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Los docentes afirman que la llegada del evento internacional no modificará su postura mientras sus demandas continúen sin respuesta

“Si no hay solución, no rueda el balón”: la resistencia magisterial que ocupa el Centro Histórico

“Si no hay solución, no rueda el balón”: la resistencia magisterial que ocupa el Centro Histórico

Las lonas azules cubren buena parte de la avenida 20 de Noviembre. Entre casas de campaña, cobijas colgadas, anafres improvisados y carteles de protesta, cientos de maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) han convertido una de las principales vialidades del Centro Histórico en un campamento permanente mientras esperan una respuesta a sus demandas.

El paisaje cambia conforme se avanza por el plantón. Algunos campamentos lucen consolidados después de varias semanas de estancia; otros apenas comienzan a levantarse. Hay grupos recién llegados que todavía acomodan sus pertenencias y buscan la forma de adaptarse a una rutina que difícilmente imaginaron vivir lejos de sus hogares.

En varios espacios las casas de campaña se encontraban rodeadas por anafres encendidos, ollas con comida preparada para los compañeros, cubetas, sillas plegables y grandes galones de agua utilizados como reserva para beber, cocinar o asearse. Entre tendederos improvisados con ropa secándose al sol, lonas que servían como techos y pequeños espacios destinados para cocinar, algunos campamentos parecían auténticas casas al aire libre levantadas en medio de una de las avenidas más importantes de la Ciudad de México.

“Si no hay solución, no rueda el balón”: la resistencia magisterial que ocupa el Centro Histórico

Mientras unos maestros descansaban tras una jornada de actividades, otros preparaban alimentos, organizaban guardias o buscaban la manera de abastecer sus campamentos para permanecer el tiempo que fuera necesario.

Durante el recorrido por la avenida 20 de Noviembre fue posible observar a dos hombres que buscaban una forma de conectarse a una fuente de energía eléctrica para abastecer el espacio donde apenas comenzaban a instalarse.

Mientras revisaban registros y conexiones cercanas, una mujer que pasaba por el lugar se acercó para increparlos.

—¿A poco se van a robar también la luz?—, les gritó.

Sin esperar respuesta continuó:

—Ahí en las coladeras es donde deberían de estar, pinches ratas.

Los hombres únicamente se rieron y continuaron con su intento de conección. Apenas llevaban dos días en la Ciudad de México y, por lo visto, no era la primera vez que escuchaban comentarios de ese tipo.

La escena refleja una de las dos realidades que conviven alrededor del plantón. Por un lado están quienes consideran que las movilizaciones afectan la vida cotidiana de la capital. Por otro, quienes se acercan para ofrecer café, agua o simplemente escuchar las razones que llevaron a los docentes a abandonar temporalmente sus comunidades.

Bajo una lona improvisada se encontraba un maestro proveniente de la Costa Chica de Guerrero. Sentado sobre una silla plegable, explicó que permanecerán en la Ciudad de México hasta que exista una solución.

“Tan pronto que dé solución la presidenta nos vamos de dos por tres. Aunque llegue hasta el mundial, si es el mundial aquí seguirá”, afirmó.

La principal exigencia de su sector es la abrogación de la reforma de 2007. Sin embargo, detrás de la protesta también existen historias marcadas por carencias y dificultades que, aseguran, enfrentan diariamente en sus centros de trabajo.

El docente relató que labora en una comunidad indígena donde las condiciones educativas distan mucho de las que suelen mostrarse en los discursos oficiales.

“Yo tengo zona marginada, indígena. Allá no contamos con nada. Internet, computadora, lógicamente nada. El gobierno nunca se acerca a nuestro centro de trabajo”, comentó.

Las carencias alcanzan incluso aspectos básicos de infraestructura.

“No contamos con baño. Los niños van al monte”, señaló.

Según explicó, las instalaciones escolares presentan un deterioro constante. Los techos tienen filtraciones, algunas láminas se desprenden con el viento y las altas temperaturas convierten los salones en espacios difíciles para impartir clases. A ello se suma el largo trayecto que debe recorrer para llegar a la escuela.

