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La jueza constitucional fue invitada a comentar la obra ‘Tlalpan entre la historia y mi corazón: Un libro que nace de su gente’, de la autoría de Pedro Haces, y de cuyas páginas se refrenda que México posee catálogos de “genialidad humana”

Por un africano y hombres mal armados, pero independentistas, Tlalpan es cuna de civilización, reconoce ministra Esquivel

CDMX — La alcaldía Tlalpan de la CDMX es hogar de 700 mil personas, y se conforma de 312 kilómetros cuadrados, es decir, 20.44 por ciento del territorio de la capital del país. Esta demarcación es uno de los principales pulmones de la urbe más grande mundo y su surgimiento no se puede contar sin Pedro Rojas ‘El Negro’, de origen africano, quien tomó aliento desde las cuevas formadas en el Ajusco, tras la erupción hace más de dos mil años, del volcán Xitle, para unirse a la lucha independentista con una cuadrilla de hombres “mal armados, pero con un conocimiento absoluto del terreno”, y hoy este lugar tiene todo para ser potencia ecoturística, reconoció la ministra Yasmín Esquivel al participar en la presentación del libro ‘Tlalpan entre la historia y mi corazón: un libro que nace de su gente’”.

De la autoría del diputado local Pedro Haces, dijo la ministra, se refrenda la valentía de hombres y mujeres.

La leyenda de “El Negro” quedó inmortalizada en broce, literalmente, dijo la ministra al resaltar que los proyectiles que disparó este hombre se usaron para la construcción de la famosa campana de Topilejo.

“’El Negro’” sacrificó a cientos de soldados realistas. Su final fue trágico: decapitado frente al Templo de San Agustín de las Cuevas. Su memoria quedó fundida en bronce, literalmente, pues con los proyectiles que usó se construyó la campana de Topilejo que hoy lleva su nombre”, relató Yasmín Esquivel.

En el libro sobre Tlalpan también se cuenta la grandeza humana infantil.

“El autor nos relata historias breves que son, en realidad, gigantescas. Como la de Doña Perfecta en el Ajusco, una mujer que durante la Revolución atendía heridos de ambos bandos, y a quien los niños del pueblo salvaron de un fusilamiento rodeándola con sus manos.

“O la figura de las “tlacualeras” en Topilejo, aquellas mujeres que llevaban comida caliente a los campesinos que trabajaban la tierra, sosteniendo la economía rural con su trabajo y devoción”, comentó Yasmín Esquivel.

El libro rescata la esencia de cada pueblo. Como Xicalco, el “lugar de casas de piedra”, donde el frío forja el carácter; de Santa Úrsula Xitla, además del pueblo pulquero que luchó décadas por su reconocimiento; y de Santo Tomás Ajusco, donde cada mañana el sol sale sobre el cerro sagrado del Cempoaltépetl.

En estas páginas Pedro Haces hace justicia a la lucha agraria y al reconocimiento constitucional de estos pueblos como sujetos de derecho público.

Nos recuerda que Tlalpan no se entiende sin sus usos y costumbres, sin sus “muerteadas” en Día de Muertos, donde las comparsas recorren las calles manteniendo viva la memoria de los que se fueron.

Incluso la arquitectura moderna tiene su lugar en esta obra. El autor destaca la Capilla de las Capuchinas Sacramentarias, una obra maestra de Luis Barragán donde la luz y el color ocre crean una atmósfera de paz sublime. O el brutalismo de Teodoro González de León en el Colegio de México y la Universidad Pedagógica Nacional.

“Tlalpan es un catálogo de la genialidad humana, desde las tumbas de Cuicuilco hasta el concreto martelinado de la arquitectura contemporánea”, resaltó Yasmín Esquivel, quien apuntó que Tlalpan también goza de historia gastronómica.

“El libro nos regala la leyenda del Caldo Tlalpeño, un clásico de la gastronomía mexicana “por derecho propio”.

Cuenta Pedro, el autor de esta obra, que el General Santa Anna, tras una resaca, pidió algo para “asentar el cuerpo” en su finca de Tlalpan, y le sirvieron esa sopa de pollo con xoconostle y chipotle que hoy gana amplia fama Lo que nos demuestra que Tlalpan tiene su propia receta para el alma.

Este libro también nos permite asomarnos a la Torre de Santa Inés, donde el Generalísimo José María Morelos y Pavón pasó su última noche como prisionero, antes de ser trasladado a su ejecución. Tlalpan fue el último refugio visual del Siervo de la Nación; un lugar que, por su dignidad, fue elegido años después para ser la capital del Estado de México.

En las primeras páginas del libro, Pedro Haces nos recuerda que el territorio de Tlalpan representa el 20.44 por ciento del territorio de nuestra capital y es el hogar de más de 700 mil personas, pero es también quien compone el 20.44 por ciento del territorio de nuestra capital.

