Nacional

La promesa incompleta de la inclusión financiera para las mujeres

Finanza Mujeres

México ha avanzado en inclusión financiera. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF), en 2024, 63% de la población adulta tenía una cuenta de ahorro formal. La cifra es importante porque marca un salto frente al 49% que se registraba en 2021 o al 44% en 2015, y porque muestra que el acceso al sistema financiero ya no es un privilegio tan restringido como hace una década. Pero el dato también es insuficiente. Tener una cuenta no dice si una persona puede ahorrar, si controla ese dinero, si lo usa para invertir, si le permite enfrentar emergencias sin endeudarse o si abre una trayectoria económica distinta. Esto obliga a mirar la inclusión financiera no como una meta final, sino como el primer eslabón de una cadena más larga que es además diferente para hombres y mujeres.

Miremos más de cerca el caso de las mujeres. La promesa de la inclusión financiera suele imaginar una secuencia aparentemente lógica en la que, primero, una mujer obtiene una cuenta, después, ahorra, luego usa ese ahorro para invertir en educación, herramientas, un negocio, movilidad laboral o protección para la vejez. Finalmente, esa inversión se traduce en mayores ingresos, más autonomía y una posición económica menos vulnerable. Esa es la cadena que hace que la inclusión financiera sea atractiva como política de desarrollo.

El problema es que la cadena puede romperse en varios puntos. Puede romperse entre tener cuenta y ahorrar, porque los ingresos son bajos o inestables. Puede romperse entre ahorrar y ahorrar formalmente, porque el dinero se guarda en efectivo, tandas o mecanismos informales que responden mejor a la urgencia cotidiana. Puede romperse entre ahorrar e invertir, porque no hay tiempo, información, redes, seguridad o expectativas razonables de retorno. Y puede romperse entre invertir y moverse hacia actividades más productivas, porque el mercado laboral sigue segmentado, los cuidados siguen recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres y la discriminación reduce los beneficios esperados de tomar riesgos.

Esta es la parte que suele perderse en el debate público. La inclusión financiera no produce automáticamente movilidad económica porque una cuenta no cambia, por sí sola, el conjunto de oportunidades disponibles. Mejora el instrumento, pero no necesariamente cambia el cálculo que hacen quienes van a usar este instrumento. Una mujer puede tener una cuenta y aun así decidir no ahorrar para un negocio si sabe que no tendrá tiempo para atenderlo, si no puede dejar el cuidado de sus hijos, si no tiene clientes estables, si no controla plenamente sus ingresos o si ya observó que otras mujeres similares a ella no lograron convertir ese esfuerzo en mejores condiciones de vida.

Un documento de trabajo reciente* ayuda a precisar este punto al resaltar que la brecha relevante no es la diferencia en tenencia de cuentas, sino la brecha de ahorro formal entre hombres y mujeres que ya tienen cuenta y pertenecen a niveles de ingreso similares. Es decir, compara a personas que ya cruzaron la barrera del acceso financiero y pregunta si usan el sistema financiero para ahorrar en la misma proporción. La respuesta depende mucho del entorno. En países donde las mujeres reciben señales más adversas sobre sus oportunidades económicas, esa brecha es mucho mayor. Por señales no debe entenderse un mensaje explícito, sino el conjunto de información que el entorno transmite sobre lo que parece posible y rentable para una mujer. Por ejemplo, si ve a otras mujeres sostener negocios, si el mercado laboral ofrece retornos razonables a su esfuerzo, si existen condiciones para compatibilizar trabajo y cuidados, y si vale la pena planear a futuro. El documento muestra el contraste entre Pakistán y Suecia para resumir este punto. En Pakistán, entre personas con cuenta e ingresos similares, las mujeres son alrededor de 7 puntos porcentuales menos propensas que los hombres a ahorrar formalmente. En Suecia, esa brecha baja a cerca de 1 punto porcentual. La cuenta existe en ambos casos. Lo que cambia es si el entorno hace creíble que ahorrar hoy puede convertirse mañana en inversión, empleo, negocio, retiro o mayor autonomía económica. El siguiente gráfico ayuda a ver que no se trata solo de dos casos extremos. Cada punto representa un país, incluido México. La nube de puntos muestra un patrón claro, que es que cuando el entorno económico es menos favorable para las mujeres, la distancia entre hombres y mujeres en ahorro formal tiende a ampliarse, incluso comparando personas que ya tienen cuenta y niveles de ingreso similares. La inclusión financiera, entonces, no opera en el vacío. Sus resultados dependen del contexto en el que las mujeres intentan usarla.

