
México será sede por tercera vez de uno de los dos eventos deportivos más importantes del mundo (el otro son los juegos olímpicos de verano) si bien esta vez lo será junto con los Estados Unidos (principal sede) y Canadá. Mientras la gente espera ansiosa el partido inaugural entre México y Sudáfrica, vale la pena preguntarse si realmente organizar el evento traerá beneficios económicos al país.
En el discurso público, la respuesta suele ser inmediata y positiva. Se argumenta que un evento de esta magnitud genera un efecto multiplicador en la economía a través de diversos canales. Por un lado, la inversión pública en infraestructura —estadios, transporte, renovación urbana— impulsa la actividad económica. Por el otro, la inversión privada en sectores como hotelería, restaurantes y servicios turísticos se incrementa ante la expectativa de una mayor demanda. A ello se suma el gasto directo de los visitantes y la exposición internacional del país anfitrión, que podría traducirse en mayores flujos de inversión, turismo y actividad económica en el futuro. Bajo esta lógica, la organización de un Mundial no solo tendría efectos positivos temporales —empleo, consumo, recaudación—, sino también en el mediano y largo plazo,
Para el Mundial de 2026, se menciona una derrama económica para México de entre 1,800 y 3,000 millones de dólares. Un informe de Deloitte estima la creación de 112 mil empleos temporales y un beneficio de 2,750 millones de dólares, así como 836 mil visitantes de los cuales 280 mil serán extranjeros. Otras estimaciones son más optimistas.
Aun cuando estas cifras sean plausibles, y pronósticos igual de alentadores hayan sido frecuentes en otros mega eventos deportivos, no puede asumirse que la organización de uno de ellos derive automáticamente en beneficios económicos para el país o la ciudad anfitriona. La verdadera pregunta que nos debemos hacer como sociedad es evaluar si los beneficios atribuibles al evento superan los costos de haberlo organizado. Cuando se hace esta pregunta, la respuesta no siempre es, ni ha sido, positiva. El contraste entre la narrativa optimista y la evidencia empírica se explica por tres efectos principales.

El efecto carnaval: Cuando unos llegan y otros huyen
El Mundial, no hay duda, atrae numerosos viajeros; sin embargo, al mismo tiempo, una parte del turismo tradicional puede reducirse. Las aglomeraciones, el aumento de precios y la saturación de servicios desincentivan a visitantes que, en condiciones normales, habrían viajado al destino. En consecuencia, el incremento neto de turistas puede ser considerablemente menor al que los organizadores señalan. La medición correcta no es cuántos visitantes llegaron por el evento deportivo, sino cuántos lo hicieron por encima de la tendencia habitual. Por ejemplo, los Juegos Olímpicos de Londres atrajeron 590 mil turistas extranjeros, pero el número total de visitantes en ese verano fue inferior en 400 mil personas con respecto al verano de 2011. Algo similar ocurrió en Beijing. De igual forma, se tiene que comparar el gasto promedio del turista deportivo contra el del turista tradicional. En México 2026, el reto será que el “turista futbolero” gaste lo suficiente para compensar al turista que este año prefirió no venir a Cancún o a la CDMX por miedo al caos mundialista.
El efecto sustitución: gasto aquí, pero no allá
Un punto crítico es el “efecto sustitución”. Parte del aumento en el consumo observado durante el Mundial no corresponde a gasto extra necesariamente, sino a una reasignación del mismo. Los residentes locales, principales consumidores del evento, pueden incrementar su gasto en bienes y servicios relacionados con el evento —restaurantes, entretenimiento, productos deportivos—, pero muchas veces lo hacen a costa de reducir el de otros bienes. En términos agregados, esto implica que el impacto sobre el consumo total de la economía puede ser limitado. No obstante, el efecto sí se manifiesta de manera diferenciada entre sectores y/o regiones: algunos se benefician de forma significativa, mientras que otros pueden incluso verse perjudicados. Podrían beneficiarse la industria de la cerveza y la de aparatos electrónicos, así como las ciudades de Guadalajara, Monterrey y la CDMX; sin embargo, otros sectores y ciudades podrían verse afectados si sus habitantes trasladan su gasto hacia las ciudades sede.
El costo de oportunidad de la inversión
El concepto de costo de oportunidad de la inversión implica que el valor de una inversión no debe evaluarse únicamente por sus beneficios directos, sino también por aquello a lo que se renunció al destinar los recursos a un uso específico. En cada mega evento se invierten enormes recursos para mejorar accesos a estadios, embellecer zonas turísticas y para construir estadios o instalaciones. La pregunta que debemos hacernos no es si esas obras son útiles (claro que lo son), sino: ¿qué hubiéramos hecho con ese dinero si no hubiéramos organizado el Mundial? ¿Se invirtió en un puente hacia el estadio que solo se usará 20 veces al año en lugar de invertir en mejorar el drenaje profundo para evitar inundaciones o en modernizar los semáforos? Invertir en «necesidades del evento» en lugar de «necesidades apremiantes» puede, irónicamente, perjudicar la economía a largo plazo, especialmente si la obra se financia con deuda. Brasil 2014 nos dejó una lección amarga con estadios como el de Manaos que costó 270 millones de dólares y hoy no tiene un equipo de primer nivel que lo use cada quince días.

Entonces, ¿conviene o no organizar un Mundial de fútbol?
A partir de la discusión anterior, la pregunta no admite una respuesta unívoca. El resultado depende de múltiples factores, entre los que destacan el nivel de inversión pública requerida, la utilidad posterior de la infraestructura, la participación del sector privado, la calidad de la planeación y la existencia —o no— de prácticas de corrupción. Existen casos en los que las condiciones han permitido minimizar los costos y maximizar los beneficios, como en Alemania 2006 o Estados Unidos 1994, donde la infraestructura existente y la participación privada redujeron la carga sobre el sector público. En contraste, otras experiencias muestran los riesgos de una planificación deficiente o de inversiones poco justificadas desde el punto de vista social como el Mundial en Brasil o los Jugos Olímpicos en Grecia.
En el caso de México y el Mundial de 2026, no se construyeron estadios nuevos y, si bien hay una falta de transparencia, al parecer no hubo inversiones multimillonarias por parte del estado, pero al mismo tiempo solo habrá partidos en las primeras fases y sólo tres ciudades serán sedes.
Más allá de los efectos estrictamente económicos, es importante reconocer que estos eventos pueden generar beneficios de carácter social o simbólico. La organización de un Mundial puede fortalecer el sentido de identidad y orgullo nacional, así como proyectar una imagen positiva del país en el exterior.
Un Mundial es una gran fiesta en la que seguramente muchos de nosotros participaremos, pero no olvidemos que la evaluación de un evento de esta naturaleza no debe centrarse en los impactos inmediatos o visibles, sino en una pregunta fundamental: si los recursos utilizados fueron, efectivamente, la mejor alternativa disponible para el desarrollo económico y social del país.
Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina el Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana, CDMX
Comentarios: pablo.cotler@ibero.mx
El autor es profesor-investigador del Departamento de Economía.