
Cada año, miles de jóvenes se preparan para uno de los procesos más importantes de su vida académica: el examen de admisión a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Con cuadernos, simuladores y cursos intensivos, los aspirantes buscan algo más que un lugar en la universidad, buscan oportunidades y la posibilidad de construir un futuro distinto.
Sin embargo, detrás de cada guía resuelta y cada clase de preparación existe una realidad marcada por cansancio, presión emocional, desigualdad económica y jornadas dobles entre trabajo y estudio.
Filtro de alta competencia
En el contexto de estos testimonios, el acceso a la educación superior pública en México se caracteriza por una alta competencia.
De acuerdo con análisis de datos de la Dirección General de Administración Escolar (DGAE) de la UNAM y en reportes estadísticos de la plataforma digital Unitips, alrededor del 80 por ciento de los aspirantes no logra ingresar en dicha institución. En el caso del IPN, las tasas de rechazo también son elevadas, con estimaciones cercanas al 77 por ciento dependiendo de la carrera y la demanda de cada convocatoria.
Por su parte, la UAM presenta una dinámica similar, con una aceptación aproximada de entre 15 por ciento y 20 por ciento, lo que implica que la mayoría de aspirantes no consigue un espacio. En conjunto, estas cifras muestran que el examen de admisión es un proceso altamente competitivo.
Estudiar y trabajar al mismo tiempo
“Quiero una mejor educación y abrir más oportunidades”, expresa Eduardo Reyes, quien busca ingresar al Instituto Politécnico Nacional en la carrera de Ingeniero Arquitecto.
A edad muy temprana, de niño, trabajó en construcción entre albañiles y allí veía a esos profesionistas a los que quiere unirse. Ahí nació su interés por el diseño y las estructuras. Ver edificios y conocer la manera en que se construyen despertó en él la idea de estudiar una ingeniería relacionada con ese entorno.
“Cuando tienes conocimientos básicos de arquitectura, sales y ves edificios y dices: ‘mira cómo está diseñado’. Eso inspira”, comentó Reyes.
Actualmente, Eduardo obtuvo empleo en mantenimiento industrial, actividad que considera cercana al área técnica y a las ingenierías. Su preparación para el examen comenzó desde febrero y, aunque asegura sentirse listo, reconoce que el miedo a no quedarse aparece constantemente. En su caso, ingresar a la universidad implica también sostener responsabilidades económicas. Vive únicamente con su madre y sabe que, si logra entrar, tendrá que combinar trabajo y estudio.

