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El republicano no se posiciona a favor de ningún candidato de cara a las elecciones presidenciales, pero su injerencia es descarada, denuncian los demócratas

Trump vigila “muy de cerca” las elecciones en Brasil, el premio mayor para controlar Sudamérica

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Elecciones en Brasil Carteles de campaña en Brasilia de los candidatos Lula da Silva y de Flávio Bolsonaro, junto a su padre, el encarcelado por golpista Jair Bolsonaro (Andre Borges/EFE)

Sudamérica es, de lejos, el objetivo internacional que mejor le está saliendo al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para que el mundo gire en torno a él y su equipo de halcones. Con sus vecinos Canadá y México, que se le resisten, y Europa tratando de resistir como puede la marea de ultraderecha, el control de Sudamérica, incluida la bolivariana Venezuela, le está resultando de una facilidad asombrosa, pero falta el premio mayor: Brasil.

Este domingo se celebran elecciones en la cuarta mayor democracia del mundo (158 millones de brasileños con derecho a voto) con el país más polarizado que nunca entre los dos únicos candidatos con posibilidades de pasar a la segunda vuelta, que se celebrará dentro de tres semanas, en caso de que ninguno logre el 50 %, algo descartado de antemano por las encuestas.

La batalla, como cuatro años atrás, enfrentará al líder de la izquierda, Lula da Silva, y al líder de la ultraderecha cristiana, sólo que en esta ocasión no se presenta el ahora expresidente Jair Bolsonaro, encarcelado por una intentona golpista tras ser derrotado por Lula, sino su hijo, Flávio Bolsonaro.

Las encuestas anuncian una ventaja del presidente Lula sobre Bolsonaro de unos seis puntos, considerados insuficientes para ganarle en primera vuelta. De hecho, esta ventaja podría ser incluso insuficiente para que el veterano exlíder sindicalista logre su cuarto mandato, ya que su rival Bolsonaro cuenta a priori con el apoyo de la mayoría de rivales menores, desde conservadores moderados hasta predicadores evangelistas que con una mano levantan la Biblia y con la otra la bandera de Israel, la “tierra prometida”.

Por otro lado, la simple certeza de que pueda volver al poder el clan Bolsonaro —en este caso de la mano del hijo mayor del expresidente, un nostálgico de la dictadura militar— podría generar un efecto llamada entre el electorado independiente y moderado, sobre todo por la intención del candidato ultraderechista de poner a la primera economía de Latinoamérica al servicio de los intereses de Washington, que es justamente lo que ambiciona Trump.

Injerencia estadounidense

Este jueves, Trump declaró que está siguiendo “muy de cerca” las “importantes” elecciones presidenciales de Brasil, cuya primera vuelta se celebra este fin de semana, en medio de las tensiones entre Washington y el Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.

“Las estoy siguiendo muy de cerca. Es un país muy importante. La gente de Brasil es fantástica. Son unas elecciones muy importantes”, respondió a la prensa desde la Casa Blanca antes de partir en helicóptero hacia Texas y Oklahoma.

Sin embargo, nadie se lleva a engaño: el gallo de Trump es Bolsonaro, como ha demostrado en numerosas ocasiones, no sólo por tratar al expresidente y a sus hijos casi como si fueran su propia familia, sino por la descarada injerencia en estos dos años de su segundo mandato contra el gobierno de Lula, al que aplicó su polémico chantaje arancelario unilateralmente, alegando supuestas prácticas comerciales desleales, y contra la independencia de los jueces brasileños, algunos de los cuales fueron sancionados por el Departamento de Estado de EU, luego de que impusieran multas a Elon Musk y su plataforma X por difundir bulos en apoyo a los golpistas brasileños.

Las relaciones entre Trump y Lula han sido tensas a lo largo de estos dos años, pese a que posan sonrientes las pocas veces que se han reunido, sin grandes resultados.

Alerta demócrata

Una treintena de congresistas del ala más progresista del Partido Demócrata divulgaron el jueves de la semana pasada una carta en la que reclaman al presidente Trump que su Administración no interfiera en las elecciones de Brasil, ante las evidencias de injerencia, como ha hecho en el resto de elecciones en la región, apoyado muchas veces por X y la difusión de noticias falsas.

“En lugar de ayudar a defender la democracia brasileña, Estados Unidos está actuando como agente de injerencia y desestabilización, utilizando presión diplomática, económica y política de maneras que ponen en riesgo las instituciones democráticas” brasileñas, dice la misiva dirigida a Marco Rubio, jefe de la diplomacia estadounidense, que suscriben, entre otros, Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Ro Khanna, Pramila Jayapal y Joaquín Castro, el principal demócrata en el subcomité parlamentario que se encarga del Hemisferio Occidental.

También reclaman a la Administración Trump que se comprometa a respetar el resultado del proceso electoral en la segunda democracia más poblada de América.

Desde que regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, Trump no sólo ha respaldado abiertamente a candidatos conservadores en Latinoamérica durante procesos electorales, sino que influyó en el resultado mediante amenazas de retirar la ayuda estadounidense si no ganaba su candidato favorito. Fue el caso de las victorias de los ultraderechistas Nasry Asfura, en Honduras, y Abelardo de la Espriella, en Colombia.

México, la pieza más codiciada

Si finalmente se impone Bolsonaro —quien este jueves renunció al debate televisado de candidatos, luego de hacerlo previamente Lula—, Trump habría completado el rompecabezas ultra en Sudamérica, con la excepción de Uruguay y su gobierno centroizquierdista como una gota en el océano ultra.

Sin embargo, la pieza más codiciada en América Latina se le seguiría resistiendo: México.

Tras las elecciones de Brasil, cuyo destino realmente se definirá en segunda vuelta el domingo 28 de octubre, los ojos de Trump se girarán de nuevo al norte para “resolver” los otros tres países que le quedan para que triunfe su particular Doctrina Monroe: por un lado Cuba y Nicaragua, las dos dictaduras comunistas de la región, y por otro México, donde la popularidad de la presidenta Claudia Sheinbaum —en torno al 70 %, según el más reciente sondeo— es la mejor garantía de que el país no caerá bajo la órbita del magnate populista republicano.

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