
Los estadios de hoy tienen mil maravillas: sistemas de iluminación avanzada, estructura acústica y diseño sonoro a prueba de sorderas. Ahora se dan el lujo de tener integrado el sistema de fuegos de artificio. La masividad es su signo, es su origen desde la antigüedad clásica. Pero los descendientes de aquellos lugares, los que fueron construidos en el siglo XX fueron un alarido de progreso, un sueño de modernidad. Materiales, capacidad, sonorización. Todos esos elementos, a esas alturas de la vida, le parecen asuntos perfectamente normales a los habitantes del siglo XXI, han sido, en otras épocas materia de discusiones, de deslinde de responsabilidades y, desde luego, de maravilla. En México, nuestras historias de estadios forman parte, también, de la historia de nuestras ciudades.
La ciudad y sus ocasiones de contento
Durante muchos años, fueron las plazas, generalmente en torno a las parroquias, las que funcionaban como los espacios de la vida colectiva. En la ciudad de México de los siglos virreinales, además de estos lugares, la Plaza de Armas, luego Plaza de la Constitución (de Cádiz), nuestro Zócalo, era el gran teatro de la vida pública: se ejecutaban criminales, se juzgaban herejes, se vendía a gritos pato enchilado y se vivían las devociones de la Semana Santa. En las grandes calzadas, llamadas también “paseos”, la gente se salía de la apretada trama de la traza original de la ciudad y tomaba aire. Era fama que en el Paseo de Bucareli, en los siglos XVIII y XIX, hubo virreyes que pasaban revista a sus guarniciones militares.
Naturalmente, estaban las plazas de toros como un espacio verdaderamente masivo. Y por lo tanto, se utilizaban para darle al pueblo pequeñas alegrías. Ahí va una muestra. En noviembre de 1785, el virrey Bernardo de Gálvez fue a los toros a la Plaza del Volador, en los terrenos que hoy ocupa la sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La gente quería a Gálvez: lo habían conocido como hijo del anterior virrey, don Matías, y era famoso por ser héroe de guerra y por tener por esposa a una criolla francesa muy guapa, que se había traído de Nueva Orléans. Aquel día de toros, la gente se alborotó mucho al ver a los virreyes, y la pareja hubo de darle la vuelta al ruedo, en un pequeño carruaje, para que los habitantes de la ciudad los vieran a su sabor. Para Gálvez, que tenía arranques como perdonar criminales o pagar los derechos de sepultura de un muerto, que la gente clamara por verlo era una oportunidad de ganar el favor del pueblo.
Las plazas de toros siguieron siendo, en el México independiente, los lugares de los grandes entretenimientos. Las primeras ascensiones en globo aerostático que vieron los mexicanos, aderezadas con banda de música y discursos, tuvieron lugar en plazas de toros como la de San Pablo, en las orillas de La Merced.
Estos espacios públicos sirvieron para muchos otros fines: pasada la turbulenta época de la guerra de Reforma, la intervención francesa y el imperio, era costumbre del ayuntamiento publicar en los periódicos del día el programa musical con que bandas contratadas por las autoridades amenizarían la tarde de los paseantes. En esas mismas plazas, de manera progresiva, se colocaron relojes: a raíz del triunfo liberal en 1860, limitados los repiques de las campanas de los templos. Los mexicanos dejaron de regirse por las horas canónicas y se pasó de una idea religiosa de la administración del tiempo, a una completamente laica.
Desde luego, también estaban los teatros, que iban más allá de la representación de comedias o el montaje de óperas o conciertos. Los teatros funcionaron como espacios de la vida política y cultura patriótica: la primera conmemoración del triunfo mexicano sobre las tropas invasoras francesas, en mayo de 1862, tuvo lugar, a fines de ese mismo mes, en un teatro de la ciudad de México, donde lo mismo se cantó el himno nacional que se arrojaban estampas de papel con el retrato de Ignacio Zaragoza impreso.
Ahora que está tan de moda evocar a doña Margarita Maza, ella, junto con otras damas, esposas o hijas de destacados políticos liberales, organizaban actividades de carácter benéfico para reunir recursos para sostener al ejército mexicano. En tiempos de paz, los tívolis, espacios para buenos banquetes y actividades solemnes eran espacios para ciudadanos con algo de dinero. Pero todos estos lugares son el entorno donde se movía la pequeña élite político-literaria, más allá de los recintos de gobierno o las cámaras de senadores y diputados. No son, todavía, los lugares de la multitud, que domina en las plazas de toros y en los zócalos de todo el territorio.
