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El estudio identifica que una de cada diez mujeres permanece fuera del mercado laboral por responsabilidades de cuidado no remunerado, reduciendo las posibilidades de movilidad social, profundizando la desigualdad y afecta con mayor fuerza a mujeres indígenas y afrodescendientes

La barrera invisibilizada: El trabajo de cuidados como freno al ascenso social de las mexicanas

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Durante años los estudios de movilidad ocupacional intergeneracional mostraron que las mexicanas ascendían en la escala más que los hombres, al comparar con sus padres. Hijas de jornaleros terminaban como comerciantes o empleadas, y ese salto se registraba como progreso. En nuestra investigación encontramos que ese optimismo se apoyaba en un punto ciego. Al corregirlo, el retrato se invierte.

Ese punto ciego tiene nombre: segmentación del mercado laboral y trabajo de cuidados no remunerado. Atender a hijos, personas enfermas, con discapacidad o adultos mayores ocupa el día entero de millones de mujeres y las mantiene fuera del mercado laboral. Los estudios clásicos de movilidad ocupacional no lo contaron. Medían el origen de una persona por la ocupación de su padre y lo comparaban con su trabajo actual. Las mujeres aparecieron tardíamente como sujetos de estudio, pero sólo si participaban en el mercado laboral; las que trabajaban de forma no remunerada simplemente desaparecían del análisis.

En nuestro estudio cambiamos dos cosas. Primero, sumamos a la madre como referente del origen social, no solo al padre. Segundo, incluimos un nuevo escalón en la estructura ocupacional para las trabajadoras no remuneradas de cuidados directos, y lo colocamos en la base, por debajo de cualquier trabajo remunerado. La razón nos pareció contundente: ese trabajo no genera ingreso, no da prestaciones y no abre la puerta a un ascenso. Quienes lo realizan son mujeres en el 98% de los casos y el ingreso por persona de sus hogares es el más bajo de toda la estructura, incluso menor al del campo.

Con esos dos ajustes analizamos la movilidad ocupacional intergeneracional en México a partir de la encuesta ESRU-EMOVI 2023. El resultado que más nos sorprendió aparece al comparar a mujeres y hombres. Cuando definimos el origen a partir del padre, con la clasificación ocupacional tradicional, las mujeres parecen ganar: el 60% experimentó movilidad ascendente, frente al 49% de los hombres. Pero cuando definimos el origen a partir de la madre y contamos el trabajo de cuidados, la imagen se voltea. La movilidad ascendente femenina baja al 48% y la masculina sube al 61%. Trece puntos de diferencia que antes no se veían.

El espejismo del ascenso: la movilidad ocupacional cambia de signo según a quién midamos

Fuente: Elaboración propia con datos de la ESRU-EMOVI 2023.

Encontramos dos situaciones relevantes. La primera es que el ascenso de muchas mujeres respecto a sus padres era engañoso. Salían del sector agrícola donde ellos trabajaban hacia el comercio o los trabajos manuales, sí, pero a sus versiones más feminizadas y precarias: vendedoras ambulantes, meseras, trabajadoras del hogar. Una trabajadora doméstica gana en promedio 4,400 pesos por persona en su hogar y el 78% no terminó la secundaria. Para muchas de ellas, cambiar de estrato ocupacional no les trajo mejores condiciones de vida. Lo confirmamos estrato por estrato: en el comercio y los trabajos manuales, donde se concentran las mujeres, los empleos con mayor presencia femenina pagan menos, dan menos acceso a salud y reúnen a más personas indígenas y afrodescendientes que sus equivalentes masculinos.

La segunda situación es la barrera de entrada al mercado de trabajo que enfrentan las mujeres. Una de cada diez mujeres no pudo incorporarse al mercado laboral por sus responsabilidades de cuidado. Y el patrón se hereda: entre las mujeres cuya madre se dedicó a cuidar sin pago, más de un tercio enfrenta hoy exactamente lo mismo, mientras que para los hombres esto no sucede.

Quisimos después medir el costo de cuidar para la movilidad, y la diferencia es enorme. Solo 3 de cada 10 personas que cuidan sin remuneración logran ascender: la mitad en comparación con quienes no cuidan o reciben pago por ello (33% frente a 63%). Su riesgo de descenso social casi se duplica. Nuestros modelos estadísticos confirman la causa: una mujer que cuida tiene 32% menos probabilidad de entrar al mercado laboral que una que no cuida.

La penalización del cuidado: cuidar sin pago casi cierra la puerta al ascenso

Fuente: Elaboración propia con datos de la ESRU-EMOVI 2023.

Las desventajas no se reparten por igual. Las mujeres indígenas y afrodescendientes cargan con la peor parte. En las ocupaciones de liderazgo y mando, las mejor pagadas del país, solo el 0.3% son mujeres indígenas o afrodescendientes, frente al 4.2% de hombres del mismo origen. Para llegar a los puestos no manuales, los de mayor jerarquía, las mujeres necesitan más años de escuela que los hombres y, en la práctica, no ser indígenas ni afrodescendientes. El género, la raza y la clase se suman para configurar desigualdades interseccionales.

Aun así, existe una vía de salida. Cuando hay servicios de cuidado en el barrio, como guarderías, centros de día o apoyos comunitarios, aumenta la probabilidad de que las mujeres participen en el mercado laboral y su movilidad ascendente se incrementa en cinco puntos. El problema es que en México estos servicios son escasos: la oferta pública es limitada, las familias de mayores ingresos compran cuidados en el mercado y las de menores ingresos los resuelven solas, casi siempre mediante el trabajo no remunerado de una mujer del hogar.

De ahí nuestra propuesta central: sumarnos al llamado colectivo para la construcción de un Sistema Nacional de Cuidados. Es indispensable tratar el cuidado como un derecho universal y como una responsabilidad compartida entre el Estado, el mercado y las familias, no como una carga privada que recae sobre las mujeres. Un sistema así redistribuiría el trabajo de cuidados, reduciría las horas no remuneradas que hoy absorben a las mujeres y les abriría la puerta del empleo. Advertimos, eso sí, que la sola existencia de servicios no basta: hay que garantizar que lleguen a quienes no pueden pagarlos.

Nuestro hallazgo es a la vez metodológico y político. Mientras las estadísticas y las investigaciones sigan ignorando el trabajo de cuidados, seguirán ocultando una desigualdad que moldea nuestra sociedad. Contar ese trabajo no es un tecnicismo: es la condición para verlo, valorarlo y, algún día, repartirlo de otra manera.

Iliana Yaschine es investigadora del PUED-UNAM.

Mónica Orozco es directora de GENDERS, A.C. e investigadora externa del Centro de Estudios Espinoza Yglesias.

Análisis del Programa Universitario de Estudios sobre el Desarrollo serán presentados cada 15 días a nuestros lectores

Comentarios: pued@unam.mx

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