
Cortés descansan en un templo católico del centro histórico de la ciudad de México por su voluntad testamentaria, que, en su momento, nadie vio descabellada, no porque en España “no lo quisieran”. Figura incómoda y polémica por donde quiera que pasó, Cortés intentó consolidar la imagen de él tendría la posteridad apelando a su habilidad política y a su capacidad de persuasión, empezando por las famosas Cartas de Relación, donde “vendió” al rey español, Carlos V, hazañas una pizca aumentadas, la narración de ejercicios cotidianos de astucia política, cometidos para gloria de la corona, que tenía en el audaz extremeño un vasallo leal y eficaz, pero también enormemente ambicioso.
Medio milenio después, las Cartas de Relación resultan una herramienta útil para entender las ambiciones de Cortés y la narrativa construida con la esperanza de que las hazañas que allí se cuentan consiguieran que en la corte se olvidara que había partido de Cuba hacia una tierra firme más bien desconocida, brincándose las órdenes y la autoridad del gobernador de la isla, y, para llevar adelante sus propósito de gloria se autoerigió en persona de mando al fundar el primer ayuntamiento en lo que después se llamó Veracruz. Pero al paso del tiempo, comomuchos, fue dejando un rastro de papel: escritos, documentos, cartas donde se puede advertir la evolución de su destino y la actitud que tenía al final de su vida.
Si algo tenía ese Hernán Cortés que desembarcó en lo que llegaría a ser la gran puerta de entrada a la Nueva España, era audacia. Frisaba en los 34 años, y desde los 19 se buscaba la vida en las Indias. Participante en la conquista de la isla de Cuba, había hecho alguna fortuna con la crianza de caballos y ovejas. Para un tipo con su ambición y sus ganas de ver el mundo, Cuba le quedaba chica.
Solo necesitaba una oportunidad para agarrar a la Fortuna por los cabellos y hacerse de su lugar en la historia. Pero para eso necesitaba la ocasión propicia, el momento adecuado; aprovechar todas las pequeñas coyunturas que le abrirían camino. Para eso, para construir su propia inmortalidad, Cortés fue dejando a su paso gente engañada o utilizada. A fin de cuentas, pensaría aquel hombre, que solo había pasado dos años estudiando en Salamanca (aparentemente muy bien aprovechados), el triunfo tiene un precio. Él estaba dispuesto a pagarlo.
Así es como empieza esa estela de agravios, chicos y grandes, esa cadena de decisiones que van de lo radical a lo brutal, y los consecuentes rencores, algunos muy largos, que los actos de Cortés despertaron.
No hay un aspecto de la vida de este hombre que no se haya visto envuelto por la controversia, acusado de toda clase de hechos que van de lo insólito a lo criminal; los aspectos de su vida personal en tierra americana, que hoy día despiertan enconos fueron objeto, en su tiempo, algunos de procesos y otros de indiferencia.
Aunque tuvo enemigos que gustosos lo hubieran visto encerrado en una mazmorra, a la larga su condición de conquistador de la Nueva España le consiguió una cierta respetabilidad: pocos hombres de su tiempo hicieron todo lo que él, lo bueno y lo malo, lo criminal y lo constructivo. Por eso Cortés pudo morirse en su cama, en 1547, en Castilleja de la Cuesta, España, como huésped del palacete de un funcionario amigo suyo, Alonso Rodríguez, justo cuando estaba considerando que era tiempo de regresar a sus posesiones americanas.
Cortés no se murió ni como un paria en la total miseria, ni como el conquistador reconocido por todos. Pero cuando se fue al mundo de los muertos tenía en las manos un título que lo ennoblecía, el de primer Marqués del Valle de Oaxaca; había hecho un matrimonio conveniente y tenía un hijo legítimo que heredara todo lo ganado, que no era poco. Para darle descanso a sus restos, sus amigos consiguieron enterrarlo en el monasterio de San Isidoro del Campo, nada menos que en la cripta de los duques de Medina Sidonia, con derecho a reposar bajo las escalinatas del altar mayor.