“Dos horas”, respondió cuando se le preguntó cuánto tiempo tarda en trasladarse a su centro de trabajo.

El esfuerzo tampoco termina al concluir la jornada. El profesor explicó que seis personas dependen de su salario, el cual, aseguró, resulta insuficiente para cubrir las necesidades familiares.

“Los que cobran 7 mil pesos, hasta 8 mil pesos. Y pues la verdad no nos alcanza. A veces antes de la quincena pedimos prestado”, relató.

La situación se complica aún más cuando los hijos deben continuar sus estudios fuera de sus comunidades. Explicó que en muchos municipios no existen preparatorias, por lo que los estudiantes indígenas tienen que trasladarse a otras localidades, pagando renta, transporte y alimentación.

“Y usted cree que 7 mil pesos del maestro va a alcanzar para todo eso”, cuestionó.

Las dificultades también se reflejan en la vida cotidiana dentro del plantón. Los docentes deben resolver por cuenta propia necesidades básicas como alimentación, higiene y descanso. Algunos cocinan en pequeñas estufas portátiles; otros cooperan para comprar alimentos. El acceso a los servicios sanitarios representa un gasto adicional que termina impactando sus bolsillos.

“Si no hay solución, no rueda el balón”: la resistencia magisterial que ocupa el Centro Histórico

“Para bañarse son 100 pesos. Para necesidades, el baño a 50 pesos”, explicó una de las maestras entrevistadas.

Otros docentes señalaron que llegaron a la capital con apenas mil o mil 500 pesos para sostener su estancia. Entre comida, transporte y gastos básicos, el dinero comienza a disminuir conforme avanzan los días.

A unos metros del campamento se encontraba Ana, una profesora también originaria de Guerrero, quien llegó acompañada de su hijo pequeño.

“Realmente dejarlo con la familia creo que no le daría el mismo cuidado que se lo doy yo”, explicó.

La docente trabaja en una comunidad de la región Montaña Baja y asegura que las necesidades son una constante.

“Realmente ahí sí hay muchísima necesidad”, comentó.

Según relató, en numerosas ocasiones los maestros deben adquirir materiales con recursos propios debido a las limitaciones económicas de las familias de sus alumnos. Su salario tampoco supera los diez mil pesos mensuales y parte importante de sus ingresos se destina a transporte, alimentación y gastos relacionados con su labor docente. Para llegar a su comunidad debe utilizar transporte público y posteriormente trasladarse en mototaxi.

Además del desgaste económico, reconoce que existe preocupación por permanecer durante semanas en una movilización junto a su hijo.

“Pues sí, realmente sí. Bueno, en lo personal pues sí, por mi bebé”, señaló al referirse al temor de que ocurra algún incidente durante las protestas.

La permanencia en el plantón también ha obligado a los docentes a soportar lluvias, calor y noches a la intemperie. Algunos llegaron preparados con casas de campaña, mientras que otros improvisaron espacios con lonas sujetas a postes y estructuras metálicas.

Pero la avenida 20 de Noviembre no era el único lugar donde podían observarse los efectos de la movilización magisterial.

Sobre Paseo de la Reforma, algunas de las figuras de jugadores de futbol que habían sido instaladas como parte de los preparativos rumbo al Mundial aparecían derribadas sobre el suelo. Varias de ellas mostraban mensajes escritos por manifestantes.

Entre las consignas destacaba una frase que también se repetía constantemente entre los campamentos instalados en el Centro Histórico:

“Si no hay solución, no rodará el balón”.

La imagen de las figuras caídas contrastaba con los preparativos para uno de los eventos deportivos más importantes que albergará México en los próximos meses. Para los manifestantes, el mensaje busca llamar la atención sobre un conflicto que, aseguran, continúa sin resolverse.

Mientras los maestros enfrentan estas condiciones, existe otra historia que también se desarrolla alrededor del plantón: la de los comerciantes establecidos en la zona.