Parques y jardines, como la Alameda o el Pensil Americano eran propicios para alimentar la paz en el alma. A la larga, lugares como Chapultepec acabarían asumiendo esa misma función. En el salto al siglo XX, cada vez son más los hombres y mujeres que participan de las ocasiones de contento colectivas, asombrándose de los vuelos en globo de don Joaquín de la Cantolla o disfrutando el frescor de las albercas y balnearios que sacan a los citadinos que pueden pagárselo, de la monotonía de las calles de la ciudad.
En las fiestas del Centenario, en los últimos días de don Porfirio, lo masivo ya se ve en algunos festejos: cientos de niños, vestidos de blanco, junto a sus maestras, le juran amor y lealtad a la bandera nacional, formados en bloque, a lo largo de las principales avenidas de la capital. Y como el siglo XX llega a México con aliento de modernidad, son muchos, muchísimos los que van a los llanos de Balbuena a asombrarse de las arriesgadas maniobras de Alberto Braniff, el primer aviador mexicano, que conquista los aires entre gritos y vítores de los entusiastas que, por primera vez, ven a un hombre volar.
Tales son los espacios que el progreso trae a México. Los vientos revolucionarios darán algo más: los estadios, que van a servir para mil cosas, quién lo iba a decir, como vehículos de la transformación nacional.
Entre la madera y el concreto en una ciudad renovada
En México, el nacimiento de los estadios modernos tiene dos fuertes raíces: una, la creación de un sistema educativo verdaderamente federal. La otra, la pasión por el deporte. Es 1902 cuando se organiza por primera vez un campeonato de futbol con una liga, y, como es de suponerse, se requería el espacio suficiente para el trazado de una cancha y hubiera espacio para los aficionados. El terreno elegido estaba en el Reforma Athletic Club, en lo que hoy conocemos como Club Chapultepec. No vaya a creer el lector que de la noche a la mañana hubo algo que pudiera llamarse estadio. Era el campo y en torno a la cancha había sillas acomodadas en un graderío de madera, sobre un solo lado del campo. Se afirma que, como buen club inglés que era y es el Reforma, había elegantes mesitas para tomar el té.
Las orillas de la ciudad porfiriana ofrecían posibilidades que el centro ya no daba. Poco a poco, la vida pública demandaba nuevos espacios. Un teatro renovado y reconstruido se volvió una cámara de diputados orgullosa y amplia, don Porfirio llegó a soñar con una ciudad legislativa y hasta quiso un Panteón Nacional para los héroes de la patria que, por ser completamente de mármol, acabó hundiéndose en el suelo de la colonia Guerrero.
Fueron los revolucionarios quienes acabaron por aventurarse en aquello de las actividades masivas. Si la primera demostración del aviador Braniff ocurrió a principios de 1910 todavía con don Porfirio, la segunda gran exhibición aérea ocurrió cuando Francisco I. Madero acababa de asumir la presidencia, y él, y Rodolfo Gaona se convirtieron en el primer presidente y el primer torero en subirse a un avión y volar.
El futbol soccer empezó a ganar terreno en las emociones de los mexicanos. Junto con otras actividades novedosas, la necesidad de canchas y graderíos empezó a ser clara, exigente y urgente. El Real Club España, uno de los equipos pioneros, tuvo un terreno en la colonia Santa María la Ribera, pero solamente tenía una tribuna diminuta, hecha de madera, donde solamente cabían una veintena de personas.
Ambicioso, el Real Club España quiso mejorar. Usó, con mejor sentido y recursos, terrenos cercanos al Hipódromo de la Condesa. Allí ganó dos campeonatos, entre 1913 y 1915. Dejó el lugar porque la zona iba a cobrar un perfil habitacional y ya no pudieron adquirirlo. De hecho, el antiguo campo, donde bien podían estar unas mil 500 personas, se coinvirtió en el actual Parque España. No lejos de ahí, en el circuito del hipódromo, en 1917, particulares con dinero y oficiales de alto rango a los que la revolución les había hecho justicia, competían en las primeras y enloquecidas carreras de autos.
Los estadios de madera empezarían a escribir la historia del deporte masivo mexicano. Al mismo tiempo, la posrevolución traería grandes avenidas y algunas obras magnas en las que la palabra clave era concreto, producto que se anunciaba como materialización del futuro e incluso de la eternidad. Lo que se hacía con concreto, decían los entusiastas, soportaba el huracán y el terremoto.
Naturalmente, se equivocaron.
(Continuará)