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Gabriel Boric: Héroe del año 2021

El presidente electo de Chile ha espantado el fantasma de la ultraderecha en un país que todavía se cura las heridas del pinochetismo y ha frenado el impulso extremista en la región

Gabriel Boric saluda a simpatizantes suyos tras confirmarse su triunfo electoral.

Gabriel Boric saluda a simpatizantes suyos tras confirmarse su triunfo electoral.

EFE / Elvis González

Puede que la elección de Boric como héroe del año sorprenda a muchos y muchas. O puede que no. Es evidente que la relevancia internacional del joven presidente electo chileno se ha disparado en las últimas semanas; especialmente las cuatro que pasaron entre la primera vuelta de las elecciones presidenciales chilenas y la segunda, celebrada el 19 de diciembre.

Pero, en un panorama mundial algo escaso de heroicidades, en medio del regreso de los talibanes, el radicalismo republicano en Estados Unidos, de la guerra en Etiopía, la represión en Birmania y la maldita pandemia, Boric ha prendido la mecha de la esperanza en una América Latina que parecía navegar, zozobrosa, a merced del vaivén de los populismos y extremismos.

No tanto porque sea izquierdista, pues en la región hay nombrosos gobiernos que o son o al menos dicen ser de izquierdas, sino porque Boric representa una forma de hacer, o al menos por ahora de proponer política distinta al eje neoliberal-bolivariano que se ha visto en los últimos años o, incluso, en las últimas dos décadas.

Porque el socialismo de Boric es un socialismo más bien a la europea, en que la izquierda no representa solo un discurso económico con tintes humanistas. Ese discurso en que se desdeñan los progresos sociales que no estén vinculados al discurso tradicional de la lucha de clases; por ejemplo, las reivindicaciones feministas -véase los derechos reproductivos—, del colectivo LGBT o el ecologismo.

Hemos visto numerosos ejemplos de ello en el Socialismo del SXXI, concepto acuñado por Heinz Dieterich Steffan y popularizado por Hugo Chávez en 1999 al proclamarse adherido a la idea. No en vano, el aborto sigue siendo ilegal o estando enormemente restringido en numerosos países de la región donde ha gobernado la izquierda durante años; véase el Ecuador de Rafael Correa, la Nicaragua de Daniel Ortega, Venezuela misma, la Bolivia de Evo Morales y ahora Luis Arce, o el Brasil de Lula da Silva y Dilma Rousseff.

Pero Boric propone una agenda marcadamente social, no solo en la defensa de los más desfavorecidos, como los indígenas mapuches y los y las jóvenes urbanitas que salieron a las calles en 2019 al no ver futuro para ellos y ellas, sino con la propuesta de defender el derecho al aborto, el matrimonio igualitario o el ecologismo.

No podemos olvidar que, en Chile, apenas en 2017 el gobierno de la progresista Michelle Bachelet aprobó una ley que despenalizaba la interrupción del embarazao pero solo los supuestos de violación, inviabilidad de la vida del feto y riesgo para la vida de la madre. Y el 30 de noviembre pasado la Cámara de Diputados chilena rechazó la última propuesta para legalizar el aborto hasta las 14 semanas. Boric quiere cambiar esto.

MURO CONTRA EL EXTREMISMO

Sin embargo, la razón por la que Boric protagoniza el espacio de Héroe del año de Mundo no es tanto su progresismo social y económico sino su rol como freno ante el ascenso meteórico durante los últimos meses de la extrema derecha en Chile.

José Antonio Kast se presentó a las elecciones chilenas como un outsider y rápidamente logró ascender en las encuestas gracias a un discurso que, sin cortapisas, evocó al pinochetismo más militante. Kast, hijo de un soldado nazi que militó en el partido de Adolf Hitler, negó ser pinochetista, pero defendió que la dictadura no reprimió o que a Allende “lo echó el pueblo” y no un golpe de Estado.

El extremista esperaba a su vez formar un dique de contención ante los gobiernos izquierdistas que han avanzado en los últimos años en la región, con Andrés Manuel López Obrador en México, Alberto Fernández en Argentina, Luis Arce en Bolivia y el último: Pedro Castillo en Perú. Estos, sumados a los sospechosos habituales del bolivarianismo represor; a saber: Miguel Díaz-Canel en Cuba, Nicolás Maduro en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua.

Quería sumarse a la derecha extremista y populista que, irónicamente, también se ha mostrado fuerte. Su gran aliado iba a ser, sin duda, y al menos durante 2022, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, con quien comparte el fanatismo religioso, el amor al uniforme de camuflaje y el desprecio por los opositores.