La presión silenciosa y la bici
La necesidad de equilibrar distintas responsabilidades también aparece en el testimonio de Esmeralda Montoya, quien trabaja como laboratorista clínico mientras se prepara para estudiar Químico Biólogo Farmacéutico (QFB).
Hace dos años, Montoya presentó examen para la Universidad Nacional Autónoma de México, aunque para otra carrera. No obtuvo el puntaje necesario y esa experiencia la llevó a buscar una preparación más estructurada.
“Sí necesitaba prepararme un poquito más para subir esos aciertos”, afirmó Esmeralda.
Actualmente divide su tiempo entre el trabajo, el curso y el estudio independiente. Aun así, reconoce que la presión más fuerte viene de ella misma.
“Sé que tengo la capacidad, pero luego entran pensamientos de ‘¿qué tal si no paso?’”, manifestó la joven aspirante a la carrera de QFB.
Esmeralda Montoya contó que cuando se desanima, sale a andar en bicicleta para despejarse y dejar de pensar por un momento en el examen.
La educación como privilegio
Historias como la de Eduardo y Esmeralda muestran una realidad frecuente entre los aspirantes: estudiar ya no puede separarse completamente del trabajo. Muchos jóvenes deben financiar cursos de preparación, ayudar económicamente en casa o sostener sus propios gastos mientras intentan ingresar a una universidad pública.
Esa situación también marcó la experiencia de Iraís Torres, quien a sus 23 años continúa buscando un lugar en la universidad después de haber pausado sus estudios por cuestiones económicas. “La educación cada vez se convierte más en un privilegio”, reflexionó Torres.
Al terminar el bachillerato, Iraís tuvo que incorporarse al mundo laboral antes de pensar en una carrera universitaria. En el presente, busca ingresar a la Licenciatura en Relaciones Comerciales en el IPN o a Contaduría en la UNAM.
“El momento más difícil ha sido balancear tanto el estudio como el trabajo”, aseguró Iraís Torres.
Disciplina y desgaste emocional
A diferencia de otros aspirantes, Fernando Lima Sánchez mantiene una visión más optimista sobre el proceso. A sus 18 años quiere estudiar la Licenciatura en Física y Matemáticas en el IPN y considera que su preparación le ha permitido reforzar temas y aprender a administrar mejor el tiempo durante el examen.
“Siento que estoy preparado para hacer el examen, confío en mis conocimientos adquiridos”, aseguró Lima Sánchez.
Aunque Fernando reconoce que el examen es complicado, consideró que el proceso del examen de admisión es necesario porque “todos los aspirantes responden las mismas preguntas y cuentan con el mismo tiempo”.
No obstante, Lima Sánchez mencionó que aparece el desgaste emocional que implica prepararse durante meses para un solo examen, pues tiene presente que es un proceso arduo.
La presión emocional también atraviesa la experiencia de Alondra Cortés, quien con 17 años busca estudiar la carrera de Ciencia de la Nutrición Humana en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México.
“Quiero ayudar a las personas a cuidar de su salud”, instó Cortés. Alondra asegura confiar en sí misma, pero a su vez siente presión debido a que dentro de su familia hay otros integrantes presentando examen este año.
“Me dan muchos nervios ser la única que no pase”, reveló la joven aspirante.
La rutina de Alondra Cortés refleja el desgaste cotidiano de muchos estudiantes en etapa de preparación: jornadas largas de escuela, tareas y simuladores constantes.
“Entro a las siete de la mañana y salgo a las seis de la tarde”, relató Cortés.
Aun así, Alondra considera que el esfuerzo vale la pena porque la universidad representa una oportunidad de estabilidad y crecimiento personal.
Prestigio y reconocimiento
La búsqueda de reconocimiento académico también aparece en el caso de Annalise Morales, quien desea estudiar Odontología en la UNAM.
“La UNAM es una universidad bastante reconocida en el país”, señaló Morales.
Su interés por las ciencias biológicas surgió desde segundo de preparatoria y, aunque asegura sentirse preparada, reconoce que tomar una decisión profesional a esa edad también genera dudas.
“Es una decisión bastante compleja porque es para toda tu vida”, indicó Annalise.
La joven aspirante decidió tomar un curso de preparación porque considera que estos espacios ayudan a desarrollar seguridad y estrategias para responder el examen.
“Te ayuda a priorizar tiempos y organizarte”, instó Morales.

El negocio de la incertidumbre
A pesar de que varios estudiantes consideran útiles los cursos, otros cuestionan la manera en que algunos espacios privados lucran con la presión académica de los aspirantes.
Ese es el caso de Ana Huerta, quien describe una experiencia marcada por frustración y desgaste emocional.
Ana busca estudiar Médico Cirujano en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México. Inicialmente ingresó a una escuela de “alto rendimiento”, aunque terminó abandonándola después de experimentar humillaciones constantes por parte de algunos profesores. “Nos decían inútiles”, recordó.
Ana detalló que el curso de admisión al examen que tomó, costó cerca de 30 mil pesos y, según cuenta, no existían reembolsos. Tras la experiencia, expresó que su experiencia con esas clases fueron un desperdicio de dinero.
Además, Huerta cuestionó las desigualdades tecnológicas en los nuevos formatos de admisión en línea.
“No todos tienen posibilidad de comprar una computadora”, enfatizó la joven aspirante.
Después de abandonar el curso, Ana Huerta optó por continuar preparándose de forma autodidacta y asegura que así logró avanzar más académicamente.
“Un curso no te asegura el ingreso, solo el propio esfuerzo”, sostuvo Huerta.

Más que un examen
Pese a la incertidumbre y el desgaste emocional, todos los aspirantes coinciden en algo: la universidad pública sigue representando una posibilidad de cambio.
Para algunos significa estabilidad económica; para otros, crecimiento personal, reconocimiento profesional o la oportunidad de ayudar a sus familias. Sin embargo, sus historias también muestran que el examen de admisión no ocurre en igualdad de condiciones.
Detrás de cada reactivo existen jornadas laborales, sacrificios familiares, presión psicológica y contextos económicos distintos.
Para muchos jóvenes, el verdadero examen comenzó mucho antes del día de la aplicación.
La Crónica de Hoy 2026