Con 312 kilómetros cuadrados de extensión, Tlalpan es el pulmón que permite que esta metrópoli respire, y el 83.5 por ciento de su suelo es de conservación. Es decir, Tlalpan no es solo asfalto; es montaña, es fauna, es el oxígeno que da vida a millones.

A más de estos datos, en el libro se nos explica el significado etimológico: Tlalpan, del náhuatl tlalli y pan: “lugar sobre tierra firme”.

Fue aquí, a 2,300 metros sobre el nivel del mar, donde se asentó la primera sociedad urbana del Valle de México. Al respecto, Pedro hace énfasis en la grandeza de Cuicuilco, el primer gran centro ceremonial de Mesoamérica. Antes de las grandes pirámides que hoy atraen al turismo mundial, aquí ya se desarrollaban sistemas de terrazas y canales de riego alimentados por el Zacaltépetl.

Tlalpan fue el origen de la civilización en este valle, donde esa primogenitura marca el carácter de su gente: hombres y mujeres de tierra firme.

Sin embargo, la historia de Tlalpan es también una historia de resiliencia frente a la naturaleza y como ante la modernidad. El libro narra con precisión ese momento crítico, hace más de dos mil años, cuando el volcán Xitle, despertó para sepultar ríos y formar esos túneles de lava que hoy son parte de nuestra identidad capitalina.

El Xitle no solo destruyó; transformó el paisaje: nos heredó el Pedregal, forjando un espíritu que sabe reconstruirse sobre la roca, que ha resistido los embates de los sismos y por supuesto, que es hogar de costumbres centenarias, así como de especies únicas de flora y fauna de nuestra capital.

Por su ubicación privilegiada, Tlalpan fue el paso obligado para los mercaderes que venían del Galeón de Manila, la Nao de China, desde Acapulco hasta Veracruz. Pero ese camino de comercio también fue un camino de guerra.

Avanzando en las páginas de esta obra, nos encontramos con un Tlalpan que fue escenario de las luchas más profundas por nuestra libertad.

Este libro también nos permite asomarnos a la Torre de Santa Inés, donde el Generalísimo José María Morelos y Pavón pasó su última noche como prisionero, antes de ser trasladado a su ejecución. Tlalpan fue el último refugio visual del Siervo de la Nación; un lugar que, por su dignidad, fue elegido años después para ser la capital del Estado de México.

En 1827, San Agustín de las Cuevas recuperó su nombre ancestral: Tlalpan. Fue aquí donde se instalaron los poderes de un estado naciente, bajo la mirada de Lorenzo de Zavala.

A través de esta crónica colectiva el autor nos invita a reflexionar: ¿qué tiene esta tierra que ha seducido a gobernantes, artistas y guerreros por igual? La respuesta está en la calidez de su clima, la persistencia de su gente y la firmeza de su suelo.

Pero la historia no siempre fue amable. Pedro dedica líneas fundamentales a la Batalla de Padierna de 1847. Nos describe la valentía del ejército mexicano combatiendo a bayoneta contra las fuerzas invasoras de Winfield Scott.

El libro señala con rigor histórico las causas de la derrota: la falta de refuerzos y la lluvia que mojó la pólvora, pero resalta, por encima de todo, el honor de quienes defendieron el sur de la ciudad hasta el último aliento.

El libro también narra el siglo XIX, un periodo donde Tlalpan se convirtió en el motor industrial de la capital. Pedro Haces documenta el surgimiento de fábricas que marcaron una época: “La Fama Montañesa”, la fábrica de papel de Peña Pobre y la industria del tabique en la Mesa de los Hornos.

Estas no fueron solo empresas; fueron el escenario de las primeras huelgas obreras y de la lucha por el agua. Causas que siguen vigentes en nuestros tiempos. Pedro nos cuenta cómo, de la búsqueda de materia prima para el papel, nació lo que hoy protegemos como el Bosque de Tlalpan.

Esta conexión entre industria y conservación es una de las lecciones más valiosas de la obra: el desarrollo no debe estar reñido con la naturaleza.

El autor también nos transporta al Tlalpan de Don Porfirio Díaz. Nos invita a caminar por el Mercado de la Paz, inaugurado en 1900, un edificio que ha resistido sismos, revoluciones y pandemias, manteniéndose como el corazón comercial de del centro de la alcaldía. O el edificio sede de del gobierno local, esa joya de Antonio Rivas Mercado, inaugurada en 1902, que hoy sigue siendo el emblema de la autoridad.

Pedro no olvida la zona de Coapa. Nos narra cómo pasó de ser una tierra habitada por los cuicuilcas a convertirse en las haciendas de San Antonio de Padua y San José de Coapa. Un salto histórico que nos lleva hasta 1968, cuando las Olimpiadas transformaron la fisonomía de la zona con la construcción de la Villa Olímpica y Villa Coapa, albergando el sueño de atletas de todo el mundo bajo la sombra del Estadio Olímpico Universitario.

