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Los aires mundialistas en la Ciudad de México: tercera edición y el costo de un aire impuro que persiste

Contaminación en la Ciudad de México

Tres mundiales y un aire que no termina de limpiarse

Muchas cosas han cambiado entre las tres inauguraciones mundialistas en la Ciudad de México (CDMX), pero al menos una persiste: el aire que respiramos en la capital no ha sido saludable. Más que un ambiente mundialista, lo que empezará a respirarse en la CDMX durante las semanas que preceden al torneo es el aire contaminado de la temporada de ozono. Aunque probablemente la inauguración del 11 de junio de 2026 gozará de un cielo más claro, favorecido por las lluvias, como en las otras dos inauguraciones la justa mundialista vendrá precedida de una primavera en la que se habrá respirado aire nocivo para la salud.

1970: el primer Mundial y el primer Día de la Tierra

En 1970 no había mediciones sistemáticas de concentraciones contaminantes en México, pero fue el año del primer Día de la Tierra (hoy Día Internacional de la Madre Tierra y conmemorado hace unos días el 22 de abril). El surgimiento del movimiento ambientalista en Estados Unidos en ese año no fue casualidad. El crecimiento económico y prosperidad de la posguerra en ese país fue acompañado de un deterioro de la calidad del aire en varias de sus ciudades. Ello, combinado con el auge de distintos movimientos contraculturales y una mayor información acerca de los impactos ambientales de la actividad humana, desembocó en el Día de la Tierra y en una serie de leyes ambientales, incluidas aquellas que normarían la calidad del aire en los años por venir.

En la CDMX, décadas antes de albergar su primer mundial se reportaban episodios de mala calidad del aire, muchas veces asociados a polvaredas. Pero hacia los años sesenta el diagnóstico empezó a cambiar ya que, con el crecimiento urbano e industrial, la contaminación comenzó a identificarse como un problema ligado a la actividad humana. En 1967 el gobierno se incorporó a redes internacionales de monitoreo impulsadas por la Organización Mundial de la Salud. Para entonces no había cifras comparables como hoy, pero sí una preocupación creciente.

1986: la pelota sí se mancha

Para el Mundial de 1986, las concentraciones de ozono en la CDMX alcanzaban niveles extremos y los episodios de mala calidad del aire eran frecuentes. A inicios de los noventa, organismos internacionales y medios extranjeros describían a la capital como un caso emblemático de deterioro ambiental urbano. A partir de entonces comenzaron a implementarse políticas más sistemáticas: eliminación de plomo en combustibles, mejoras tecnológicas en vehículos, regulación industrial y el programa Hoy No Circula. También se consolidó la red de monitoreo atmosférico. Y como bien se dice, lo que se mide puede mejorarse.

2026: ¿qué tanto mejoró la calidad del aire en los últimos 40 años?

Rumbo a un tercer Mundial, la calidad del aire ha mejorado respecto a los peores años, pero sigue sin cumplir de manera consistente con los límites estipulados en las normas oficiales mexicanas, hoy en día alineadas con los estándares recomendados por la Organización Mundial de la Salud.

El caso del ozono es particularmente ilustrativo de las dificultades para lograr el cumplimiento de los estándares. A diferencia de otros contaminantes, no se emite directamente. Se forma en la atmósfera a partir de óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles en presencia de radiación solar. Por eso, sus concentraciones tienden a aumentar en condiciones de alta temperatura y radiación, típicas de la primavera en la CDMX.

El caso de Los Ángeles, una ciudad cuyo PIB per cápita es más del doble que el de la CDMX en términos de poder de compra, evidencia la dificultad de reducir la exposición a niveles recomendados por las autoridades de salud bajo ciertas condiciones topográficas. Entre las décadas de los setenta y noventa lograron bajar las concentraciones de ozono (medidas en partes por millón) a niveles similares a los que hoy tenemos en la CDMX. Sin embargo, las mejoras en esa ciudad en las casi tres décadas que llevamos del nuevo siglo han sido más moderadas y las concentraciones de ozono aún se mantienen por arriba de su norma. Aunque en la CDMX la norma de ozono se ha vuelto más estricta desde 2024, hoy en día incluso más exigente que la de Estados Unidos, las concentraciones no han seguido la misma trayectoria. Desde 2019 han aumentado y, de acuerdo con el propio programa de gestión de la calidad del aire en la zona metropolitana (ProAire 2021-2030), podrían seguir haciéndolo.

Más aún, las olas de calor que de por sí tienen efectos negativos sobre la salud, también favorecen la formación de ozono. Esto implica que, incluso si las emisiones de los precursores de ozono se mantuvieran constantes, los aumentos de la temperatura que se anticipan como resultado del cambio climático podrían traducirse en más días con mala calidad del aire.

De partes por millón a millones de pesos: los impactos económicos

Aunque la conversación sobre calidad del aire suele concentrarse en su impacto sobre muertes prematuras, éste no es el único. La exposición a contaminantes y a altas temperaturas también afecta la vida cotidiana de formas menos visibles como fatiga, irritabilidad, y reducción de las capacidades cognitivas. En México, distintos estudios económicos han documentado estos impactos en contextos diversos, desde mortalidad y ausentismo laboral hasta disposición a pagar por mejoras en la calidad del aire. La mayor parte de esta evidencia se basa en resultados para material particulado fino, dado que su mayor variación espacial, en comparación con el ozono en la CDMX, ha permitido la identificación del impacto en la mortalidad infantil y en situaciones de mayor vulnerabilidad como la pandemia por Covid-19, así como en el ausentismo laboral y la disposición a pagar por mejoras en la calidad del aire.

Gráfica

Los aires de un eventual cuarto mundial

En materia de contaminación, la CDMX lleva décadas implementando políticas. El programa Hoy No Circula es probablemente el ejemplo más conocido pero su efectividad ha sido cuestionada y sus costos son visibles para la población.

En abril de 2021, a casi un año del inicio de las restricciones derivadas de la pandemia de COVID-19, se registraron episodios de alta concentración de ozono. De acuerdo con los reportes de movilidad de Google, la movilidad aún estaba cerca de 40 por ciento por debajo de los niveles prepandemia. Esto sugiere que el problema tiene múltiples fuentes y no puede explicarse sólo por la quema de combustibles en vehículos.

Pero no existe una receta mágica para solucionar el problema y el caso de Los Ángeles lo deja claro. Incluso con mayores ingresos, décadas de regulación y avances tecnológicos, reducir el ozono a niveles recomendados por las autoridades de salud ha sido difícil. Bajo ciertas condiciones geográficas y climáticas, limpiar el aire no es inmediato ni barato. No obstante, los costos de no hacer nada son incluso mayores. Se ha estimado que, de cumplir con los límites recomendados por la Organización Mundial de la Salud para ozono y partículas finas, podrían evitarse alrededor de 8,000 muertes cada año en la CDMX. Considerando un valor económico por reducción de riesgos de mortalidad de aproximadamente 20 millones de pesos por muerte evitada, los beneficios totales cercanos a los 160 mil millones de pesos justificarían la renovación e incluso construcción de nuevas líneas de metro o proyectos de la escala del tren México-Toluca. Pero de manera importante para el caso del ozono, los esfuerzos deberían enfocarse también en regular de manera más estricta actividades que no están ligadas al transporte y que generan buena parte del problema como las fugas de gas LP y el uso de solventes, por mencionar algunos.

Hacia adelante, para no llegar a la segunda mitad del siglo, y a un posible cuarto Mundial, discutiendo y respirando lo mismo, es necesario emprender acciones que, aunque costosas, prometen generar beneficios inmediatos en salud y productividad.

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