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Meteorólogos alertan de un 80% de probabilidad de que reaparezca un SuperNiño con una peligrosidad no vista en 145 años por una rara coincidencia: un fenómeno similar en el Índico. El de 1877 mató al 4% de la humanidad, pero dos factores agravaron la crisis: la falta de previsión y la rapiña de alimentos de los países con colonias. El mundo debe prepararse

Alertan por la llegada del SuperNiño: guía sobre una rareza catastrófica y cómo golpeará a México

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Alerta meteorológica mundial Recreación de la corriente cálida de El Niño en 1877 y la que se pronostica esta año; ambas con categoría de El Niño muy destructivo

Hace 149 años, de 1877 a 1878, el clima de la Tierra se volvió loco sin que nadie lo viera venir, con lluvias e inundaciones en zonas áridas y sequía extrema en tierras fértiles. Las consecuencias de lo que fue clasificado como la “tormenta perfecta” —más tarde bautizada como El SuperNiño, para diferenciarlo de El Niño— fueron catastróficas para la humanidad: 50 millones de muertos, el 4% de la población mundial, en su mayoría en zonas fértiles densamente pobladas de China, India y Brasil.

¿Qué es El Niño y cuáles son sus consecuencias?

Los vientos alisios que se forman en el Pacífico tropical sudamericano soplan con fuerza hacia el oeste y hacen una especie de muro invisible que contiene las aguas del Pacífico tropical asiático, las más cálidas del planeta, entre las regiones de Indonesia, Papúa Nueva Guinea y el norte de Australia. Por causas que aún se desconocen, cada dos o siete años, los vientos cesan, la masa de agua circular se libera y se forma una corriente de agua caliente que se mueve en dirección contraria, hacia el este, siguiendo el pasillo oceánico que forman la línea ecuatorial y el trópico de Capricornio, hasta topar con las costas de la mitad sur de Ecuador, Perú y el extremo norte de Chile.

En el siglo XIX, los pescadores del norte de Perú se percataron de que las aguas donde faenaban eran más calientes en ciertos años y lo notaban especialmente en Navidad, por lo que empezaron a llamar a esa corriente cálida del Niño Jesús. Poco después fue conocido en todo el mundo en español, pero en su versión corta: El Niño (su contraparte, La Niña, es justo el fenómeno inverso: vientos alisios tan fuertes que las aguas calientes se retiran totalmente a Asia y las aguas sudamericanas son más frías de lo normal).

Este calentamiento anormal de las aguas del Pacífico, causado por El Niño, altera el clima en todo el planeta, con sequías extremas e inundaciones.

¿Qué es el SuperNiño?

Es El Niño extremadamente fuerte, con anomalías de temperatura muy altas. Si en El Niño la temperatura del agua supera los 1.5 grados centígrados en la región central del Pacífico, en el SuperNiño supera los 2.5°C e incluso los 3°C, que fue lo que ocurrió entre 1877 y 1878, con consecuencias nunca registradas en la historia de la humanidad.

En esa ocasión, las regiones monzónicas de Asia, gran parte de Australia, el norte y sur de África y el nordeste de Brasil padecieron hambrunas catastróficas por la pérdida de las cosechas debido a la falta de lluvias. Solo en China se calcula que murieron de hambre 19 millones de personas, mientras que en Brasil, la Grande Seca mató a medio millón de personas, el 5% de la población.

En el otro extremo, sufrieron lluvias torrenciales zonas áridas de California, norte de Perú, Tanzania, Kenia y Uganda, y las cuencas de los ríos Paraná (sur de Paraguay), De la Plata (Argentina) o del Pomac (The Great Flood que afectó a varios estados de EU, incluido Washington DC).

¿Cómo le fue a México con el SuperNiño y los posteriores Niños?

México se libró en gran medida del SuperNiño de 1877-78, el cataclismo meteorológico más grave de la historia y el más largo (18 meses), con las peores sequías en 800 años en Asia monzónica; sin embargo, sintió con dureza la embestida de otros dos fenómenos considerados también muy poderosos:

El Niño 1982-83, considerado uno de los eventos meteorológicos más poderosos del siglo XX, causó que las dos temporadas de huracanes en el Atlántico fueran notablemente menos activas de lo normal, provocando graves sequías e incendios forestales, especialmente en los estados del golfo de México y el Caribe mexicano. En contraste, la actividad de huracanes en el océano Pacífico fue inusualmente alta durante esos años.

Durante los dos inviernos, El Niño empujó al sur la corriente de chorro polar a su paso por Norteamérica, causando mayor frecuencia e intensidad de frentes fríos en el norte y centro de México, provocando lluvias por encima de lo normal en Baja California, Sonora, Chihuahua, Nuevo León y Tamaulipas, y dejando inundaciones.

La severa sequía provocó la pérdida de alrededor de 2 millones de hectáreas de cultivos de granos básicos. Las pérdidas de cosechas ascendieron a más de 2 mil millones de toneladas de granos, lo que obligó a México a incrementar fuertemente sus importaciones de maíz y sorgo.

El comienzo de El Niño pasó desapercibido por la coincidencia en el tiempo de la erupción del volcán El Chichón, en Chiapas, en marzo y abril de 1982. Muchos científicos se centraron en estudiar esta enorme erupción, lo que retrasó la detección y el estudio de este poderoso fenómeno climático a nivel global hasta 1983.