Incluso en los detalles de la vida cotidiana, el autor encuentra hitos. ¿Sabían que en Tlalpan se estableció el primer invernadero del país en 1893? Fue propiedad de Adrián Balme y sirvió como modelo para los Viveros de Coyoacán. Tlalpan siempre ha sido vanguardia, siempre ha sido el jardín de la ciudad.

Llegamos a la sección más emotiva del libro, donde Pedro Haces abre el corazón para hablar de los 11 pueblos originarios de Tlalpan: Chimalcoyoc, Magdalena Petlacalco, Parres El Guarda, San Andrés Totoltepec, San Lorenzo Huipulco, San Miguel Ajusco, San Miguel Topilejo, San Miguel Xicalco, San Pedro Mártir, Santa Úrsula Xitla y Santo Tomás Ajusco.

El autor nos relata historias breves que son, en realidad, gigantescas. Como la de Doña Perfecta en el Ajusco, una mujer que durante la Revolución atendía heridos de ambos bandos, y a quien los niños del pueblo salvaron de un fusilamiento rodeándola con sus manos.

O la figura de las “tlacualeras” en Topilejo, aquellas mujeres que llevaban comida caliente a los campesinos que trabajaban la tierra, sosteniendo la economía rural con su trabajo y devoción.

El libro rescata la esencia de cada pueblo. Nos habla de Xicalco, el “lugar de casas de piedra”, donde el frío forja el carácter; de Santa Úrsula Xitla, el pueblo pulquero que luchó décadas por su reconocimiento; y de Santo Tomás Ajusco, donde cada mañana el sol sale sobre el cerro sagrado del Cempoaltépetl.

En estas páginas Pedro Haces hace justicia a la lucha agraria y al reconocimiento constitucional de estos pueblos como sujetos de derecho público.

Nos recuerda que Tlalpan no se entiende sin sus usos y costumbres, sin sus “muerteadas” en Día de Muertos, donde las comparsas recorren las calles manteniendo viva la memoria de los que se fueron.

Incluso la arquitectura moderna tiene su lugar en esta obra. El autor destaca la Capilla de las Capuchinas Sacramentarias, una obra maestra de Luis Barragán donde la luz y el color ocre crean una atmósfera de paz sublime. O el brutalismo de Teodoro González de León en el Colegio de México y la Universidad Pedagógica Nacional. Tlalpan es un catálogo de la genialidad humana, desde las tumbas de Cuicuilco hasta el concreto martelinado de la arquitectura contemporánea.

Y, por supuesto, no podía faltar el sabor de nuestra tierra. El libro nos regala la leyenda del Caldo Tlalpeño, un clásico de la gastronomía mexicana por derecho propio.

Cuenta Pedro que el General Santa Anna, tras una resaca, pidió algo para “asentar el cuerpo” en su finca de Tlalpan, y le sirvieron esa sopa de pollo con xoconostle y chipotle que hoy gana amplia fama Lo que nos demuestra que Tlalpan tiene su propia receta para el alma.

Para finalizar, deseo retomar las palabras más personales de Pedro Haces Lago, quien, a lo largo del libro nos dice con humildad y firmeza: “El conocimiento entra por los pies”.

Este libro es el resultado de caminar Tlalpan por más de una década. Pedro nos advierte que lo que se aprende en la calle, en la asamblea vecinal, en el surco de los pueblos, vale más que mil hojas de cálculo.

La política, nos dice el autor, debe nacer de la gente, abajo, en el territorio y a la izquierda, apoyando siempre a quien más lo necesita.

Este libro no es solo una mirada al pasado; es también denuncia y propuesta. Pedro nos señala los retos dolorosos que enfrentamos: la falta de empleo local que obliga a los tlalpenses a pasar horas en el tráfico en busca de oportunidades y desarrollo; la paradoja de tener los mejores Institutos Nacionales de Salud en nuestro territorio mientras miles de familias tlalpenses no tienen acceso a una consulta básica; o la urgencia de que el agua que baja de las montañas se quede en la demarcación para nutrir la propia tierra.

Además, Pedro Haces da un paso más grande y se atreve a soñar con un Tlalpan que sea potencia ecoturística, donde el bosque sea un patrimonio que se cuida porque le da sustento a la comunidad. Sueña con un campo fértil, ganadero y productivo, que no pida caridad, sino justicia.

Este libro es una carta de amor a Tlalpan. Es reconocer que la Alcaldía es el pulmón de la ciudad, pero también su corazón histórico. Pedro cierra su obra con una frase que hoy todos debemos hacer nuestra: “Tlalpan es un pueblo que es mucho pueblo”.

Hoy, al presentar esta obra, celebramos a los líderes que aquí se forman, a las historias que trascienden y al orgullo de saber que desde estas calles llenas de esperanza surgió la mujer que hoy dirige los destinos de México.

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