Fuente: Where Does the Money Go? Financial Inclusion, Sectoral Savings, and the Gender Misallocation Trap. Hernani W. & Villegas A. (2026).

La palabra clave es “creíble”. El ahorro no depende solo de tener una cuenta, sino de creer que postergar consumo hoy puede abrir una posibilidad económica mañana. Si el entorno dice lo contrario, ahorrar menos para proyectos de largo plazo puede ser una respuesta racional, no una falla individual.

En México, la ENIF permite mirar esta idea desde una pregunta más concreta. Entre personas que ya tienen cuenta, se les pregunta si podrían aprovechar una oportunidad de comprar una casa, un terreno o abrir un negocio mediante distintas vías. La respuesta muestra un nuevo quiebre en la cadena de la inclusión financiera. Entre quienes tienen cuenta, 28% de las mujeres dice que podría aprovechar esa oportunidad con sus ahorros, frente a 38% de los hombres. La brecha también aparece en el acceso potencial al crédito formal o tarjeta, 38% de las mujeres frente a 44% de los hombres.

Fuente: Elaboración propia con datos de la ENIF 2024.

Esta gráfica no mide directamente las señales del entorno, pero sí muestra algo muy relevante para el argumento, que es que aun cuando las mujeres ya están dentro del sistema financiero, se perciben menos capaces que los hombres de convertir sus recursos financieros en una oportunidad económica concreta. La cuenta existe, pero no necesariamente se traduce en capacidad de inversión, margen de maniobra o confianza suficiente para tomar una oportunidad relevante.

Esto permite afinar la discusión relevante para la política pública. México no tiene solo un reto de acceso financiero, tiene un reto de conversión del acceso en capacidad económica. Y esa conversión es distinta para mujeres y hombres. Para ellas, el uso de una cuenta suele estar atravesado por ingresos más bajos o irregulares, menor control sobre los recursos, más carga de cuidados, menor acceso a redes productivas y mayores costos de equivocarse. En esas condiciones, ahorrar para invertir o endeudarse para aprovechar una oportunidad puede parecer menos viable, incluso cuando existe una cuenta formal.

Por eso, la política pública debería medir la inclusión financiera menos como una fotografía y más como una trayectoria. No basta con saber quién tiene cuenta. También importa quién la usa, quién decide sobre ella, para qué se ahorra, qué obstáculos impiden aprovechar una oportunidad económica y qué condiciones permitirían convertir ese acceso en movilidad, seguridad y autonomía.

Esto exige políticas combinadas. La inclusión financiera para mujeres no debería estar aislada de la política laboral, de cuidados, de capacitación, de protección social, de desarrollo productivo y, muy importante, de políticas que generen las señales correctas para que las mujeres logren todos los beneficios de la inclusión financiera. Una cuenta vinculada a ingresos precarios sirve para administrar escasez. Una cuenta vinculada a empleo estable, servicios de cuidado, capacitación pertinente, redes comerciales y protección contra la discriminación puede convertirse en algo distinto.

La pregunta, entonces, no es si México necesita más inclusión financiera. Sí la necesita. La pregunta es qué tipo de inclusión financiera se está construyendo. Una que aumenta el número de cuentas abiertas, o una que permite que más mujeres usen esas cuentas para ahorrar, invertir, protegerse y decidir. La inclusión financiera empieza con una cuenta, pero solo se vuelve desarrollo cuando esa cuenta amplía lo que una mujer puede hacer con su futuro.

Hernani-Limarino, Werner & Villegas, Alejandra, Where Does the Money Go? Financial Inclusion, Sectoral Savings, and the Gender Misallocation Trap. Disponible en: http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.6353618

Análisis de especialistas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México son presentados a nuestros lectores cada 15 días en un espacio que coordina el Departamento de Economía de dicha universidad.

Tendencias