El ambiente de incertidumbre también era visible en los establecimientos ubicados sobre la avenida 20 de Noviembre. Durante el recorrido fue posible observar sucursales de Oxxo, tiendas de ropa, bancos y oficinas de Afore operando de manera parcial. Muchos de estos negocios mantenían únicamente habilitada la puerta principal para el ingreso de clientes, mientras que el resto de los accesos permanecen protegidos con rejas metálicas. La imagen contrastaba con la actividad habitual de una de las zonas comerciales más transitadas del Centro Histórico y reflejaba las medidas de precaución adoptadas tras los recientes enfrentamientos registrados en la capital.

A unos metros de estos establecimientos semi abiertos, comerciantes como Doña Estela continuaban atendiendo a sus clientes mientras observaban el ir y venir de manifestantes, policías, turistas y curiosos que transitaban entre los campamentos instalados por la CNTE. Doña Estela, propietaria de un puesto de dulces, acomoda mercancía mientras entrega cambio a un cliente.

Desde su local ha observado la llegada de los maestros, el crecimiento del plantón y los momentos de mayor tensión registrados durante las movilizaciones. La comerciante reconoce que entiende las exigencias de los docentes, pero también lamenta las pérdidas económicas que han dejado algunos acontecimientos recientes.

“Si no hay solución, no rueda el balón”: la resistencia magisterial que ocupa el Centro Histórico

Hace apenas unos días tuvo que cerrar su negocio luego de que las autoridades solicitaran a los comerciantes suspender actividades por motivos de seguridad. El temor surgió después de los enfrentamientos ocurridos en la zona. Trabajadores y vendedores recuerdan haber escuchado explosiones de bombas molotov. También relatan escenas de personas corriendo para ponerse a salvo, entre esos recuerdos permanece la imagen de un hombre con un ojo severamente lesionado cruzando la calle mientras varias personas buscaban refugio.

A unos metros del puesto de dulces, una comerciante dedicada a la venta de vestidos de graduación comparte impresiones con Doña Estela. Las dos continúan trabajando mientras comentan lo ocurrido durante los días más tensos de las protestas. Coinciden en algo: ninguna sabe cuándo terminará el conflicto, sin embargo, la convivencia diaria también ha generado vínculos inesperados.

Algunos comerciantes ya conocen a los maestros por nombre o procedencia. La cercanía ha permitido construir relaciones de confianza que se fortalecen con el paso de los días. Hay vendedores que llevan comida y agua a ciertos docentes para evitar que abandonen sus campamentos. Otros han encontrado en el plantón una oportunidad comercial.

Vendedores de aguas frescas, fruta picada, frituras y diversos productos aseguran que la concentración permanente de personas representa una fuente constante de clientes. Pero no todos corren con la misma suerte, mientras algunos incrementan sus ventas, otros continúan enfrentando pérdidas económicas derivadas de cierres temporales y de la disminución de visitantes en ciertos horarios.

Conforme pasan los días siguen llegando más contingentes. Nuevas casas de campaña aparecen sobre la avenida 20 de Noviembre y los espacios disponibles se reducen poco a poco. Aun así, los maestros aseguran que permanecerán en la capital el tiempo que sea necesario.

La referencia al Mundial de Futbol es clara. Los docentes afirman que la llegada del evento internacional no modificará su postura mientras sus demandas continúen sin respuesta.

Por ahora, la avenida 20 de Noviembre sigue siendo el escenario donde convergen dos realidades distintas: la de los maestros que exigen mejores condiciones laborales y la de los comerciantes que intentan mantener abiertos sus negocios mientras esperan que el conflicto concluya.

Entre lluvia, gastos diarios, baños de pago, escuelas sin servicios básicos, largas distancias para llegar a los centros de trabajo y familias que dependen de salarios de entre siete y ocho mil pesos mensuales, los docentes mantienen firme su decisión de permanecer en el corazón de la Ciudad de México.

Al menos, dicen, hasta que alguien los escuche.

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