Un hombre que lo mismo se había internado en las selvas de lo que hoy es el sureste mexicano y se movió a Centroamérica, el que conoció las fascinantes perlas grises de lo que sería la Alta California y se involucró en los primeros proyectos marítimos para encontrar la ruta al oriente, no iba a encontrar el descanso en una capilla de España. No, él pensó que sus huesos tendrían que estar en el escenario donde había labrado su poder y su gloria: en la Nueva
España. Algunas interpretaciones recientes afirman que esta decisión viene de un hecho emocional: Cortés se había “enamorado” de la tierra conquistada a sangre y fuego, y su primer mandato testamentario en lo que toca a su sepultura, consignaba su deseo de ser enterrado aquí. Como la historia trabaja con hechos y no con imaginaciones, lo que tenemos cierto son las instrucciones de su testamento y los inconvenientes que surgieron para cumplirlas.
Esa última voluntad no fue cosa sencilla de satisfacer, en principio porque el propio Cortés cambió en varias ocasiones sus disposiciones respecto a dónde quería su tumba. Y como no se puede hacer hablar a los muertos, la decisión final quedó en manos de los familiares que le sobrevivieron, que, por cierto, no habíanroto vínculos con la Nueva España.
UN TESTAMENTO, LA VEJEZ Y LAS VOLUNTADES CAMBIANTES
Siempre incómodo a la corona, Cortés gozaba de prestigio entre los nobles de España. Se trataba con algunos con entera confianza y gozaba de aprecios y amistades, cosa que no ocurría con el emperador Carlos V, que más bien hacía oídos sordos a sus urgencias. Como era inevitable, enemistado -y mucho- con el primer virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, se le había formulado un juicio de residencia a fin de clarificar su lealtad a la corona y lo bueno y lo malo de sus acciones en la tierra conquistada. Tres años antes de su muerte, el juicio de residencia estaba suspendido y sin trazas de reanudarse. En consecuencia, Cortés estaba arraigado en España, sin poder regresarse a la ciudad de México para ver por sus asuntos y por sus bienes.
Intentó, por medio de un memorial, sacudir el avispero de la corte, para ver si el rey reaccionaba al documento, donde el viejo soldado extremeño se quejaba educadamente de carecer de paz al final de su existencia, sin poder disfrutar de lo que había ganado arriesgando el pellejo. “Veome viejo, pobre y empeñado en este reino, en más de veinte mil ducados”. Se ha gastado un dineral y ha tenido que hacer que desde su hogar novohispano le manden recurso y aún se pida prestado para sostenerlo en España. Se le nota -nada raro en él- la impaciencia: “en cinco años poco menos que ha que salí de mi casa [de la Nueva España], es mucho lo que he gastado, pues nunca he salido de la Corte, con tres hijos que traigo en ella,con letrados, procuradores y solicitadores”.
Para 1544 Cortés está cansado y amargado. Después de su triunfo americano, se ha reunido en tres ocasiones con el Emperador. Espera una cuarta que finiquite intrigas y le permita hacer aclaraciones. El documento, que no le abre las puertas de la cámara real sí transmite una suerte de cansancio y de amargura: “no tengo ya edad para andar por mesones, sino para recogerme a aclarar mi cuenta con Dios, pues la tengo larga y poca vida para dar los descargos, y será mejor perder la hacienda que el ánima”. En 1544, Hernán Cortés tenía 60 años, intensamente vividos. Hace medio milenio, tener sesenta años era tener muchos años.
Poco a poco, asumió su vejez. Se volvió tacaño, cuando en tiempos de la expedición a las Hibueras hasta cargó con un séquito de músicos y una piara de cerdos porque gustaba de comer carne a diario. En esos últimos años en España, hasta lo denuncia uno de sus sirvientes porque le adeuda el salario. Quizá en ese proceso de “aclarar sus cuentas con Dios”, también fue perdiendo contacto con sus compañeros de armas, los conquistadores que se habían jugado la vida junto a él. Es en ese proceso en el que Cortés empezó a meditar en dónde deseaba realmente descansar hasta el día del Juicio Final. No sabía que sus últimas voluntades y las complicaciones que experimentaron sus personas de confianza y sus parientes para darles cumplimiento, iban a seguir dando de qué hablar 479 años después.