El Niño 1997-98, llamado también “El Niño del Siglo”, registró un patrón similar al de una década y media antes: el invierno de 1997 fue muy frío con nevadas “extraordinarias” en estados como Jalisco, Durango, Guanajuato e incluso las zonas altas de la Ciudad de México; seguido de dos primaveras muy secas, con sequías severas y grandes incendios. Las lluvias disminuyeron hasta un 50% durante el verano de 1997, arruinando el ciclo agrícola, con un déficit de dos mil millones de toneladas de granos, y un perjuicio de 8 mil millones de pesos. El gobierno tuvo que importar 4,716 millones de toneladas de maíz y sorgo.

Además de la sequía, el calentamiento anormal de las aguas del Pacífico generó el huracán Paulina, que impactó en los estados de Oaxaca y Guerrero. El 8 de octubre de 1997 tocó tierra con categoría 4 en Acapulco, dejando sin hogar a más de 300 mil personas en zonas arrasadas por las aguas y aludes, con un saldo de casi 400 muertos. Los daños fueron superiores a los 8,700 millones de dólares y está considerado uno de los más catastróficos de la era moderna.

¿Qué están alertando las agencias meteorológicas?

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) situó este martes en un 70% u 80% la probabilidad de que surja El Niño, que alcanzaría su máxima intensidad a finales de año y los primeros meses de 2027. La agencia de la ONU espera para el hemisferio occidental un aumento generalizado de precipitaciones en Sudamérica y un déficit de lluvias en Centroamérica y Norteamérica.

El pasado 9 de abril, la agencia estadounidense NOAA emitió en su diagnóstico más reciente su primera alerta de El Niño (El Niño Watch) y estimaba en un 61% la probabilidad de que El Niño se formara entre este mismo mes de mayo y julio, y que se mantuviera al menos hasta finales de año.

Pero desde la aparición de la alerta El Niño Watch hasta la fecha han pasado seis semanas y el North American Multi-Model Ensemble (NMME), el sistema de predicción climática que combina varios modelos de distintos centros meteorológicos, incluidos NOAA, NASA y Environment Canada, alertó el 8 de mayo que se proyectaba un SuperNiño, o como escribió, “el Niño más fuerte jamás registrado”, entre octubre de 2026 y enero de 2027, impulsado por dos factores: el cambio climático por la quema de combustibles fósiles (que sigue en cifras récord, pese a las evidencias y las advertencias) y la coincidencia en el tiempo de un fenómeno aún más raro: el Dipolo Índico o El Niño Indio.

¿Qué es El Niño Indio?

Aunque las aguas del océano Índico suelen ser más “neutrales” (pocas variaciones de temperatura), a veces entran en fase “positiva” (aguas más cálidas en el oeste, cerca de África, y más frías en el este, cerca de Australia), lo que equivaldría a El Niño pacífico; y a veces sucede lo contrario, entran en fase “negativa” (aguas del este de África más frías y las australianas más cálidas).

El Niño Indio “positivo” apareció en 2019 y fue el causante de los catastróficos incendios ocurridos en Australia, mientras las lluvias torrenciales inundaron el este de África.

Lo que sí resulta muy raro es la convergencia de ambos fenómenos en un mismo año; eso fue lo que ocurrió en 1877, llamado fenómeno conjunto SuperNiño, y es lo que se teme que ocurra este año.

¿Cómo podría afectar a México?

Podría ocurrir el mismo patrón que sigue El Niño pero mucho más potente.

Durante los inviernos de El Niño, el noroeste y noreste de México (Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Durango y Tamaulipas) suelen experimentar un aumento en la cantidad de frentes fríos. Esto se traduce en lluvias invernales más intensas y temperaturas por debajo de lo normal, pudiendo incluso causar inundaciones y nevadas en regiones donde no son comunes.

Veranos más secos y cálidos en el centro y norte: el impacto más significativo y dañino para la economía del país podría ocurrir en verano. Durante la temporada de lluvias, un evento de El Niño provoca una disminución generalizada de la precipitación en la mayor parte del territorio, con un fuerte estrés hídrico especialmente en las regiones centro y norte. Esto da lugar a sequías que afectan duramente al sector agrícola y ganadero.

El Niño (y peor el SuperNiño) también modifica la temporada de huracanes, que incluso podría estar sujeta a una previsión para la temporada 2026.

De confirmarse la formación de El Niño (que podría ser responsable incluso de las lluvias torrenciales de la semana pasada en CDMX) reduciría la actividad de ciclones tropicales en el océano Atlántico (menos huracanes en el Golfo de México y el Caribe), pero puede incrementar la formación de estos fenómenos en el Pacífico, lo que representa un riesgo elevado para todos los estados, desde Chiapas a Baja California y Baja California Sur.

¿Estamos ante un cataclismo como en 1877?

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La Gran Hambruna en India en 1877 Un hombre y su hijo contemplan cómo se muere su última cabeza de ganado durante los años de la "Great Famine" (Gran Hambruna), que comenzó con el SuperNiño de 1877

En principio no, por dos motivos. Hace siglo y medio no existían las agencias satelitales de control y prevención de fenómenos meteorológicos, y segundo, pese a que el cambio climático no hace sino echar más combustible al fuego, el mundo de ahora no es el de los imperios depredadores del siglo XIX y mediados del XX, cuando los países europeos poseían colonias a las que no solo saqueaban y explotaban a sus habitantes, sino que hay constancia de que sacaron las escasas cosechas de las colonias para dar prioridad alimenticia a sus respectivos países, como ocurrió durante el Imperio británico en India y denunció Mike Davis en “Late Victorian Holocausts”.

Aunque hemos pasado de 1,400 fenómenos extremos en los años 80 a 3,500 en 2020, el número de víctimas ha caído dramáticamente porque los gobiernos cuentan con mecanismos más fiables de vigilancia y, sobre todo, de socorro y solidaridad.

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