
Si José López Portillo hubiera defendido el peso, no como perro, sino como wookie, quizá la moneda mexicana no se habría devaluado en plena crisis económica por la caída en los precios del petróleo: aquella abundancia que, lejos de administrarse, se dilapidó, en una de las tantas oportunidades desperdiciadas por esta nación.
El expresidente priista habría entendido la referencia a la raza ficticia que habita una galaxia muy muy lejana, a la que pertenece Chewbacca, uno de los protagonistas de la franquicia de Star Wars, pues cuando se estrenó la primera película de la saga en México, durante una Muestra Internacional de Cine en 1977, atendió una función privada en el extinto Cine Latino, ahora devenido en uno de los rascacielos más altos de Paseo de la Reforma.
López Portillo se consideraba, a sí mismo, como un hombre culto y mecenas de las artes, en especial del cine, por influencia clara de su hermana Margarita López Portillo, aunque en su sexenio florecieron las películas de ficheras, en detrimento del cine de autor, además de que se incendió la Cineteca Nacional en marzo de 1982, lo que, en palabras de la UNAM, fue una catástrofe cultural: se destruyeron miles de negativos, guiones, libros y archivos históricos, incluyendo obras de Diego Rivera y materiales fotográficos de Manuel Álvarez Bravo.
Espionaje... y Guerra de las Galaxias: la función privada de Star Wars a la que acudió López Portillo
En 1977, un joven cineasta norteamericano, George Lucas, tomó por asaltó al planeta: la historia de un joven granjero del desierto, quien, con ayuda de un viejo sabio, un par de contrabandistas y una bella princesa, derrotaba al malvado imperio galáctico, se tornó en un hito mundial, además de ser el origen de una de las franquicias más populares y redituables de la cultura popular, con millones de fanáticos, en el sentido literal de la palabra, repartidos por todo el planeta.
Aunque la trama de la primera película de Star Wars era poco compleja, no representaba una ruptura estética o narrativa, además de que seguía de manera convencional la estructura de El viaje del héroe descrita por Joseph Campbell, además de tomar prestados, por no decir robados, tópicos clásicos de la ciencia ficción (véase Dune, De Frank Herbert), fue el carisma de sus personajes, el diseño de las naves espaciales, la música de John Williams, los sables láser y, claro, el villano más icónico en la historia del cine, Darth Vader, los que hicieron que se volviera el mayor producto cultural de finales del Siglo XX.
En México, “La Guerra de las Galaxias” llegó el 24 de noviembre de 1977, seis meses después de su estreno en Estados Unidos, acontecido en mayo de ese mismo año, como parte de la VIII Muestra Internacional de Cine, espacio que, hasta la fecha, suele enfocarse en mayor medida hacia el cine de autor.
Ese estreno, cabe decir, fue un mes antes que el estreno en todas las salas del territorio nacional, el cual fue hasta el 23 de diciembre, en la víspera de Nochebuena.

De acuerdo a documentos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), antigua agencia de inteligencia del Gobierno federal, que lo mismo espiaba a políticos, que estudiantes y movimientos guerrilleros y disidentes, abrió el expediente 44-1-77 con motivo de las tres funciones de exhibición de la “Guerra de las Galaxias”, realizadas en el extinto Cine Latino, donde hoy se localiza la Torre Reforma Latino, un rascacielos de 185 metros.
En ese mismo recinto, un día después, el 25 de noviembre de 1977, hubo una función privada de Star Wars para el entonces presidente José López Portillo, a la cual acudieron mil 200 personas como invitadas especiales.
Según la vigilancia de la DFS, el titular del Ejecutivo, quien ejerció el cargo de 1976 a 1982, tras haber sido electo en unos comicios en los que no tuvo contrincante, arribó al Cine Latino a las 20:35 horas de aquella noche, para luego retirarse dos horas después, a las 22:35.
En ninguna de las tres funciones que hubo de “La Guerra de las Galaxias”, tanto las dos abiertas al público, como la privada VIP de López Portillo, con sus invitados de lujo, hubo incidentes, conforme a los propios reportes de la agencia de inteligencia del Estado mexicano.
La frivolidad, si acaso, se trató del único pecado.
Era la época de la abundancia, debido a la explotación de nuevos yacimientos de petróleo: si algo caracterizó a ese sexenio, fue la corrupción y la grotesca dilapidación de recursos. Véase: el Partenón de Arturo “El Negro” Durazo, amigo del presidente durante la infancia, para luego ser el jefe de la Policía capitalina y el principal líder del crimen organizado en el país, como constan documentos de la DFS.
Sin embargo, la caída de los precios del petróleo a inicios de los años ochenta, junto con el sobreendeudamiento, derivó en una severa crisis económica, devaluaciones del peso y pérdida de confianza en la economía mexicana.
Hacia el final de su mandato, López Portillo implementó medidas de control como la nacionalización de la banca en 1982, en un intento por frenar la fuga de capitales y estabilizar el sistema financiero.
Si tan sólo hubiera defendido el peso como wookie.