
La celebración de la Copa del Mundo 2026 en Norteamérica —organizada conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá bajo el marco del T-MEC— posiciona a esta región como el bloque económico más relevante del planeta según el Fondo Monetario Internacional.
Pero mientras las cifras del torneo proyectan una derrama millonaria, el mapa del beneficio tiene bordes muy definidos y deja en la sombra a buena parte del territorio nacional. Las inversiones se concentran en las llamadas ciudades-marca: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.
El sector turístico y hotelero lidera el dinamismo económico: solo en plataformas como Airbnb se estiman gastos directos de 169 millones de dólares, complementados por el auge de restaurantes, franquicias, centros comerciales y la venta de mercancía oficial.
A esto se suman cuantiosas inversiones público-privadas en infraestructura urbana —aeropuertos, carreteras, transporte y modernización de estadios— y una acelerada digitalización que exige redes 5G, mayor cobertura móvil y plataformas de turismo inteligente.
El objetivo es claro: generar empleo y crecimiento económico de corto y mediano plazo. Sin embargo, esa ecuación tiene un lado oscuro. Más allá del espectáculo, persiste una desigualdad estructural que el Mundial no hace sino acentuar.
Las regiones históricamente marginadas del país quedan al margen de la derrama, mientras las mismas ciudades beneficiadas por el evento enfrentan un fenómeno paralelo que las transforma desde adentro: la gentrificación.
En la última década, colonias populares de las tres urbes han sido reconfiguradas para atraer a nómadas digitales contratados por grandes corporaciones tecnológicas transnacionales, desplazando a sus habitantes originales y encareciendo el costo de vida.
¿El dinero del Mundial 2026... a dónde va?
Este proceso no es presente. Responde a décadas de ausencia del Estado como promotor y responsable del desarrollo, sustituido por un modelo de apertura comercial y financiera que privilegió la inversión externa bajo el cobijo del neoliberalismo.
La pregunta que el torneo deja abierta —y que va más allá del marcador final— es la misma que México no ha sabido responder: ¿cuánto de lo que entra se queda, y en manos de quién? Si los beneficios del evento más importante del deporte mundial no se traducen en políticas redistributivas y en inversión hacia las regiones postergadas, el mayor autogol no se cometerá en la cancha sino en la vida real de millones de mexicanos olvidados por décadas.