Aunque Bolsonaro se jugará la reelección en menos de un año, el ascenso de otra figura extremista en la región amenazaba con insuflar nuevos ánimos a los ultraderechistas en otros países de la región, como Colombia, por ejemplo, que celebrará unas importantísimas elecciones presidenciales en mayo de 2022 y ya ha mostrado importantes síntomas de haber caído en la polarización social y política, como ya se ha visto no solo en Chile, sino también en Perú con la tensa elección entre Castillo y Keiko Fujimori, o en Bolivia, con el gobierno de Jeanine Áñez tras la caída de Evo y la posterior venganza de Arce, o en México, con el fuerte rechazo que López Obrador genera en sectores de derecha.

También Costa Rica celebra elecciones presidenciales este próximo febrero. Ya en 2018 la derecha mostró signos de haberse radicalizado, y aunque por ahora no parece contender con serias opciones, una victoria de Kast en Chile sin duda hubiera dado un nuevo impulso a quienes hubieran deseado poner al rojo vivo la frontera común que el país tiene con la dictadura sandinista nicaragüense.

Sin duda, quien inició esta ola de ultraderechismo populista en América fue Donald Trump en Estados Unidos. Su victoria en 2016 abrió el camino para Bolsonaro y otros candidatos -Keiko denunció un falso fraude electoral tras perder en julio de 2021—, y aunque la influencia de Latinoamérica sobre la política interna estadunidense es residual, una victoria republicana en las elecciones legislativas de noviembre del año próximo, algo muy viable, podría haber contribuido a estas sinergias ultraderechistas.

Sea como fuere, finalmente, Kast se tuvo que conformar con el 44.13 por ciento de los sufragios, pero sus 3.65 millones de votos demuestran que parte de la sociedad chilena no solo se siente incómoda con la llegada al poder de un antiguo líder estudiantil que respaldó las protestas sociales de 2019 que sacudieron al país, sino que directamente añoran la represión que el pinichetismo hubiera ejercido sobre ellas.

No podemos olvidar que parte del país ha respaldado que el mandatario saliente, el derechista Sebastián Piñera, enviara a militares a reprimir con dureza las nuevas protestas -a veces, violentas, todo hay que decirlo— de los mapuches en la región sureña de la Araucanía. Marchas que, a menudo, se saldan con indígenas muertos a tiros por carabineros y que prenden la mecha de la revuelta. A estos activistas mapuches Kast los considera “terroristas”, y sus seguidores probablemente también lo hacen.

RETOS DE FUTURO

Entre tanto, Boric promete ahora que, con su victoria, se inicia “un cambio de ciclo histórico”; un cambio de ciclo que apuntale las reivindicaciones de las protestas de hace dos años. “El futuro de Chile necesita a todos del lado de la gente y espero que tengamos la madurez de contar con sus ideas y propuestas”, dijo Boric tras su victoria, extendiendo la mano a la parte de la sociedad que le rechaza.

De entrada, el mandatario deberá navegar la creación de la nueva Constitución, que está todavía en una fase temprana tras el referéndum de octubre de 2020 que confirmó el mayoritario deseo -aunque con una participación del 50 por ciento— de la población de enterrar la Carta Magna de 1990, redactada por el régimen de Augusto Pinochet.

No será fácil. La Constitución tendrá un marcado carácter progresista, puesto que los sectores de izquierda resultaron mayoría en las elecciones a la Asamblea Constituyente, que debe entregar el proyecto final en julio de 2022 como máximo. Boric puede caer en el error de dar por hecho que, con un gobierno izquierdista y una Constitución progresista, todas las piezas se alinean a su favor.

La política exterior por ahora es un enigma, pero Boric deberá elegir bando. Lo lógico sería pensar que, siendo izquierdista, se alineará con el eje de amigos del bolivarianismo. Pero si quiere presumir de ese progresismo europeísta que mencionaba al inicio deberá cuidarse mucho y bien de amistades peligrosas. Por el contrario, Boric puede optar por mantener una postura neutra o, directamente, por erigirse en guardián de la democracia y rechazar las tendencias autoritarias tanto de izquierda como de derecha en la región -como Nayib Bukele en El Salvador-. Pero eso será difícil, considerando que en la coalición por la que se presentó cuenta con el Partido Comunista de Chile como uno de sus más ilustres integrantes.

Por ahora, el mandatario electo ha guardado silencio en lo exterior y se ha mostrado prudente en lo interior: ha reconocido que los tiempos que vienen “no son fáciles” y que él y su gobierno darán "pasos cortos, pero firmes" para intentar recomponer una sociedad fracturada por déadas de neoliberalismo que cimentaron uno de los países más desiguales y con los servicios básicos más privatizados de América Latina. En cualquier caso, por difícil que sea, enterrar la Consititución de Pinochet y arrinconar a la extrema derecha es un buen comienzo, y puede hasta considerarse una heroicidad.

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