 2026, por las buenas o por las malas.

Y lo hará pese a que el pueblo groenlandés ha dicho alto y claro que no quiere ser colonia de Estados Unidos, y pese a que rompería las relaciones históricas con sus aliados en Europa, para alegría de Putin.

Esto es lo que le espera al mundo este 2026. Con Trump desatado y, como declaró sin que le temblara la voz a “The New York Times”: el único límite de su poder al frente de un imperio amenazado por China no es ni siquiera el decoro institucional o las maneras que solían regir la política tradicional, sino su propia “moralidad”, la de un narcisista radical con sed de venganza y de alabanzas, que se sienta en el despacho más poderoso del mundo.

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